CON LOS OJOS DE DIOS, SALEN LAS CUENTAS – Chema Pérez-Soba

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Chema Pérez-Soba

chema.perez@cardenalcisneros.es

Uno de los retos de nuestros tiempos es, sin duda, mantener la esperanza. Parece que se nos desvanece, que nuestra época es más de escepticismo, de una cierta mirada cínica. Hace ya muchos años, llevados de una cierta euforia cultural, parecía que se acercaba una «Nueva Era» de paz y concordia y que solo había que esperar a que llegara su advenimiento. Pero no cabe la menor duda de que no ha venido: la guerra sigue presente entre nosotros, alcanzando cada vez cotas de mayor horror; las crisis económicas y su estela de sufrimiento se han convertido en cíclicas; la política del enfrentamiento y de menosprecio de los Derechos humanos está de moda y los más jóvenes han visto pandemias, apagones generales y catástrofes climáticas en una sucesión demoledora.

Por eso, aquella new age ha acabado convirtiéndose, literalmente en next age. Renunciamos al cambio en favor de la Humanidad y, de hecho, lo que cambiamos es de apuesta: si no hay salvación, pues sálvate tú, conviértete en un «ascendido» y que los demás hagan lo que quieran. Sálvese quien pueda.

Esta desesperanza se convierte en un ambiente que se pega a nuestros jóvenes: ¿para qué tener utopías si no son posibles, si no paráis de decirme que voy a vivir peor que mis padres, que ya no hay ideales? Parece mejor buscar el sentido en lo presente y dejarnos de utopías. En medio de la pluralidad, busquemos distinguirnos de los demás, ser reconocidos de entre la masa como sea: por lo menos que digan que yo sí que valgo.

De hecho, esta dinámica se convierte en ocasiones en la medida de lo bueno, que se identifica con ese misterioso fantasma que dice llamarse «éxito» y que, curiosamente, siempre que parece al alcance de la mano, siempre se esfuma. Tienes que publicitar todo lo que haces en las redes, mostrar lo feliz que eres y lo interesante que es tu vida, cómo estás a la última, o si vienen mal dadas, lo resiliente que eres… Es el reino de mostrar cómo merece la pena mi vida. Hasta en los estudios académicos tienes que pelear por decir cuán inteligente y capaz eres.

El problema es que esa carrera sin final para encontrar el reconocimiento externo acaba en nada. No es humano competir siempre… Como ya dicen hasta los influencers más lúcidos: estar constantemente creando contenido de uno mismo te mata. Al final ya no vives tú, vive tu máscara.

¿Dónde encontrar entonces espacio para la esperanza?

Mirando a nuestra sabiduría milenaria, a nuestra tradición cristiana, nos encontramos con un lugar que, a primera vista, nos pudiera sorprender: el Apocalipsis. Solo nombrarlo evoca en nosotros finales terribles y espantosos, pues no en vano es sinónimo de catástrofe. Lo más curioso de todo es que ese no es el mensaje de nuestro último libro de la Biblia. No, la cosa no acaba de forma horrenda, sino que es justo lo contrario: lo que quiere es transmitir esperanza. La comunidad en la que gesta su redacción, la que conocemos como la comunidad de Juan, ha vivido la persecución, el exilio… incluso el dolor inmenso de la ruptura de la comunidad. De hecho, cuando se redacta el texto un nuevo monstruo ha cerrado sus mandíbulas sobre ellos: el Imperio de Roma, que ha decidido encontrar en los cultos extranjeros (entre los que se encuentran las nacientes comunidades cristianas) el chivo expiatorio perfecto para sus paranoicas campañas de prestigio. Los están matando. Eso sí genera desesperanza.

¿Qué pueden unas pequeñas comunidades fraternas contra el todopoderoso Imperio romano? Si miramos con los ojos humanos, nada de nada. Pero los ojos de Dios son otros: y Él es el Señor de la Historia. El mensaje de Jesús que nos trasmiten las primeras comunidades es que el destino de la Humanidad es el sueño de Dios, el que el vidente Isaías transmite con gozo (Is 25,6-8). Dios reina ya y todos los pueblos de la tierra se sentarán en torno a la misma mesa, hermanados en el banquete definitivo de la fraternidad. Dios vence para siempre a la Muerte y enjuga, una a una, todas las lágrimas de nuestros cansados ojos. Y esto ya está entre nosotros y es el único y verdadero destino de la Humanidad.

Por eso el Apocalipsis nos señala, desde la sabiduría de la comunidad de Juan, tan maltratada, que la clave, frente a la omnipotente y monstruosa Bestia, es lo más sencillo: el cordero. Símbolo de Jesús, es la presencia del verdadero poder. El que dio su vida, el que se la jugó quedándose en Jerusalén por sus hermanos, ese vence a la Muerte. El que no contaba con ejércitos, el que es arrasado por el poder religioso y político. Ese es el de Dios. Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos (Jn 15,13) y a vosotros os llamo amigos. Ese es el milagro. Ahí encuentro esperanza para el mundo y para mi vida.

Como María del Magníficat, podemos mirar la realidad con los ojos de Dios. Y así, comprobamos que se fija en la más humilde y tenemos la esperanza de que lo débil a los ojos del poder será ensalzado y al poderoso verá cómo su poder se le deshace entre las manos (Lc 1,51-52). El canto de María es eco del canto de Miriam tras el milagro de la victoria del Israel esclavo sobre el todopoderoso faraón (Ex 15,20-21): el pequeño, el esclavo, el cordero, el débil es el que triunfa, porque los ojos de Dios son diferentes a los del poder. Y de esa libertad increíble brota la alegría. No tengo que luchar por subirme a la fama, por agarrar ese éxito elusivo para ser yo mismo. Es todo mucho más sencillo, más profundo. El encuentro con el Dios de Jesús, que te abraza y te incluye, tal y como eres, en el baile mismo de su corazón trino, es gratuito, sencillo, sin aspavientos. Tú mereces infinitamente la pena. No hacen falta ni gritos ni likes.

Y esta no es una esperanza silenciosa, pasiva sino activa. Dejando la tranquilidad de nuestro hogar y saliendo al encuentro del otro, de Isabel, brota el canto de alabanza. Saberse queridos como hijos por Dios nos hace, inmediatamente, hermanos unos de otros. Si reconozco a Dios como Padre, en la siguiente palabra añado «nuestro»: «Padre nuestro». Y ahí todo cobra sentido. Este es el camino que podemos mostrar con nuestras vidas, con nuestras comunidades: no, los poderes (políticos, mediáticos) no son los ojos que te permiten encontrar sentido. La carrera para ser el más reconocido, el más influyente, el más lo que sea acaba en la nada.

Por eso, cuando debemos apostar la vida, no es malo tomar en cuenta la lectura del fariseo y el publicano (Lc 18,10-14). El fariseo es un fuera de serie de la autopromoción… dejando a su hermano publicano por los suelos, claro. En la silla del éxito solo cabe uno. Pero esos no son los ojos de Dios. Jesús en medio del follón del Templo, con bueyes, cordero, palomas… ve a la viuda que echa un céntimo en el lugar de las ofrendas. Esos son los ojos de Dios, los que acogen al publicano.

En los ojos de amor incondicional y gratuito de Dios encontramos esperanza para nuestras vidas, porque al final de la vida se nos juzgará por el amor (san Juan de la Cruz). No lo olvidemos, no lo olvides, joven que buscas: en sus ojos, siempre, siempre, siempre, salen las cuentas de la vida. Y el horizonte, pese al dolor y a la frustración, amanece un nuevo sol. El Apocalipsis, pese a Bestias y terrores, nos lo proclama:

Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén que descendía del cielo, de parte de Dios, preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo. Y oí una gran voz desde el trono que decía: «He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios». Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido (Ap 21,1-4).

 

Si te interesa echar un ojo a la comunidad de Juan y al Apocalipsis puedes leer Yves-Marie Blanchard, Los escritos joánicos. Una comunidad atestigua su fe, Cuadernos bíblicos nº 138, Verbo Divino o Raymond Brown, La comunidad del discípulo amado, Sígueme.