FRENTE AL ESPEJO, VIO DIOS QUE ERAS MUY BUENODescarga aquí el artículo en PDF
Enrique Fraga Sierra
DIOS NOS HACE MERECEDORES DE SU ESPERANZA
Como venimos ahondando en estos últimos números, cuando el ser humano busca un asidero, un fundamento, en definitiva, una raíz última de su esperanza, descubre —si llega hasta el final del recorrido— que solo puede hallarla en Dios. Dios, que funda, sostiene y alimenta nuestra esperanza, se hace él mismo motor de ella y nos abre la posibilidad a vivir esperanzados, a mirarnos con esperanza.
Dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra». Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó. Dios los bendijo; y les dijo Dios: «Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra». Y dijo Dios: «Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la superficie de la tierra y todos los árboles frutales que engendran semilla: os servirán de alimento. Y la hierba verde servirá de alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra y a todo ser que respira». Y así fue. Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto.
(Gn 1,26-31)
El sexto día de la creación, Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza. Así, la humanidad surge por la palabra del creador en el apogeo de su obra, como sella al ver que era muy bueno, y no solo bueno, como había calificado las otras obras creacionales. No solo eso, sino que, en la bendición del ser humano, que sigue a la de los animales acuáticos y voladores —hasta ahora cada bendición ha otorgado un espacio mar, cielo (ahora tierra) y una instrucción de fecundidad— se agrega la misión de someter la tierra y dominar a las criaturas vivientes. Ya el pueblo judío comprendió que Dios comparte con el ser humano, de manera especial, su don creador, que lo hace constituirse en gobernador y administrador de la creación. Así, Dios, causa y final de nuestra esperanza, nos confía su obra, ¿no es confiar tener esperanza en alguien? De este modo, Dios deposita su esperanza en nosotros al crearnos a su imagen y semejanza y al constituirnos gobernadores de la creación. Por tanto, Dios no es solo el fundamento de nuestra esperanza, a secas, o de nuestra esperanza en Él, sino también de nuestra esperanza en el ser humano, en la humanidad. Así, la esperanza que brota del Dios de Jesús, y tiene en Jesús su garantía, reverbera en nuestra humanidad.
En Dios reposa nuestra esperanza y él comparte con nosotros la suya
¡Qué maravilla que Dios haya querido compartir con nosotros su esperanza y nos haga copartícipes de ella! Pero, a la vez, qué responsabilidad ser los agentes de la esperanza divina en medio de la creación. Debemos completar la experiencia de misión con la de kénosis que nos abre a descansar en Dios; de lo contrario, nos veremos arrastrados por el peso de una gran tarea que desborda nuestra finitud. Te propongo algunos testimonios bíblicos que pueden ayudarte a meditarlo:
- «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Flp 4,13).
- «Porque Tú, Señor, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud» (Sal 71,5).
Estamos enfrentados siempre a sentirnos inmensamente capaces y, a la vez, infinitamente limitados (cfr. B. Pascal, Pensées 72): es una experiencia profundamente humana. De este modo somos, al mismo tiempo, agentes de la esperanza de Dios, con una misión que nos excede y supera, y receptores de su esperanza, que es nuestro fundamento y que nos sostiene, haciendo a la vez posible nuestra misión esperanzadora. Porque, aunque co-partícipes de la creación, no dejamos de ser siempre creaturas:
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Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas. Es inútil que madruguéis, que veléis hasta muy tarde, que comáis el pan de vuestros sudores: ¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen! |
La herencia que da el Señor son los hijos; su salario, el fruto del vientre: son saetas en manos de un guerrero los hijos de la juventud. Dichoso el hombre que llena con ellas su aljaba: no quedará derrotado cuando litigue con su adversario en la plaza |
(Salmo 127)
Llamados a la felicidad y a una mirada misericordiosa
Entonces, llamados a ser esperanza y sostenidos en la divina esperanza, ¿cómo afinar la mirada sobre el ser humano y sobre uno/a mismo/a? Dice Proverbios 17,22: «corazón alegre favorece al cuerpo, ánimo deprimido seca los huesos». Sin una mirada compasiva hacia uno mismo y hacia la especie humana, que haga posible vivir con alegría, difícilmente podremos ser signo y motivo de esperanza para nada ni nadie. Si al mirarnos descubren abatimiento y solo tristeza, ¿cómo seremos imagen y semejanza del Dios que funda la esperanza? Decía el papa Francisco: «alegría y esperanza van juntas, la alegría sin esperanza no es más que diversión pasajera y la esperanza sin alegría no es verdadera esperanza y no va más allá que el optimismo». Estamos llamados a mirarnos al espejo y reconocer algo que Dios vio que era muy bueno, a sentirnos agentes de cambio, siendo luz que disipa las tinieblas y faros de esperanza.
La confianza en que en Dios todo cobra sentido, que la muerte no tiene la última palabra, que los últimos serán los primeros, que los afligidos serán consolados debe y tiene que despertar en nosotros la experiencia de vivir de una manera radicalmente distinta, una marcada por una alegría que, como la esperanza, reposa en Dios y en la que tiene cabida la indignación y la rabia por las injusticias de este mundo. Por supuesto que somos falibles y nos equivocamos, pero el Dios Padre de Jesucristo, que es Padre misericordioso, nos abre las puertas a mirarnos con misericordia y así vivir con alegría la esperanza de que Dios reina y reine finalmente. Por tanto: «alegraos siempre en el Señor; os lo repito, ¡alegraos!» (Flp 4,4).







