¿Qué aprendió él con todo esto? ¿Gozasteis el forcejeo, la sangre, el desgarro, los gritos? ¿No os vinieron a la mente vuestras hermanas, vuestras hijas, vuestras madres? ¿Ni siquiera cuando se apagó su mirada y dejó de luchar, incapaz de soportar más dolor? ¿No os vinieron a la mente todas las mujeres del mundo que hoy os odian con toda la fuerza de sus entrañas? ¿Las mujeres que maldicen el resto de vuestra vida?
¿Creíais que saldríais impunes de esto?
El eco de vuestra muerte hizo el camino de vuelta. Sobrevoló el mar, alcanzó la costa, atravesó playas, poblaciones, desiertos. Llegó a oídos de quienes os aman con las cifras trastocadas: que si tantos niños desaparecidos, que si tantos se salvaron… Con la historia mutilada: que si hubo un incendio, que si no les prestaron ayuda… Llegó el eco de esta tragedia a vuestros países desgarrando cruel toda esperanza,
sembrando la duda y el desaliento, y despojando a los vuestros de su único tesoro, el sueño de una vida mejor.
No son niñas, maestros, jóvenes, trabajadores, madres; son civiles.
No es un ataque; es una operación.
Ni siquiera es un barrio, una ciudad, un país; es una franja.
¿Acaso duele menos?
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