Joseph Perich
Se cuenta que un turista, orgulloso de su gran erudición, pidió a un pobre barquero atravesar el rio Ganges. Mientras el barquero remaba, se dedicaba a demostrarle la importancia del saber.
–¿Buen hombre, sabe matemáticas?
–En absoluto – respondió el barquero.
–¡Qué lástima! –dijo el erudito turista– usted ha perdido la mitad de su vida…
Al cabo de un rato le pregunta:
–¿Y de letras? ¿Ha leído literatura, poesía…?
–No – Respondió de nuevo el barquero – ni tan solo sé leer.
–¡Qué lástima! Ha perdido la mitad de su vida. – Insistió el erudito turista.
En aquel momento se desencadenó una terrible tormenta. Las fuertes olas sacudían la vieja embarcación, que empezó a zozobrar. Ahora era el barquero quién preguntaba:
–Señor, ¿sabe nadar?
–¡Nooo! – Respondió muy asustado el sabio turista, abrazado sus libros.
–¡Qué lástima! ¡Usted ha perdido la vida entera!
Refexión:
Flotar, flotar en los temporales o en los contratiempos de la vida no todo el mundo lo sabe hacer. Hoy te puedes encontrar personas poseedoras de conocimientos envidiables, de unas aptitudes profesionales, artísticas o deportivas excepcionales, incluso con un bienestar económico brillante… pero a la hora de medir su calidad de vida personal, familiar y social se encuentran bajo mínimos, hacen aguas por todos lados. Y ya no hablemos cuando se les presenta una desgracia médica o una quiebra económica ¡y es que la espiga más alta no es siempre la más granada!
«Nos han enseñado a leer y escribir pero no a leer y escribir la propia historia» (Paolo Freire).
No habremos perdido la carta de navegar, ¿o es que queremos «nadar y guardar la ropa»? Uno de los «barqueros» experto en «nadar» afirma: «Si yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles pero no amara, sería como una hueca campana… si me vendiera a mí mismo por esclavo y tuviera así un motivo de gloria, pero si no tengo amor, no me sirve de nada». (1Cor 13)
Ahora qué ha pasado la Semana Santa, ¿haría yo algún mal a los ojos de los demás si añadiera?: » Yo podría ser un atlético costalero del Cristo crucificado o un cofrade con los pies sangrantes, podría ofrecer el cirio mayor a la Virgen del Vilar o hacer el camino de Santiago a pie…, pero si no tengo amor, no me serviría de nada».
A los pies de la cruz del Viernes Santo, estaba María Magdalena y sorprendentemente la mañana del Domingo de Pascua fue ella la primera en abrazar los pies del Resucitado. En la medida que estimemos oportuno, nos agacharemos solidariamente a los pies de los «crucificados» de nuestro entorno, y podremos participar ya aquí de la gozosa Resurrección (cf. Mc 16, 1-7).
Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano podríamos mirarnos fijamente y una auténtica sonrisa nos iluminaría el rostro.
Qué bien lo borda Miguel de Unamuno: Ensancha la puerta, Padre, que no puedo pasar! ¡La hicisteis para los niños, yo he crecido a mi pesar!







