NECESITO TIEMPO – Badú

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Badú

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Necesito tiempo para detener mis pasos, para sentir el peso de las heridas, evaluar el trayecto, soltar los lazos que en mi mochila se vuelven cargas perdidas.

La vida, un peregrinaje sin igual, me ofrece retos, me tiende la mano. En cada pausa encuentro un albergue espiritual, un rincón de luz para mirar lo humano.

PEDIR perdón por mis olvidos, EL PODER perdonar lo que me hirió, TENER LA GRACIA de abrazar mis latidos, reconocerme digno, como soy, quien Dios creó.

En este camino único y sincero, cada paso es mío, cada elección válida. Aunque lo comparta con un compañero, es mi corazón quien lleva la brújula decidida.

Detenerse no es fracaso ni rendición, es momento sagrado para sanar. Abrazo el silencio, transformo la reflexión en fuerza viva que me invita a continuar.

Si hallo un alma que camina a mi lado, abro mi ser, comparto mi canción. En cada despedida dejo un abrazo amado, y la esperanza del reencuentro en la misma dirección.

La meta no es un lugar distante, es la suma de cada paso dado. El camino es único, juntos más vibrante, un viaje lleno de sentido y amor consagrado.

La vida nos presenta oportunidades para crecer. Muchas de ellas aparecen como retos, problemas o, como quieras llamarle, dificultades que nos invitan a replantearnos la existencia. Son esos momentos en los que las preguntas, aparentemente simples, esconden búsquedas profundas de sentido.

Si la vida es un peregrinaje, también necesitamos albergues: espacios y momentos para detenernos tras cada etapa recorrida. En esos lugares podemos evaluar, reflexionar sobre nuestra condición, reabastecernos de lo necesario para seguir adelante y, con valentía, dejar atrás lo que nos resta impulso o se convierte en una carga. A veces, el consejo y el acompañamiento de otros son esenciales; aprender de sus experiencias puede ser invaluable. Sin embargo, no debemos olvidar que el camino lo hace cada uno. Aunque todos nos dirigimos hacia la misma meta, cada travesía es única, válida e irrepetible, con sus propias condiciones y aprendizajes.

Si alguna vez has caminado largas jornadas, sabrás que hay momentos en los que el desgaste nos supera. Las heridas nos obligan a detenernos y practicar el autocuidado. No es falta de voluntad para seguir avanzando ni un deseo de ir más lento que los demás: simplemente es necesario parar, reconocerlo y permitírtelo.

Esto no solo ocurre en el peregrinaje físico, sino también en otros aspectos de nuestra vida. Hay momentos en los que necesitamos:

  • PEDIR perdón: por todo lo que hacemos, pensamos, decimos y omitimos.
  • EL PODER perdonar: todas las heridas que nos han causado, tanto consciente como inconscientemente.
  • TENER LA GRACIA DE PERDONARME: por haber puesto límites al amor y permitir que otros nos hieran.

Si tienes la oportunidad de ayudar a alguien durante el camino de la vida, no dudes en hacerlo. Abrir tu corazón para caminar al ritmo de otros puede ser un regalo tanto para ellos como para ti. Disfruta y agradece cada tramo recorrido juntos, sabiendo que, aunque en algún momento los caminos puedan separarse, queda la esperanza de reencontrarse en la meta y celebrar juntos nuevamente. Mantén la disposición de ver la necesidad del otro y de acompañar cuando sea posible.

La vida, con sus retos y pausas, nos enseña que detenerse no es sinónimo de fracaso. Es una oportunidad para sanar, reflexionar y prepararnos para seguir adelante con mayor fuerza y claridad. Aprovecha cada pausa como un momento de aprendizaje y reconciliación. Reconoce tus límites, abraza tus heridas y transforma cada dificultad en una oportunidad para crecer.

Recuerda: el camino es único, pero juntos podemos hacerlo más ligero y lleno de sentido. Cada paso, cada pausa, y cada decisión cuentan. Y en este peregrinaje de la vida, no olvides mirar hacia adelante con esperanza, pues la meta siempre vale la pena.