MIRARSE CON ESPERANZA IMPLICA TRATARSE CON AMABILIDAD Descarga aquí el artículo en PDF
Marita Osés
El ser humano llega a este mundo con una esencia que lo define y va creando un personaje que a veces le aleja mucho de ella. Todos tenemos rasgos que pertenecen a nuestra verdadera identidad y rasgos que responden a estrategias de supervivencia que hemos ido desarrollando para ser aceptados y reconocidos en el entorno en el que nacemos. Por eso, la tarea de conocerse es todo menos fácil. Cuando nos proponemos algo difícil necesitamos voluntad, tiempo y paciencia. La aventura de conocerse requiere además amabilidad y confianza. Amabilidad para con uno mismo y confianza en sí mismo. Ambas alimentan la esperanza. La intransigencia y la severidad nos tensan, la amabilidad nos relaja. Cuando nos tensamos se bloquean cualidades nuestras que, de otro modo estarían activas y a nuestro servicio. Nos sentimos pequeños en lugar de capaces. Y eso mina nuestra autoconfianza. Cuando nos relajamos, fluye lo que hay dentro de nosotros, a veces sin tener que esforzarnos. El ser se manifiesta con libertad y sin miedo.
En este proceso de conocernos para poder ir por la vida cómodos con quienes somos, hay momentos especialmente complicados que llamamos crisis. Suelen aparecer cuando las cosas no suceden como habríamos esperado, y generan en nosotros sensaciones de fracaso, decepción, insatisfacción y tristeza. Experimentamos también un desánimo, una pérdida de esperanza. Justo entonces, solemos ser muy críticos con nosotros mismos. Y es precisamente en estos estados de fragilidad extrema cuando hay que suspender el autoanálisis que va seguido indefectiblemente de la secuencia me juzgo-me condeno-me castigo. Casi todos caemos en eso cuando peor estamos, sometiendo a nuestra persona a un riguroso escrutinio, a veces obsesivo: qué hemos hecho para llegar hasta aquí, cómo podríamos haberlo evitado, a quién más podemos responsabilizar de nuestra situación para repartir la carga de la culpa… Es lo contrario de lo que precisa nuestra alma. Necesitamos tratarnos con más cariño, atender nuestro dolor emocional y recuperar las fuerzas y, con ellas, la esperanza de poder actuar de otra manera. Si no pasamos por ahí, perdemos seguridad y confianza, no tanto por lo que nos ha ocurrido, sino por cómo estamos tratándonos a raíz de lo sucedido. Este trato severo que nos deparamos es lo que nos empequeñece y nos resta valor para levantarnos con fuerzas renovadas y volver a intentarlo. En lugar de juzgar, condenar, castigar, tenemos la alternativa de observar sin juzgar, comprender y aceptar… La primera secuencia alimenta un círculo vicioso, la otra, uno virtuoso. El castigo nos paraliza, nos señala, nos excluye de la vida, nos desautoriza. La aceptación a la que llegamos después de mirarnos con comprensión nos pone en marcha con lo que hay en ese momento, nos permite perdonarnos si es el caso, y recuperar nuestra dignidad y nuestra segunda oportunidad sin rechazar nada, reciclándolo para reparar y reconstruir. Ahí está la semilla de la esperanza. Y nos toca a cada uno sembrarla.
Si te rompes una pierna, en el momento del dolor no te pones a analizar cómo ha sucedido sino que vas a que te atienda un médico que alivie el sufrimiento y te cure. Y una vez escayolado, operado o lo que sea, ya podrás darle vueltas a cómo pasó y sacar conclusiones sobre tu participación en el hecho y formas de haberlo evitado. Es decir, podrás entender cómo llegaste a la fractura y reflexionar sobre lo que ocurrió para que, en la medida de lo posible, no vuelva a sucederte si es que depende de ti evitarlo (en ocasiones no tenemos control sobre lo sucedido, pero nos sentimos tan culpables que no somos capaces de tener en cuenta todas las variables presentes en un evento determinado sobre las que no tenemos ningún poder y acabamos siendo injustos con nosotros mismos).
Cualquiera que sea la razón de mi crisis, una pérdida, una decepción, haber cometido un error o haber perdido la confianza en que algo suceda, mi estado de ánimo no necesita dureza, sino amabilidad, no necesita juicio, sino comprensión, no necesita castigo, sino perdón. ¿Para qué? Para recuperar las fuerzas, volver a levantarse y ponerse en camino. Ya miraremos hacia atrás cuando estemos mínimamente recuperados, en caso de que lo necesitemos. Si estamos emocional (y a veces físicamente) afectados, el análisis que hagamos será sesgado y las acciones que emprendamos para subsanar la cuestión estarán lastradas por la negatividad del momento.
Un ser desanimado no necesita dureza para reaccionar. Necesita un respiro, sentirse acompañado, comprendido y que vuelvan a confiar en él. Tú necesitas confiar en ti mismo cuando te has fallado y eso no lo vas a conseguir castigándote o hablándote con desprecio. Lo único que conseguirás con eso es que tu mente busque excusas para no asumir tu responsabilidad, porque la carga se le hace demasiado pesada. Distorsionarás la realidad para que se te haga más llevadera.
También vale para el día a día. La vida ya nos sacude lo suficiente como para que encima nos tratemos con exigencia, en lugar de con consideración y afecto.
De la misma manera que ahora nos parecen inaceptables los castigos corporales que eran práctica común en las escuelas y familias de épocas anteriores y que se han demostrado contraproducentes y más generadoras de miedo y rencor que de aprendizajes, así también el maltrato psicológico que nos autoinfligimos no es lo más adecuado, tanto si lo que queremos es conocernos como levantar el ánimo y restaurar la confianza en nosotros mismos.
Repito la idea porque ignorarla tiene consecuencias: si estás en un momento crítico, no es tiempo de autoanalizarte, sino de cuidarte. Para recuperar las fuerzas, volver a levantarte y ponerte en camino. Ya miraremos hacia atrás cuando estemos mínimamente recuperados, en caso de que lo necesitemos. Si estamos emocional (y a veces físicamente) afectados, el análisis que hagamos será sesgado y las acciones que emprenderemos para subsanar la cuestión estarán lastradas por la negatividad del momento.
Un ser desanimado no necesita dureza para reaccionar. Necesita un respiro, necesita sentirse acompañado, comprendido y que vuelvan a confiar en él. Tú necesitas confiar en ti mismo cuando te has fallado y eso no lo vas a conseguir castigándote o hablándote con desprecio. Si haces esto, lo que hará tu mente será quitarle hierro a lo sucedido para no merecer tanto castigo. Y no se trata de distorsionar la realidad para hacerla aceptable, sino de comprender.
De la misma manera que ahora nos parecen inaceptables los castigos corporales que eran práctica común en las escuelas y familias de épocas anteriores y que se han demostrado contraproducentes y más generadoras de miedo y rencor que de aprendizajes, así también el maltrato psicológico que nos autoinfligimos no es lo más adecuado, tanto si lo que queremos es conocernos como levantar el ánimo y restaurar la confianza en nosotros mismos.
Repito la idea porque ignorarla tiene consecuencias: si estás en un momento crítico, no es tiempo de autoanalizarte, sino de cuidarte. Y si no estás en una etapa especialmente difícil ¿por qué no empezar a hablarte con amabilidad para que cuando venga la adversidad, ya hayas incorporado una forma de tratarte que proteja tu seguridad, tu confianza, tu bienestar, y por lo tanto tu crecimiento? No hace falta estar en un momento bajo para tratarnos con consideración y afecto. También vale para el día a día.
Porque saber quién soy es una tarea lo suficientemente ardua, como para lastrarla además de severidad e intransigencia.







