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¿CÓMO SER UNA COMUNIDAD QUE CUIDA A LOS JÓVENES? Descarga aquí el artículo en PDF

Jorge A. Sierra (La Salle)

http://@jorgesierrafsc

Reconozco que tengo ciertas precauciones con la palabra «cuidar», quizás por alguna mala experiencia con personas que confunden «ser cuidados» con «hacer lo que quieren», pero no deja de ser importante poner el cuidado en el centro de nuestra pastoral. En realidad, cuidar a los jóvenes no es un programa: es un modo de estar, de mirar y de decidir. Es permitir que el Evangelio se haga gesto cotidiano en nuestras comunidades, colegios, parroquias y obras; es tejer presencia, escucha y esperanza en la vida real de chicas y chicos que hoy respiran aceleración, pantallas… y preguntas hondas (basta con estar cerca para darse cuenta). Una comunidad que quiere estar con y para los jóvenes necesita, ante todo, reaprender el arte del cuidado: esa mezcla de ternura firme, lucidez pedagógica y audacia misionera que convierte nuestros espacios en terrenos nutritivos donde una vocación puede germinar.

El papa León XIV, al encontrarse con jóvenes del Mediterráneo el 5 de septiembre de 2025, les lanzó una llamada que también es brújula para nosotros: «No tengáis miedo, sed brotes de paz». Tomemos esa imagen —los brotes— como clave pastoral: un brote es frágil, necesita suelo, sol, agua y tiempo. No se fuerza: se acompaña. Y florece cuando el entorno se alinea a su favor. ¿Qué significa crear ese entorno?

El primer cuidado es la mirada. Mirar pastoralmente no es escanear problemas ni medir rendimientos; es reconocer semillas: talentos discretos, búsquedas, heridas que piden nombre y acompañamiento. La comunidad que cuida aprende a nombrar lo que ve: «Aquí hay una pasión por la justicia; allí, una sensibilidad artística; en aquel grupo, hambre de oración». Nombrar abre posibilidades. Y cuando el joven escucha su bien nombrado, descubre que hay una promesa sobre su vida.

Cuidar la mirada implica también combatir la tentación del diagnóstico fácil: «Esta generación es frágil», «no se compromete», «vive en el móvil». Clichés cansados que bloquean caminos. La mirada evangélica se pregunta: ¿Qué está intentando decirnos Dios a través de estos jóvenes, en este contexto? La respuesta no llega desde un despacho, sino desde la convivencia fiel y la escucha atenta.

El segundo cuidado es la presencia. La pastoral juvenil se empobrece cuando se reduce a convocatorias y carteles. Los jóvenes no buscan eventos; buscan rostros. Por eso, pasar del «ven» al «vamos» cambia todo: estar en sus territorios (centros de estudio, redes, barrios, plataformas culturales), compartir mesa y camino, abrir los horarios de casa y de corazón. La proximidad genera confianza; la confianza abre conversaciones; y en las conversaciones nace el discernimiento.

Presencia no significa hiperactividad. Significa ritmo: tiempos de estar, de celebrar, de aprender, de descansar, de servir. Una comunidad que cuida conoce el valor de un café largo, de una partida, de un silencio compartido ante el Señor, de una visita a la familia, de un paseo tras un mal día. Pequeños sacramentos de cercanía que rehacen la vida.

El cuidado se concreta en el acompañamiento. No hay crecimiento sin alguien que camine al lado y pregunte con respeto: «¿Qué sueñas? ¿Qué te duele? ¿Qué vas a intentar ahora?». Acompañar es escuchar sin prisa, preguntar con hondura y acordar pasos pequeños. Es clave la claridad: pactar tiempos, espacios, confidencialidad y límites saludables. Y no olvidar el triángulo «difícil»: joven–familia–comunidad. Cuando esos vértices dialogan, se multiplican las posibilidades de cuidado eficaz.

El acompañamiento hoy pide habilidades nuevas: alfabetización emocional, sentido de seguridad y protección (protocolos, entornos seguros), y derivaciones responsables cuando aparece sufrimiento psíquico. Cuidar también es saber no poder con todo y activar redes profesionales.

Recordemos también que cuidar no es sobreproteger. Es entrenar la libertad para que el joven pueda elegir el bien con gusto. El estilo es pedagógico: itinerarios progresivos, experiencias que integren cabeza, manos y corazón, y tareas reales que responsabilicen. Del lado de la fe, conviene ofrecer itinerarios místicos sencillos (oración guiada, lectio, retiros breves) e itinerarios éticos practicables (servicios concretos, economía del cuidado, ecología integral). La libertad se aprende haciendo y releyendo lo hecho.

Los jóvenes perciben rápido cuándo una comunidad celebra con verdad. Cuidar es cuidar la estética: música que ayuda a rezar (no a lucirse), símbolos con sentido, predicaciones breves y bíblicas, espacios bellos, aunque modestos, como hemos dicho ya en otros artículos. Cuidar también es cuidar la fiesta: cumpleaños, logros, reconciliaciones, despedidas. La alegría compartida es catequesis viva; la belleza, un atractivo vocacional.

Una comunidad que cuida a los jóvenes elige la pobreza para liberar recursos hacia ellos: tiempo disponible, espacios abiertos, presupuestos modestos pero estratégicos. Y comparte la misión: trabajar en red con otras congregaciones, parroquias, movimientos y organizaciones sociales. La cooperación no diluye carismas; los potencia. Además, ofrece a los jóvenes una experiencia de Iglesia amplia, donde caben acentos distintos y todos aportan.

Y todo esto porque el liderazgo pastoral que cuida es servidor, sin poses. Sabe delegar, formarse y rendir cuentas. Evita el clericalismo de la última palabra y el paternalismo de la solución rápida. Promueve liderazgos juveniles reales: mesas de decisión con jóvenes, presupuestos que administran ellos, responsabilidad en la organización de actividades, evaluación compartida. Cuando un joven se sabe protagonista, cuida a otros.

Cuidar desgasta. Por eso, la fuente es la contemplación. Oración diaria, revisión de vida comunitaria, retiros, acompañamiento entre hermanos. Cuidar la vida fraterna es cuidar la pastoral: si nuestras comunidades están reconciliadas, el joven lo nota; si vivimos tensos y apurados, también. 

El cuidado no se improvisa: se evalúa con preguntas sencillas y valientes.

  • ¿Nuestros jóvenes tienen nombres y tienen historias (o solo números)?
  • ¿Qué tiempos reales dedicamos a estar con ellos (no a hablar de ellos)?
  • ¿Quiénes son los alejados que todavía no aparecen en nuestras agendas?
  • ¿Qué servicios concretos a otros realizan los jóvenes en nuestra comunidad?
  • ¿Qué frutos de oración aparecen en sus palabras?
  • ¿Qué líneas de seguridad y protección están vivas, conocidas y cuidadas?
  • ¿Cómo sostienen a su vez los jóvenes a otros jóvenes?

Responder a estas preguntas cada trimestre y compartirlas con el consejo pastoral ordena procesos, define pasos, nos desinstala de la inercia y nos libra de la ansiedad de los resultados inmediatos.

El cuidado cristiano no se contenta con consolar; transforma. Construye paz concreta allí donde crecen el resentimiento y la polarización; hace de la parroquia una plaza y de la comunidad un hogar; ofrece a cada joven la posibilidad de descubrir que su vida importa y que su vocación —la que sea— es servicio para muchos. En palabras del propio León XIV a aquellos jóvenes: ustedes son el presente de la esperanza, llamados a ponerla en movimiento hoy, no mañana. Y nosotros, religiosos en misión, queremos ser huerto que protege, escuela que despierta, taller que capacita y altar que envía.

Si una comunidad se anima a este camino —mirada que reconoce, presencia que acompaña, procesos que entrenan, estructura que protege y liturgia que celebra—, verá brotar vocaciones a la vida plena: matrimonios fieles, consagraciones alegres, profesionales honestos, ciudadanos comprometidos, discípulos en camino. Porque cuando el suelo está bien cuidado, la semilla responde. Y los brotes de paz se hacen bosque.