EN LO PROFUNDO – José Eizaguirre

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José Eizaguirre

jeiza@biotropia.net

«Venid también vosotros aparte, a un lugar solitario» (Mc 6,31). ¡Vayamos con el Maestro! Busquemos un lugar donde permanecer un rato tranquilos, en soledad y quietud.

¡Cuánta necesidad tenemos de parar, por fuera y por dentro! Detener nuestro ritmo de vida frenético, nuestra actividad hacia fuera. Y, hacia dentro, detener nuestro torrente mental imparable… No es fácil, pero es imprescindible para todo lo demás. No hay transformación exterior sin cambio interior. Y no hay cambio interior sin silencio, sin quietud, sin pararnos de vez en cuando. Necesitamos desconectar para poder entrar en lo profundo (empezando, por supuesto, por la desconexión de los dispositivos electrónicos).

Tú que lees estas líneas, párate. Busca ese lugar que te lo facilita, ese lugar y ese momento que sabes que te ayuda. Acude a él tantas veces como puedas a lo largo del día, de la semana, del mes. Siéntate, toma aire, respira. Comienza centrando tu atención en la respiración: aire que entra, aire que sale… Una atención amorosa, como nos transmiten los místicos.

Poner la atención en la respiración —y, en general, en la percepción de los sentidos— ayuda a no ponerla en los pensamientos. Seguro que estos son muy importantes, pero en estos momentos dedicados a lo profundo, los apartamos temporalmente. No podemos evitar los pensamientos, pero vamos a intentar no hacerles caso en estos momentos.

Aire que entra, aire que sale… Con cada bocanada de aire, siento cómo mi cuerpo entero se llena de vida. Las palabras inspirar, espirar, respirar vienen del latín spirare, que comparte raíz con spiritus. ¡Respirar es un acto espiritual! Con cada inspiración, me lleno de vida y me lleno del Espíritu, señor y dador de vida. Con cada espiración, entrego esa vida —entrego el espíritu— que se me acaba de regalar.

En este primer momento, no hace falta más: acojo la vida, entrego la vida. Y lo hago al ritmo de mi respiración. Es mi cuerpo el que, si soy capaz de escucharlo, marca el ritmo de este doble movimiento de recibir y de soltar, de retener y de desprenderse. En esto consiste vivir y en esto consiste amar: en aprender a acoger la vida con gratitud y a entregarla con gratuidad.

Sigo respirando de esta forma consciente y agradecida. Y, al hacerlo, me doy cuenta de cuánto necesito el aire para seguir con vida. Puedo detener mi respiración unos breves instantes, pero no mucho. Al cabo de unos segundos necesito tomar aire de nuevo. Me hago consciente de que soy aerodependiente, dependo en cada momento del aire que me da la vida. Me paso todo el día y toda la noche y toda la vida respirando y normalmente no soy consciente de ello. Aprovecho estos momentos de quietud para darme cuenta y agradecerlo desde lo profundo.

El aire que respiro no solo me da la vida a mí; también la da a las personas que comparten conmigo el mismo espacio. Y a otras personas que están en otros lugares. Y a otros seres vivos, animales y vegetales. Es el mismo aire que compartimos todos los seres vivos, pequeños y grandes. El último verso del último salmo del salterio (Sal 150,6) invita a esta alabanza: «¡Todo ser que alienta alabe al Señor!». Todo ser que respira…

Y sigo respirando, cada vez con más consciencia y gratitud, dándome cuenta de la maravilla que es respirar, del milagro metabólico que supone mantener con vida mi cuerpo gracias al aire. ¿Cuántos millones de años han sido necesarios para que el proceso evolutivo haya desembocado en unas criaturas que respiran? ¿Y cuánto tiempo ha sido necesario para que el aire de nuestro planeta haya llegado a la composición actual que nos permite respirar? Todo empieza por el asombro…

Esta conciencia maravillada de aerodependencia es así a la vez una conciencia de codependencia. Somos seres vivos que queremos vivir junto a otros seres vivos que también quieren —y merecen— vivir. Meditar de esta manera nos ayuda a darnos cuenta de que todos los seres vivos lo somos en conexión. Todo está conectado. Y, más aún, esta forma de meditación nos ayuda a ser conscientes de la mutua interdependencia. Todos los seres vivos nos necesitamos mutuamente. Todos estamos conectados. Como reconoce la Carta de la Tierra, todos formamos parte de la gran familia humana y de la gran comunidad de la vida. Y, como nos recordaba el papa Francisco, «todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra» (LS 92).

No hace falta más. Pararnos, sentarnos y spirare consciente y agradecidamente, sabiéndonos en conexión con todo, con todos, con la fuente de todo y de todos y con el Espíritu que lo anima todo. He aquí la paradoja de una forma de oración que comienza con desconectar y termina con una conexión cada vez más plena.

Esta espiritualidad de conexión no se refiere solo a los momentos específicos en que ponemos en práctica la atención amorosa. Si en lo profundo nos sentimos en conexión, en comunión, en fraternidad con toda criatura viviente, en nuestra forma de vida no podemos adoptar actitudes que hagan daño a otras criaturas vivientes. «No podemos», no en un sentido normativo sino espiritual: si siento que cada criatura es una hermana que quiere y merece vivir, me siento incapaz de causarle daño con mi comportamiento. Porque es alguien de mi familia —de la gran familia de la vida—. ¡Porque es una hermana mía!

Esta mística de fraternidad universal lleva así íntimamente asociada una práctica. Porque es el momento de ser conscientes de que nuestra manera de vivir tiene consecuencias en la manera de (sobre)vivir de otros. Que nuestro estilo de vida está causando mucho dolor y sufrimiento a otras criaturas. Y que, si de verdad nos dejamos afectar por ese dolor, entonces no podemos seguir viviendo como vivimos. No podemos seguir consumiendo, alimentándonos, moviéndonos, comprando productos y contratando servicios como lo hacemos:

  • Cuando sabemos que detrás de tantos productos baratos hay explotación de personas y deterioro medioambiental, en la medida en que podemos, evitamos comprarlos y adquirimos otros que nos aseguren unas condiciones más justas, aunque no sean tan baratos.
  • Cuando sabemos que detrás de tantos alimentos industriales hay explotación de animales y degradación de los suelos, sencillamente, no podemos comerlos (¡se nos revuelven las tripas!). Y, en lo posible, buscamos otras maneras de alimentarnos que no causen tanto sufrimiento.
  • Cuando sabemos que «la tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería» (LS 21) y que los plásticos son uno de los principales responsables, intentamos evitarlos al máximo. ¡Porque nos duele en el alma contribuir a tanta basura!
  • Cuando sabemos que las emisiones de gases de efecto invernadero están causando desequilibrios en todos los ecosistemas, cada vez que nos movemos utilizando un medio de transporte motorizado, sentimos el dolor de la madre Tierra y de sus hijos e hijas. Y procuramos movernos menos y en lo posible en transporte público (y evitando los viajes en avión, por muy baratos que puedan ser, que son con diferencia los más contaminantes). 
  • Cuando sabemos que los bancos convencionales financian a empresas que explotan a personas y degradan la tierra, y sabiendo que existe la «banca ética», nos decimos: «¡Con nuestro dinero no!». Nuestro dinero está en esos otros bancos que únicamente financian emprendimientos que repercuten en el bien común.
  • Y así podríamos seguir…

Y todo esto no como un imperativo ético sino como una moción interior que brota de lo profundo, de haber hecho la experiencia de recibir la vida como un regalo y entregarla como una ofrenda consecuente; la experiencia de sabernos en conexión vital con todo ser que alienta; y la experiencia añadida de constatar el bien que nos hace vivir de esta manera. Aunque nos parezca que nada cambia a nuestro alrededor, el cambiar en lo personal, en lo profundo, ya está contribuyendo a que en el mundo haya un poco más de paz, de comprensión, de sensatez y de amor. Y, por supuesto, nos hace personas más maduras, más consecuentes con nuestros valores, más realizadas y felices. ¿Nos parece poco?

Vayamos también nosotros aparte con el Maestro a ese lugar solitario, a practicar regularmente esta forma de espiritualidad, para adentrarnos de nuevo en el mundo con una renovada conciencia de fraternidad con todo y con todos.