Joseph Perich
Había una vez un anciano que estaba enfermo. Tenía cuatro hijos, y de ninguno de ellos recibía la menor atención. Vivía en una ínfima pobreza. Un día, buscando entre sus escasas pertenencias, encontró dos monedas de plata y se le ocurrió una idea genial. En el pueblo las intercambió con un mercader de artículos antiguos quien le dio un viejo baúl. Lo dejó a la vista en el centro de su humilde casa. Por casualidad uno de sus hijos lo visitó e intrigado le preguntó:
–«¿Qué guardas ahí?»
-«Un secreto – contestó – que solamente conocerán tú y tus hermanos el día en que me muera. Ahí está toda mi herencia».
Al día siguiente lo guardó debajo de su lecho. Cuál fue su sorpresa que a partir de entonces, al menos un hijo lo visitaba diariamente. Le llevaban leche y miel… y entre los cuatro le mantenían la vivienda más dignamente. Un día el anciano murió. De inmediato los hijos se dieron cita, no tanto para velarlo sino para ver a cuánto ascendía su herencia. Y cuál fue su sorpresa que una vez abierto el cofre, lo único que encontraron fue un trozo de papel que decía de su puño y letra:
–«Hijos míos: el auténtico amor no espera, se entrega generosamente sin esperar recompensa. Mi única herencia es que aprendan a amar; hubiera deseado dejarles más, pero mi único legado es darles las gracias por lo que me dieron en vida».
Los cuatro hermanos al fin comprendieron que un buen padre puede dar la vida por sus hijos, pero algunos no entregan nada en vida a sus padres. Con lágrimas en los ojos, le dieron finalmente una digna sepultura, y uno de ellos, cuando arrojó el último puñado de tierra, le despidió diciendo:
«TE PROMETO AMAR SIN ESPERAR RECOMPENSA. AMEN».
1º TEXTO:
Se dan demasiados casos de personas, sin escrúpulos, en el ámbito político, social y empresarial que suben como la espuma de la noche a la mañana. Es más, se creen que son un buen ejemplo. Recuerdo a un político de izquierdas (podía haber sido igualmente de derechas o de centro) que se justificaba: «se trata de hacer lo posible para que los pobres puedan un día llegar a vivir como yo». Con una moral así todo es justificable, incluso tranquilizar la conciencia o lavarse la cara haciendo «caridades». Una frase lapidaria remacha el clavo en el mausoleo de una dama feudal: «Aquí yace doña… gran benefactora de pobres, pero antes los hizo pobres».
Todos estos «corderos con piel de lobo» (y todos aquellos que no lo son pero añoran serlo) nos recuerdan los cuatro hermanos que pretendían exprimir en beneficio propio hasta la última gota de su padre. No digo lo mismo del único hijo que fue capaz de leer con los ojos del corazón la herencia del padre y cambiar de chip.
El abuelo de nuestro cuento hoy lo podríamos encontrar: en una de nuestras residencias geriátricas de Blanes, en uno de los pisos-patera de nuestro bloque de apartamentos en la Costa Brava, en una de las empresas que especulan con jóvenes extranjeros indocumentados, en una de esas chicas con la silla de plástico junto a nuestras carreteras…. la mayoría de ellos y muchos otros guardan un tesoro capaz de reflotar este barco, que hace aguas por todos lados, de nuestra «modélica y prepotente civilización».
Este abuelo del cuento forma parte de esos 2.400 millones de personas que ahora malviven con menos de un euro diario en la casa común del planeta Tierra, sin tener acceso a unos servicios básicos.
Pobre de mí, ¿qué puedo hacer yo?, ¡me desborda!
Previamente a lo que pueda hacer, tengo que quitarme la venda de los ojos. Mi ombligo no es el centro del mundo. Tengo que mirar la realidad de mi entorno cercano con los ojos del corazón, con los ojos de la inteligencia, y hacer correr la imaginación creativa y altruista. Y mucho mejor aún si lo hago con otros. Por ahí quizás empezaremos a poner en entredicho la creencia popular de «nadie hace nada por los demás si no es a cambio de algo». Si poco a poco vamos entrando de puntillas en el campo de la gratuidad y del voluntariado nos daremos cuenta de la cantidad de personas que a nivel personal o a través de una ONG, dedican parte de su tiempo a que una persona se sienta escuchada, acompañada, ayudada en su enfermedad, su ancianidad u otra carencia.
Lógicamente este camino no lo podremos hacer nunca desde la prepotencia o desde el complejo de superioridad, sino desde la complementariedad. Es un dar y un recibir al mismo tiempo. Iremos descubriendo que «el más feliz no es aquel que tiene más, sino aquel que es capaz de ser feliz con menos».
Recordaréis aquella parábola del agricultor que tuvo una extraordinaria cosecha y embriagado de éxito se dijo: «Ya sé lo que haré: tiraré al suelo mis graneros, construiré unos más grandes, ahí guardaré todo mi grano y mis bienes, y me diré a mí mismo: tienes muchos bienes en reserva para muchos años; reposa, come, bebe, diviértete». Pero Dios le dijo: ¡Necio!, esta misma noche te reclamarán la vida, y todo eso que has acumulado, ¿de quién será? «Acabó Jesús la parábola diciendo: Eso pasa al que reúne tesoros materiales para él y no se hace rico a los ojos de Dios. (Lc 12, 16-21).
Una propuesta concreta: que en nuestro testamento ante el notario, tengamos en cuenta a los más desheredados del Tercer Mundo. Si ya lo tenemos hecho estamos a tiempo a modificarlo. Y sobre todo para aquellos que en vida hemos sido incapaces de pagar la deuda social que tenemos hacia aquellos países. Así como es normal que los «donantes de órganos» no lo hacen por los futuros enfermos de su familia sino para quien lo necesite, con más razón aún nuestro «peaje» social es de justicia que llegue a los más indefensos del planeta…
¿Cómo hacerlo para asegurar que nuestra aportación tenga un destino seguro? Poner en nuestro testamento, lo que queramos hacer llegar al Tercer Mundo, se especifique nuestra voluntad, que se haga con alguna de las acreditadas ONGs que trabajan en aquellos países y que se dejan fiscalizar. Sin querer excluir a ninguno sugerimos: Intermón, Manos Unidas, Cáritas Internacional…
«Toma, hermano, sin medida CUANTO quieras tú de mí, que para ganarme otra vida sólo tendré lo que di» (Rafael Alberti)
2º TEXTO:
María Luisa me acaba de relatar las últimas horas de su anciana madre en el hospital. Me cuenta que en los momentos más críticos, su rostro se iluminó para regalar a los presentes una tierna e inolvidable sonrisa. Ha sido para ella el resumen y el icono de una vida llena de gratuidad. Como puedes imaginarte, más que darle el pésame, la felicité por esta «perla-tesoro» que les ha dejado en herencia para que quedara grabada en la niña de los ojos de sus hijos. Un buen hijo si se sacrifica a favor de un padre o madre débiles no lo hace para recibir algo, sino porque ya ha recibido. Y es que no valemos por lo que dejamos, sino por lo que damos a lo largo de la vida.
El reconocido Martin Luther King, pastor de la Iglesia Bautista y premio Nobel de la Paz, unos días antes de ser asesinado por un francotirador racista en Memphis el 4 de abril de 1968 había dejado escrito su testamento en el que se expresaba así:
«Me gustaría que en el día de mi muerte alguien explicara que Martin Luther King procuró vivir al servicio del prójimo. No tendré dinero para dejar cuando me vaya. Porque todo lo que quiero dejar al despedirme es una vida de entrega. Si a alguien he podido ayudar a lo largo del camino hecho, si a alguien he podido alegrar con una canción, si a alguien he podido hacerle ver que había escogido un mal camino, entonces mi vida no habrá sido en vano. Si consigo difundir el mensaje que el Maestro enseñó, entonces mi vida no habrá sido en vano».
El día de mi reciente cumpleaños, con motivo de asistir a un funeral de una persona joven, me daba cuenta de que con el paso de los años cada vez voy a más despedidas de personas más jóvenes que yo. Con cierta lógica te das cuenta de que quizás ya no queda tan lejos esto de «hacer la maleta».
¿Y el testamento ya lo tienes hecho? ¿Qué dejarás y a quien lo dejarás? Preguntas prosaicas, pero «sensatas» como estas, surgen espontáneamente. Ya, no tanto espontáneamente, también te planteas: ¿Tengo que esperar que cierren mis ojos para que los de mi entorno disfruten de mi legado sobre todo humano?
“Se trata de dejar una huella espiritual, dejando progresivamente, por el camino de la vida, lo que tenemos y todo lo que somos a favor del prójimo”, nos decía Luther King.
¿Este camino no podría ser el mejor preludio para lograr la «perla» del rico, la sonrisa de aquella pobre abuela?
Las Comunidades del Arca (personas discapacitadas intelectuales) de Jean Vanier han elegido, como signo emblemático de su causa, el testamento de Jesús poco antes de ser torturado y asesinado: el lavatorio de pies a unos discípulos, que ponen resistencia. «Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros… Felices vosotros si lo ponéis en práctica» (Jn 13, 14-17).
Sí, este gesto propio de un esclavo cambia los criterios competitivos, de escalafón social, de prepotencia… para sacralizar una actitud de servicio radical, como meta para ir construyendo el Reino: una manera de vivir en la que sobre todo los más indefensos son los más valorados, en la que se convive fraternalmente y se experimenta la dignidad inviolable de ser hijos de Dios. Eso sí, los dispuestos lo pasarán crudo para llegar, pero «… vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer cuando ha de dar a luz, está afligida, porque ha llegado su hora; pero así que la criatura ha nacido, ya no se acuerda del aprieto, alegre como está porque en el mundo ha nacido un nuevo ser. También ahora vosotros estáis tristes, pero vuestro corazón se alegrará cuando me volváis a ver. Y vuestra alegría nadie os la podrá quitar ». (Jn 16, 20-23)







