MIRAR AL INTERIOR Descarga aquí el artículo en PDF
M.ª Ángeles López Romero
Acudí al cine para ver la película Los domingos, de la directora Alauda Ruiz de Azúa, con la prevención de quien ha visto mucho cine descreído y a ratos maniqueo. Me encontré con una película hermosa, bien narrada, que deja al espectador tomar partido sin dirigirlo y rompe esquemas a más de uno. Una película llena de matices en la que su protagonista, una joven de 17 años huérfana de madre, discierne sobre su vocación religiosa.
El visionado de esta cinta abre un bello debate sobre quiénes son para cada cual los buenos y los malos, quiénes manipulan, quiénes son tolerantes y quiénes no. Pero antes de todo eso, en el centro de la película, brilla una joven que representa a tantos y tantos coetáneos suyos que están en búsqueda, que sienten miedo ante el futuro, que sufren. Y que no siempre tienen los recursos personales necesarios para afrontar las dificultades, grandes y pequeñas, que la vida sí o sí va poniendo en su camino a medida que crecen y se enfrentan al mundo.
Los ciudadanos de este tiempo convulso que nos ha tocado vivir somos vulnerables. No solo la denominada generación de cristal. A veces tenemos la piel tan fina y transparente, que un simple soplo de viento deja nuestro corazón en carne viva y a la intemperie.
Esa vulnerabilidad que tanto miedo nos da puede ser. sin embargo, terreno fértil para construir solidaridad y compromiso desde la empatía, desde la conciencia de que no estamos solos en esa fragilidad. Que somos muchos, cada uno de nosotros buscando sus propios escudos, sus propias respuestas.
Pero una cosa es la vulnerabilidad esencial de cualquier ser humano y otra muy distinta es el vacío que a veces nos domina hasta el punto de perder las ganas de vivir o necesitar lesionarnos para comprobar que estamos vivos. Es lo que le ocurre a una creciente cantidad de jóvenes que se ven sometidos a la presión de la perfección impuesta por las redes y sienten que pierden siempre en la comparación. Chicos y chicas que no encuentran con quién hablar, aunque sus padres estén viendo la tele al otro lado de la puerta; aunque sus perfiles digan que tienen un millón de amigos.
Los torticeros algoritmos nos están enfermando de superficialidad, impaciencia e individualismo Y para curarnos y recuperar el bienestar psicoemocional necesitamos dejar de mirar compulsivamente las redes para virar esa mirada al interior. Tenemos que armarnos de capacidad de contemplación, asombro y agradecimiento, tres claves esenciales para sentirnos bien y dar sentido a nuestras vidas. Sin el cultivo de nuestro mundo interior, no seremos más que un frágil jarrón de cristal hueco que se partirá en mil pedazos al más mínimo golpe.
La protagonista de la película pregunta a Dios qué debe hacer para no romperse. Y no cometeré el error de hacer espóiler desvelando el final. Pero sí puedo decir que no coincido con una de las frases que quedan suspendidas en el aire casi al final: porque Dios no solo elige a quienes sienten vocación por la vida religiosa contemplativa. Como no lo hace solo con los sacerdotes. No hay jerarquías ni escalafones a la hora de escuchar la llamada única e intransferible que Dios nos hace para poner nuestras vidas al servicio del amor. Lo importante es escuchar y atender esa llamada con honestidad y valentía. Da igual que te anime a ser padre de familia, una buena profesional que se queda soltera, una activista por los derechos de los migrantes o un artista que pone sus talentos al servicio de la belleza o la alegría, señales infalibles de la presencia de Dios en nuestras vidas.







