PAQUETITOS DE ESPERANZA Descarga aquí el artículo en PDF
Almudena Colorado
Llevo un par de días que, volviendo del trabajo a casa por el mismo camino de siempre (por cierto, un camino precioso), me cruzo con una imagen tiernísima: es un padre con un bebé rollizo y hermoso en brazos. Lo pasea con delicadeza, reposado sobre su pecho, ambos apoyando la cabeza uno sobre el hombro del otro. Lo sostiene con ternura, le susurra al oído lo que imagino que son palabras de mimo o, quizás, una nana. Camina tranquilo con él entre sus brazos a paso lento, disfrutando de aquel momento tan íntimo de padre e hijo.
El bebé, por su parte, está tranquilo, no llora, a pesar del ir y venir de personas que no callan, a pesar de las bicicletas y los patinetes, de los escaparates y la música. Lo mira todo con atención. Aunque el padre parece que busca que se duerma, el bebé mantiene su cabecita todo lo erguida que puede, curioso y boquiabierto. Seguramente, el mundo le parece un lugar muy movido y colorido, vibrante, absolutamente abrumador.
Solo los he visto dos días en mi camino de regreso a casa. Dos días seguidos, nada más. Hoy, caminando por esta calle llena de tiendas y gente, los he buscado con la mirada, pero no los he visto.
Este padre e hijo me han hecho pensar que quizás así es como Dios es y está con nosotros: como un padre amoroso que nos sostiene mientras nos muestra el mundo; que nos acaricia, susurra y canturrea con dulzura en sus brazos, convencido de que ha sido una buena idea traernos a la vida.
«Sí, Dios es así», me digo viendo a ese padre con su hijo cruzarse conmigo. Siento que lo digo como una oración. Y me siento como ese niño en brazos de un Dios Padre que me lleva y me trae, que me acuna y que me lanza al mundo a explorarlo, a quererlo y a embellecerlo. Esa es su esperanza, porque Dios también tiene sus sueños y deseos.
Acostumbrados que estamos a poner nuestra esperanza en otros, a mirar alrededor y preguntarnos a ver quién puede hacer algo por este mundo loco y sus habitantes, a lo mejor tenemos que empezar a vernos a cada uno de nosotros como ese padre ve a su hijo, como Dios nos ve: como esperanza para los demás.
Hace ya unas semanas ocurrió un suceso terrible en la ciudad en la que vivo, en Sevilla. Probablemente lo habréis visto en las noticias, pues se ha hablado mucho de ello en diferentes cadenas: una alumna de un determinado colegio volvió de clase a su casa, soltó la mochila y se tiró por la ventana. Parece ser que era víctima de bullying. Desde entonces andamos familias y colegios sacudidos, tristes y con temor. Es como si, de repente, un nubarrón se hubiera colocado sobre nosotros, haciéndonos vivir desasosegados, ensombrecidos y con los hombros encogidos, como quien tiene miedo de que algo terrible le caiga encima.
Con estos sentimientos acampando entre nosotros, puedo decir que en mi colegio hemos vivido una situación que nos ha dado consuelo y, por qué no, también esperanza: los delegados de 1º y 2º de Bachillerato se nos presentaron con un comunicado del sindicato de estudiantes que los convocaba a una manifestación por lo sucedido. Solicitaban unirse al acto.
En primer lugar, cada clase dejó su sitio al delegado. No vinieron «en bandujo», reclamando derechos ni exigiendo nada a voces. Habían entendido que todo tiene su procedimiento, sus pasos y su forma de llevarse a cabo. Ordenadamente, sosegadamente y con determinación. Tienen su representante y este, que había sido votado por todos, vino a presentar la petición en nombre de «sus votantes». Una buena forma de hacer política y ejercer la ciudadanía para los tiempos tan estridentes que vivimos, ¿no?
En segundo lugar, la forma en que los delegados vinieron a decir que secundaban la huelga fue de lo más correcta. Nada de exigencias, ni de frivolidad: con seriedad presentaron la carta y esperaron nuestra respuesta. Silenciosos, pero firmes. No era el deseo de perder un día de clase. Se olía compromiso y convicción.
Por último, todo el alumnado de Bachillerato escuchó a los que tenemos más edad y recorrido para ayudarles a entender lo que significa dar ese paso: no es una protesta sin más. Se trata de un acto de empatía hacia la familia de la chica, de solidaridad con el dolor de otros y de compromiso con la sociedad. No es manifestarse un día. Es manifestarse todos los días. Es declarar que no estamos dispuestos a aceptar más violencia ni injusticia, que estamos aquí para defender a los débiles de la crueldad de otros que se viven y se creen más fuertes y con más derechos. Es decir, en voz alta que nos comprometemos a ser compasivos, fraternos, valientes, respetuosos y responsables. No solo es abrirse al que es diferente, es ir más lejos: es no ver al otro como «diferente», sino como un don de Dios, que ha querido sembrar en nosotros la libertad para ser como cada uno es, como Dios nos sueña cada día.
Así que sí, creo que no todo está perdido. Creo que hay posibilidad de mirarnos a nosotros mismos como esperanza para los demás. Bueno, a lo mejor quisiéramos vernos capaces de grandes esperanzas. Pero, quizás, nos tenemos que conformar, por ahora, con ser «paquetitos de esperanza», un «mar de fueguitos», como decía Eduardo Galeano. Uno a uno, poquito a poco, seremos capaces de cosas importantes. No por su valor, sino por su impacto positivo en la construcción de un mundo mejor. Creamos en ello, apostemos por ello. Quizás el Padre, mientras nos acuna día a día, nos esté susurrando eso: eres mi paquetito de esperanza.







