¡Basta de tontería! ¡vamos a vivir como los santos! – Fernando Negro

Fernando Negro

Estaban dos presos en la misma celda. Dentro de un mes iban a salir de la prisión después de haber cumplido debidamente sus respectivas sentencias. Era un atardecer de febrero. Hacía frío y, mientras el sol se ocultaba en el horizonte, llovía persistentemente. Los prisioneros miraban tras las rejas de las ventanas y veían el mismo panorama, eran testigos del mismo momento. Uno de ellos se aferraba a los barrotes, lleno de rabia maldiciendo la lluvia, la noche ya cercana, la soledad, y el tiempo transcurrido en la celda. No tenía ganas de que llegara el mañana. El otro, sin embargo, miraba el horizonte mientras divisaba una gaviota que le recordaba su libertad ya cercana. Y pensaba en su amada esposa y en sus hijos a quienes pronto vería. Y alzando su mirada hacia el sol que se despedía, daba gracias y esperaba con gozo el mañana, mientras apaciblemente se disponía a dormir.

Nos perdemos la vida en tonterías. Somos aquel hombre que en un atardecer, junto a la playa, se encontró una bolsa llena de piedras. En su frustración, marchó a la orilla del mar. Por cada una de las cosas que había dejado de hacer tiraba una piedra contra las olas. Cuando sólo le quedaba una en la bolsa, decidió volver a casa. Cuál no sería su desazón al ver que aquella piedra era oro puro. Su corazón se llenó de angustia al ver cómo había desperdiciado el tesoro que por unas horas llevaba en su mano.

Los santos son personas que han descubierto el tesoro dentro, y han vendido todo para quedarse con él y hacerlo fructificar. Los santos no vienen del cielo. Están en medio de nosotros y reflejan centelladas de la presencia divina por dondequiera que pasan. Se les reconoce por su capacidad de tolerancia y de paciencia. Se les nota porque a su paso uno siente deseos de ser mejor, de

imitarlos. Los santos y santas nunca se victimizan aunque estén pasando por auténticos calvarios interiores o exteriores. Los santos no saben que son santos; simplemente lo son. No se sienten merecedores del Amor de Dios que experimentan, pues tienen un concepto personal de ser los mayores pecadores del mundo. Y sin embargo viven esta experiencia desde el amor. Los santos son el alma del mundo, los que nos dicen que Dios no ha muerto. Nos lo dicen con el convencimiento de sus vidas marcadas a veces por el dolor, más que con palabras piadosas.

Son muchísimos más los santos anónimos en el cielo que los poquitos reconocidos por la Iglesia a través de los siglos. Podemos estar seguros de que a diario nos rozamos con personas santas a quienes nos uniremos, por gracia de Dios, en la asamblea del cielo, tal y como nos lo cuenta la Sagrada Escritura,

Después de esto miré y vi una muchedumbre grande, que nadie podía contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua, que estaba delante del Trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con palmas en las manos. Clamaban con grande voz, diciendo: La salvación es de nuestro Dios, del que está sentado en el Trono y del Cordero.47

Los santos son amigos incondicionales de Jesús. Por Él están dispuestos a todo, pues saben que participan con Él en la Resurrección, aun cuando pasen por el valle de la muerte. Jesús pide de ellos grandes sacrificios, que siempre se ven acompañados de consuelos sin cuento. Pueden morir jóvenes, niños o ancianos. Lo importante es que todos ellos han aprendido que la vida se mide por la cantidad de amor que ponemos en ella y no por la cantidad de los años, pues “al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor.” (San Juan de la Cruz)

  • Ap 7, 9-10

El 25 de septiembre del año 2010 fue beatificada una muchacha que murió a los 19 años. Joven alegre y dinámica a quien le gustaba el deporte, el baile, la música como a cualquier persona de su edad. Murió el año 1990. Un cáncer le llevó a experimentar la amputación de sus dos piernas. En lugar de deprimirse y desesperarse, decía a quienes la visitaban, “Ya no tengo piernas, pero el Señor me ha dado alas”. Su madre estuvo presente en la beatificación de su hija, que se llamaba Chiara Luce Badano. Solamente los santos razonan de esta forma

Me contaron de un anciano dominicano que tuvo dos hijos sacerdotes. Ese hombre estaba tan agradecido a Dios por la vocación de sus hijos que, al quedarse totalmente ciego de ambos ojos, solía decir a quienes le compadecían: “¡Qué alegre estoy! No puedo estar triste; mira, por cada ojo al que le falta la luz para ver, Dios me ha dado un hijo sacerdote.” Solamente los santos razonan de esta forma.

La oración, si no nos lleva al cambio transformador de nuestra persona, no es oración. Este proceso transformador puede ser llamado santidad. La santidad no es para élites, sino para gente de la calle, gente normal como tú y como yo. El Papa Francisco lo dice así.

“En este punto, cada uno de nosotros puede hacer un poco examen de conciencia. Y ahora podemos hacerlo, cada uno se responde así mismo, dentro, en silencio.

¿Cómo hemos respondido hasta ahora a la llamada del Señor a la santidad? ¿Tengo ganas de hacerme un poco mejor, de ser más cristiano, más cristiana? Este es el camino a la santidad. Cuando el Señor nos invita a ser santos, no nos llama a algo pesado, triste. ¡Todo lo contrario! ¡Es la invitación a compartir su alegría, a vivir y a ofrecer con alegría cada momento de nuestra vida, haciéndolo convertirse al mismo tiempo en un don de amor por las personas que están cerca de nosotros. Si comprendemos esto, todo cambia y adquiere un significado nuevo, un significado hermoso, comenzando por las pequeñas cosas de cada día. Un ejemplo: una señora va al mercado a hacer la compra y encuentra a una vecina y empiezan a hablar y después llegan los chismorreos. Y esta señora dice, no, yo no hablaré mal de nadie. Esto es un paso a la santidad, esto te ayuda a ser más santo. Después en tu casa, el hijo te pide hablar un poco de sus cosas fantasiosas, piensas: “estoy cansado, he trabajado mucho hoy”; pero tú, disponte y escucha tu hijo, que lo necesita, ponte cómodo, y escúchale con paciencia. Esto es un paso a la santidad. Después termina el día, estamos todos cansados, pero hacemos la oración. Eso es un paso a la santidad. Después llega el domingo, vamos a misa a tomar la comunión, a veces de vez en cuando una confesión que nos limpie un poco. Y después la Virgen, tan buena, tan hermosa, tomo el rosario y le rezo. Esto es un paso a la santidad. Y tantos pasos a la santidad, pequeños… Después voy por la calle veo un pobre, un necesitado, me paro y le pregunto algo. Es un paso a la santidad. Pequeñas cosas, son pequeños pasos hacia la santidad. Cada paso a la santidad nos hará personas mejores, libres del egoísmo y de la cerrazón en nosotros mismos, abiertos a los hermanos y a sus necesidades.”48