NO DEJAR QUE LA HERIDA SE HAGA LA PROTAGONISTA Descarga aquí el artículo en PDF
Hna. Inmaculada Luque
hna.inmaculada@monasteriodelaconversion.com
Contra una cultura de la vulnerabilidad
Entre mostrar la herida y dejarse dominar por ella hay una frontera sutil y decisiva.
Por una parte, sucede que a veces acompañas a alguien que ha sufrido una ruptura, una traición, una pérdida… y ves cómo se instala en la herida. Se repite la frase: «me hicieron daño». Y lo más triste es que deja de avanzar, de tal manera que, cada vez que aparece una situación nueva como empezar una nueva relación, afrontar un cambio de etapa o un momento de dificultad, tal como llegar a una nueva ciudad o a nueva empresa y no sentirse acogido por el grupo, vuelve a despertar todos los males, los fantasmas, y hasta los síntomas. Esa herida se convierte en su identidad, en su bandera, en su excusa, diría sobre todo que en su refugio. Hablar de su dolor le da una especie de seguridad, pero lo deja inmóvil, girando siempre en torno al mismo punto. Esa forma de vivir la vulnerabilidad no libera: encadena.
Pero también ves lo contrario. Conoces a quien ha pasado por circunstancias parecidas, sea una pérdida, una injusticia, un dolor profundo, y, sin negar lo ocurrido, decide no dejar que eso sea lo único que cuente. Ves, casi milagrosamente, cómo el dolor vivido, aun existiendo, le hace aprender, le hace desear que los demás no vivan lo mismo y ponerse manos a ello. Veo con admiración cuando alguien, en mitad de su dolor, es capaz de salir de sí y agarrarse a la realidad, al trabajo, los ritmos ordinarios, las personas, los quehaceres, los vínculos. Participar de la realidad, y no quedarse acurrucando la herida en el sofá, les exige, pero también les salva. Ese coserse a la realidad es tantas veces el primer paso para atravesar la herida y no quedarse estancada en ella, definida por ella. A la par, suele haber una vivencia espiritual de esa herida, de ese momento vital doloroso. Se le clama a Dios, se le suplica, que nos explique qué significa lo que nos pasó y que nos ayude a superarlo, a perdonar, a reconciliarnos con lo vivido, a mirar el mundo con un corazón ancho y compasivo. A vivir como hijos en pie, no como dependientes de un pasado.
Hablo de que me parece que debemos trabajar para no hacer de la herida la protagonista de la vida. No permitir que la influencia de un padre, de un marido, de un novio que se portó fatal, de unos compañeros de clase, de una madre calamitosa desgracie la vida y sea quien dirija nuestras acciones años o décadas después.
Afirmo esto también porque hoy se repite hasta la saciedad que lo más humano es mostrarse vulnerable, compartir las heridas y reconocer la fragilidad. No está mal: todos necesitamos espacios de acogida donde no haya que fingir fortaleza. Pero hay un riesgo oculto en este discurso: confundir autenticidad con instalación en la herida. Convertir la fragilidad en identidad, y la confesión en excusa para no dar un paso más.
También es profundamente humano, y quizá hoy más contracultural, decir: «me duele, pero sigo adelante». Está bien llorar, pero está aún mejor levantarse. No es vergonzoso intentar superarse, aunque a veces suene a viejo moralismo hablar de esfuerzo, resistencia, aguante. No se trata de negarse a sí mismo ni de reprimir lo que sentimos, sino de no conceder a la herida la última palabra.
Superarse no significa vivir en una coraza, sino luchar por no quedarse atascado. Significa que, aunque haya razones para rendirse, uno elige la dignidad de tirar hacia adelante. Esa actitud, que tantas generaciones cultivaron sin necesidad de proclamarlo, tiene un valor que hoy se diluye en medio de la exhibición emocional.
Quizá necesitamos recordar que la vida no se sostiene solo compartiendo vulnerabilidades, sino también entrenando la fortaleza. Que hay victorias silenciosas, resistencias interiores, pequeños pasos de superación que no se suben a ninguna red social, pero que sostienen el mundo.
La herida no desaparece por mostrarla ni por ocultarla, sino por atravesarla. Y en ese atravesar, en ese «aguantar el tirón», hay una grandeza que deberíamos volver a reconocer. Porque ser vulnerable es humano, pero decidir ser fuerte también lo es.
También desde la vida de oración se comprende que la vulnerabilidad no es el punto final, sino un umbral. La herida puede ser el lugar donde Dios entra, pero no para quedarse inmóvil en ella, sino para transformarnos desde dentro. Puede ser la dificultad con la que Dios hace posible que crezcamos, que nos liberemos. Dios no solo nos salva ahí, nos acompaña, consuela, sino que también nos fortalece, y se hace amigo para empujarnos y hacernos crecer. El nuestro es un Dios que libera la vida de sus trabas y ensancha el corazón. El Dios que fortalece al que tiembla, nos levanta y no nos hace rendirnos. Con Él, la herida, que era obstáculo, se convierte en camino.







