José M.ª Martínez Manero
Llena está la tierra de tus criaturas, y ¡qué bellas son!»”, reza el salmo 103. Y llena a rebosar de parábolas para contar y cantar la belleza de la criatura hecha a su imagen.
En la escuela
Era por el tiempo de la exhortación Christus Vivit (2019) del papa Francisco, aunque aún no se había publicado. Un alumno de 2º de Bachillerato escribía, libremente, lo que había supuesto para él la clase de Religión: «Sin esperarlo y casi sin quererlo, un continuo vaivén de sentimientos y emociones. Me he llegado a obsesionar con la verdad gracias a san Agustín de Hipona, impensable hace unos meses. Y, sobre todo, he aprendido a cuestionarme y a pensar por mí mismo. Resultado: una patada en la boca a casi todas mis antiguas creencias y a mi soberbia e ignorancia. No es del todo agradable tratándose de alguien movido por el ego. Pero supone una liberación que permite llegar a la falta de prejuicios y al criterio propio».
Con motivo del 5º aniversario de la Exhortación (25-4-2024), el papa Francisco volvía a insistir: «¡Cristo vive y quiere que ustedes vivan!». La certeza que llena de alegría su corazón le impulsa a decir: «Quisiera ante todo que mis palabras reavivaran en ustedes la esperanza». Y propone partir del anuncio que está en el fondo de la esperanza nuestra y del mundo: «¡Cristo vive!». Su amor incondicional es amistad que irradia luz y fuerza para andar, con él, el camino con alegría, «tendrán la valentía de vivir el presente afrontando el futuro con esperanza». Invita a los jóvenes a hacerlo asumiendo con libertad la historia de sus familias y ser así «artesanos del futuro».
Nuestro alumno de 2º de Bachillerato, para su sorpresa, había descubierto esa historia familiar en la humildad de una clase marcada por algunos con la estrella amarilla del adoctrinamiento. Pero, ¡oh sorpresa!, fue entrar y hallarse buceando en el océano de «las raíces culturales que cimentan nuestra sociedad actual y que están marcadas profundamente por el cristianismo y sus valores, presentes en películas, novelas y composiciones musicales que parece que, hoy día, se pretende ocultar para borrar todo rastro religioso; pero que se erigen con más fuerza cada vez que se niegan. Porque esta es una de las enseñanzas que me llevo, el que, quizá, existe una verdad absoluta que se abre paso por sí sola; algo que no termino de creer del todo, aunque, tras este año, tampoco niego. Y eso ya es un avance para mí».
Como Dios
En ese continuo vaivén de sentimientos y emociones vividos en clase, «me he desternillado de risa con Como Dios», dice el alumno. La película Como Dios (2003) de Tom Shadyac [en Hispanoamérica Todopoderoso] es una comedia fantástica. Su título original, significativamente, es Bruce Almighty. Y se comporta como eficaz parábola que pone ante los ojos del corazón y la mente, lo que dice Christus Vivit 257. «No se trata de crearse a sí mismo de la nada, sino de descubrirse a uno mismo a la luz de Dios y hacer florecer el propio ser».
Bruce Nolan (Jim Carrey) está harto de ser el reportero insignificante de una televisión local. Quiere presentar las noticias, pero es elegido su adversario Evan Baxter (Steve Carell). Ciego de furia, hace el ridículo en una entrevista desde las cataratas del Niágara. Lo echan a la calle y ahí se desfoga con Dios. Él es el que debe ser despedido por inútil, no hace bien su trabajo. Él es el artífice de su mala suerte; se divierte como un niño malo quemando con una lupa las antenas a las hormigas, cuando podía solucionarle la vida en un segundo.
«Cada hombre está llamado a promover su propio progreso, porque la vida de todo hombre es una vocación» (Populorum progressio 15), cita ChV 257. Y por ser vocación, Dios (Morgan Freeman) llama a Bruce por el busca para ofrecerle un trabajo, su trabajo. Dios le recibe vestido de obrero, mientras arregla una luz. Bruce está perdido, a oscuras. Dios sale de su mono de trabajo en traje blanco impecable. Bruce se ríe. Se trata de una broma. Aunque Dios le recuerda el «no tentarás al Señor, tu Dios», él insiste en que quiere pruebas. Espantado ante ellas, sale corriendo. Pero al poner el pie en la calle comprueba que Dios le ha transferido sus poderes que, naturalmente, emplea caprichosamente.
Tras robar arteramente el puesto de presentador a Evan, invita a Grace (Jennifer Aniston), su novia, a cenar. Supuestamente para entregarle el anillo de compromiso. En realidad, es para celebrar su ascenso. Grace lo deja. Sus artimañas para recuperarla chocan con el libre albedrío; estaba avisado. En la cena había empezado a oír voces que no entiende. Dios le dice que son oraciones que no atiende. Para que le dejen en paz, pues no paran de llegarle, responde a todas que sí, con lo que el caos está servido. En su estreno como presentador sufre las consecuencias de sus propias trampas para conseguir el puesto. Espantado por los apocalípticos desórdenes que ha provocado en la calle, acude a Dios, derrotado, de rodillas, bajo la lluvia, en medio de la carretera: «Me someto a tu voluntad». Lo atropella un camión. En el cielo, Dios le pide que rece. Ensaya una oración tipo miss mundo. Dios le dice: «Vamos, hombre, ¿qué es lo que te importa de verdad? —Grace. —¿Quieres que vuelva? —No. Quiero que sea muy feliz. No me importa cómo. Quiero que encuentre a alguien que la trate con todo el amor que merecía de mí. Quiero que conozca a alguien que la vea siempre como la veo yo ahora, a través de tus ojos. —Eso es una oración. —¿Sí?. —Sí. Me gusta».
Dios le da otra oportunidad. Vuelve Grace (este nombre es todo un programa). Ahora está orgulloso de llenar de risas el mundo, como hacía su padre. Aparece un pobre como testigo de sus buenas obras. Se configura con él: Lo que él diga. El pobre resulta ser Dios. Bruce es hombre nuevo, actúa «como Dios».







