AUTORRETRATO ESPERANZADO – Óscar Alonso Peno

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Óscar Alonso Peno

oscar.alonso@colegiosfec.com

ENSEÑAR A LOS JÓVENES A CONTEMPLAR Y CONTEMPLARSE CON LOS OJOS DE DIOS

Resulta, cuando menos sorprendente, lo que señalan los estudios, análisis y publicaciones estadísticas sobre nuestros jóvenes. Un tanto por ciento muy elevado de ellos no tienen una buena imagen de sí mismos, se ven incompletos, irrealizados, no se gustan, no se aprecian, no tienen claro su proyecto de vida o lo tienen claro pero las condiciones para que se haga realidad son imposibles; otros abocados a un cierto aburrimiento (propio de las sociedades del bienestar), no por no tener cosas que hacer, sino porque consumir lo que sea termina agotando y dejando yermo todo lo que hay; con una autoestima extrañamente baja, cierto sentimiento de vivir rotos porque a la mínima se agrietan y no hay quien arregle esas fisuras; llenos de todo y muy vacíos de lo esencial; consumidores voraces de series, de videojuegos, de un sinfín de aplicaciones y de redes sociales que acaban atrapándoles aunque afirmen que no es así; descolgados de preocupaciones que no sean las propias o las de su entorno más cercano (y, si es posible, que pase todo pronto).

Al mismo tiempo, son disfrutones, les gusta probar, les encanta viajar, van a la última de todo, viven como nadie el ocio y el tiempo libre, buscan experiencias siempre más fuertes, más lejanas, visualmente más atractivas y colgables donde sea. Preparados, con idiomas, con una cultura general muy general y con un buen smartphone siempre conectado y en el bolsillo… en él, casi todo. 

Ambas realidades (que, en el fondo, son caras de la misma y única realidad), juegan en nuestros jóvenes (y en los no tan jóvenes) a una difícil, casi imposible, cuadratura: me vendo, me muestro, todo lo que cuelgo de mí mismo es perfecto, pero si rasco un poco en esa perfección, a veces sin profundidad alguna, aparece mi yo verdadero, ese que no es tan vendible, ese que quizás asuste, ese que puede generar en los demás dudas y prejuicios, ese que habla de mi historia y de mis historias, ese en el que hay logros y fracasos, heridas y cicatrices, rostros y afectos, encuentros y desencuentros, fobias y filias, búsquedas y hallazgos, tesoros y hojarasca, confianza, desconfianza, fe y amor verdadero, destrucción, construcción y reconstrucción. Somos lo que vivimos, lo que soñamos, lo que esperamos, lo que creemos, lo que sabemos, lo que conocemos, lo que amamos… 

Ahora que se llevan las gafas de realidad virtual que le hacen a uno sentir que lo que ve es casi real y que te hacen meterte de lleno en la historia o el decorado que se visualiza, quizás es un buen momento para realizar una reflexión sobre la importancia de dejar lo virtual a un lado, aunque sea por un momento, y recuperar el valor insustituible y único de la mirada, hacia lo otro, hacia los otros, hacia el Otro y hacia uno mismo. Una mirada que no nos va a proporcionar nada de lo que se nos vende, nada de lo que adquirimos, nada de lo que nos ofrecen como elixir de felicidad en cualquier entrada de Instagram, de Facebook o de cualquier otra plataforma de venta de todo. 

Necesitamos educar nuestra mirada. Una mirada que además de dirigirse a Dios, a los demás y al entorno, está llamada a contemplar la propia vida, la propia realidad, la propia historia. Sin ella es complicado transitar por la vida como Dios manda. 

Es preciso que nuestra pastoral juvenil ayude a nuestros jóvenes a mirarse a sí mismos con esperanza. No vale una mirada generalista. Necesitamos una mirada bien fundamentada, una mirada esperanzada. 

Ver, mirar, admirar, observar, considerar, contemplar… actitudes y opciones necesarias para hacer un buen autorretrato. Puede parecer una contradicción que, en un mundo empecinado en mirarse el ombligo, en ese individualismo que hace perecer toda esperanza, en esa indiferencia hacia lo de los demás… invite a hacer un autorretrato. Pero creo que, si conjugamos y enseñamos a conjugar bien, al menos tres de los verbos citados (ver, mirar y contemplar), el autorretrato puede ser un ejercicio precioso que abre las puertas a la esperanza que, como dice san Pablo, «no defrauda» (Rom 5,5), siempre desde el convencimiento de que debemos enseñar a los jóvenes a contemplar y contemplarse con los ojos de Dios.

Ver, mirar y contemplar podemos decir que son como tres modos de posicionarnos ante todo lo otro y ante los otros, incluso ante nosotros mismos.

Como bien sabemos, ver es sencillamente, eso; ver. Para ver solo se necesitan los ojos. La vista es uno de los sentidos más importantes para nosotros. Se puede ver y sentir cuando vemos, pero también se puede ver y no sentir absolutamente nada. De la vista, de lo que vemos, depende nuestra orientación y el poder distinguir objetos y personas. Ver nos facilita mucho la vida y el conocimiento del mundo que nos rodea. Ver es muy importante, pero ver no nos provee automáticamente de esperanza. No por ver mucho o ver bien somos mujeres y hombres de esperanza. Es más, quizás ver nos haya atrofiado bastante otros sentidos. Solemos decir «si lo veo, lo creo», pero en verdad lo que creemos no solemos verlo. 

Para mirar hay que ver, pero mirar significa escudriñar, detenerse en cada detalle, en cada gesto o en cada acción de lo que vemos. Cuando miramos existe sin duda intención porque decidimos qué es lo que queremos apreciar de lo que vemos. Cuando miramos prestamos más atención, curioseamos, nos detenemos, indagamos, descubrimos. Mirar nos otorga o nos facilita un aprendizaje: además de la mirada, entran en juego la memoria y el discernimiento. Mirar exige de nosotros algo más que unos ojos, algo más que ver: para mirar necesitamos un método más complejo que el simple ver. Ejercitar la mirada es esencial para los seres humanos y determinante para los creyentes. La mirada de Jesús recorre todo el Evangelio. Una mirada contemplativa, misericordiosa, amiga. Una mirada posibilitante y esperanzada. 

Finalmente, contemplar: La contemplación es una actitud que nos acerca a ser aquello que contemplamos. No es un proceso o una etapa. Contemplar es el nivel premium, el más excelso del mirar, de la mirada. No tiene más intención y finalidad que el mismo hecho de contemplar. Sucede cuando, saliendo de nosotros mismos, abandonamos las dimensiones espacio-tiempo para convertirnos en aquello que contemplamos y en ello descubrir así su esencia. Contemplar es «exhalar la belleza del contemplado y dejarse poseer» por ello. Uno puede ver el agua de un río, mirarla y observar sus ondas, sus formas, su velocidad, los lugares por los que discurre o puede sentir que es el agua de ese río. En la contemplación no caben las palabras, ni los pensamientos, ni las ideas, ni otros conocimientos. La contemplación llena el vacío interior de cada uno, dejando salir un sinfín de emociones, sentimientos y sensibilidades. 

De hecho, para poder comprender a los demás, a los otros, tal como se comprenden a sí mismos, debemos hacer el ejercicio de convertirnos en el otro, en los otros, compartir su experiencia, participar de su mundo, calzar sus mismas alpargatas.

Y siendo esto así, la vista, la mirada y la contemplación posibilitan ese autorretrato del que se nos habla en el título de estas líneas. El término retrato significa en su etimología latina «sacar fuera». El autorretrato es, por tanto, el retrato de una persona hecho por ella misma. El autorretrato puede ser una forma de exponer nuestro cuerpo, un instrumento para conocernos y un modo que manifiesta el sentir y el modo íntimo del ser. Un autorretrato puede sacar fuera aquello que nos habita, aquello que no se ve, pero que es esencial, que nos habita y que nos hace ser lo que somos. Un autorretrato es un testimonio de quiénes somos y de cómo nos mostramos. 

Durante milenios el autorretrato fue delito o algo reservado solo para algunos (faraones, sacerdotes, altos dignatarios). A partir del siglo XV, en la pintura sobre todo, los autorretratos empezaron a proliferar, convirtiéndose en uno de los géneros artísticos más importantes. Mediante los autorretratos se expresaba la necesidad de permanecer, quedando la propia imagen como una metáfora de la identidad, del poder y de la categoría social. 

Pero no quiero quedarme en el autorretrato sin más. El título de estas páginas es Autorretrato esperanzado. No es, por tanto, el deseo de permanecer en el tiempo de cualquier modo o simplemente por el hecho de permanecer. Se trata, sin embargo, de que los jóvenes sean capaces de realizar su propio autorretrato, a partir de su vida y de su fe, y de hacerlo esperanzadamente, es decir, haciendo posible que en el autorretrato no solo se intuya y aparezca lo que somos sino lo que estamos llamados a ser; que aparezca y se intuya lo que vivimos y lo que creemos que viviremos según la promesa del Señor; que se intuya y aparezca que pese a cómo está el mundo, a nosotros nos habita una esperanza que no defrauda y que no procede de nosotros. 

Si somos imagen y semejanza de Dios, si se nos ha dotado de capacidades, dones y talentos, si el Señor nos quiere con locura, siempre, incondicionalmente, si nada nos separará jamás del amor de Dios y si el reino ya está entre nosotros, debemos acompañar a nuestros jóvenes para que realicen su autorretrato como un ejercicio de madurez humana y en la fe, como un medio de esbozarse yendo mucho más allá de lo inmediato, de lo aparente, de lo que se lleva, de lo que me pongo o me quito para que de esta propuesta obtengan una visión esperanzada de sí mismos. 

Nuestra pastoral juvenil debe ayudar a los adolescentes y jóvenes a contemplarlo todo y a contemplarse a sí mismos con los ojos de Dios. Unos ojos que conforman una mirada esperanzada y esperanzadora sobre nosotros. Sobre todos nosotros. 

¿Cómo podemos ayudar a los adolescentes y jóvenes a aprehender y adquirir esa mirada contemplativa, esperanzada y posibilitante de Dios para con ellos mismos y su entorno?

  1. Educando su mirada a partir de la lectura del Evangelio. Algo tan sencillo y tan complejo al mismo tiempo. Hacerles gustar la lectura orante del Evangelio diario, dedicando un tiempo de calidad para ello, sin prisas, sin nada más que la Palabra y el silencio. Educarles para que se fijen en la mirada del Señor, esa mirada que lo transforma todo, lo trastoca todo, lo convierte todo. Una mirada contemplativa. Una mirada rebosante de esperanza. Una mirada que les ayude en su propio proceso de autoconocimiento, algo que solo ellos pueden realizar. Una mirada amplia, abierta, sin etiquetas, sin prejuicios. Una mirada que se asemeje cada vez más a la mirada del Dios de Jesús: una mirada colmada de amor y de misericordia incondicionales e infinitas. 
  2. Posibilitando que sean los verdaderos protagonistas de su propia historia. En la pastoral juvenil descubrimos tantas historias que no son las que debieran ser, tantos protagonistas ajenos a las historias de los jóvenes, tantas suplantaciones de identidad, tantos miedos a que cada joven sea él mismo, sin filtros, sin apariencias, sin dobleces. Debemos invertir tiempo y energías para que cada joven sea protagonista de su propia historia, de sus propios pasos y logros, de su vocación y de la historia de salvación que el Señor tiene en ellos. 
  3. Invitarles a transitar por diferentes experiencias sin que ninguna de ellas sea impuesta. En nuestras pastorales juveniles hay en este momento mucha moda, mucha tendencia, mucho nombre, mucha experiencia que se propone como lo más, como lo definitivo, como si uno se viera obligado a pasar por ello si no quiere quedarse descolgado de lo más cool. Nada más lejos. Debemos invitarles, no hacerles consumidores de experiencias que lo único que les lleva es a conseguir quemar etapas y dejarles después esperando otra experiencia más fuerte o la decepción al no lograr cubrir sus expectativas. Debemos proponerles experiencias que marquen por dentro, que les descubran en esperanza y en esperanza les hagan seguir caminando, porque la esperanza tiene un solo nombre: Jesús. Todo lo demás puede terminar por ahogar la esperanza y terminar por alejarles de lo esencial.
  4. Debemos propiciar procesos de acompañamiento personalizado. Los grupos son importantes, muy importantes. Pero el grupo nunca suple ni logra aportar lo que el acompañamiento personal persigue: que cada joven pueda, en confianza, discernir qué es lo que Dios quiere de él en cada momento. Necesitamos formar a mucha más gente en el acompañamiento que ayuda a crecer, que escucha, que guía, que sugiere, que plantea preguntas y esboza posibilidades esperanzadas de una amistad sana con el Señor Jesús. 

Necesitamos más jóvenes en pastoral juvenil, pero el objetivo de lo que hacemos no es ese (no al menos en primer lugar). El objetivo es que los jóvenes que ya están en nuestros grupos sean más, crezcan más, se descubran más, ahonden más en su amistad con el Señor, aprendan a escucharle con más claridad, confronten su vida con más verdad… y el acompañamiento es una herramienta preciosa para todo ello. 

Realizar un autorretrato esperanzado de cada uno es eso precisamente: un ejercicio que debe hacer cada joven por sí mismo, que le introducirá en un proceso de progresivo autoconocimiento, que le permitirá expresar desde la propia subjetividad lo que siente, lo que le duele, lo que le hace feliz, lo que espera, lo que cree, lo que duda, lo que ama, lo que desea; una manifestación exterior de lo que le habita por dentro. Y todo ello no de cualquier manera, sino desde la esperanza, desde el Señor. 

«Nosotros necesitamos tener esperanzas —más grandes o más pequeñas—, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Solo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza» (Benedicto XVI, Spe Salvi, n.º 31).

Los creyentes que acompañamos los diferentes itinerarios de crecimiento en la fe de nuestros jóvenes estamos invitados a posibilitar que conozcan la mirada única de Dios Padre, esa mirada materna, acogedora, posibilitante, profunda, desarmante, todo invitación, todo misericordia, todo perdón… una mirada enamorada y enamoradiza. Una mirada sencilla, brillante y esperanzada. Una mirada viva y vivificadora. Una mirada única. Porque para cada uno de nuestros jóvenes Dios tiene una mirada hecha a medida, sin más patrón ni medida que el amor.