ANTE EL FRACASO, ¿PUEDO LLEGAR A MIRARME CON ESPERANZA? – Miriam Subirana

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Pilar Yuste

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Por primera vez iba a entregarle el artículo a Juan Carlos, nuestro director, con algún día de margen (no muchos). Estoy (estaba) en un momento inusualmente sereno. Contenta con mi familia, con mi trabajo, razonablemente feliz con mi vida. Pero hay días en los que parece que ya no puede pasar nada peor… y pasa… 

A un episodio de incertidumbre médica se sumó un conflicto serio con la preadolescencia de mis hijos, una nota de prensa que me hizo preocuparme por el futuro de nuestros jóvenes, y una pésima noticia que no era fruto de una broma de mi detestado Halloween. El 30 de noviembre de 1975 comenzó formalmente la llamada Marcha Verde, la ocupación de Marruecos del territorio del Sáhara Español, nuestra provincia 53. 50 años y un día después, y por vez primera, Naciones Unidas se rendía ante los planes de Donald Trump, Mohamed VI y el apoyo de Francia, Gran Bretaña… y España, y abría la puerta a la legitimación de la ocupación. No quedaba cerrada la cuestión, pero la alegría y agradecimiento del rey de Marruecos eran significativos. Salvo sorpresa final, todo el derecho y tribunales internacionales se desarticulaban ante intereses económicos más que turbios. 

Lo que antes me hubiera hecho tambalear parecía haberse transformado en derrota. Y traduciendo ese léxico militar, sentía frustración, impotencia, rabia, fracaso y sin sentido. Cinco viajes a los campamentos de refugiados en Tindouf, ocho alumnos y alumnas saharauis estudiando durante seis años en mi instituto, innumerables charlas, talleres, campañas solidarias, difusión, etc. La solidaridad con ese pueblo hermano seguía inquebrantable en el apoyo frente a su genocidio silenciado, pero la esperanza en la justicia caía tan al vacío como yo. Los formalmente derrotados eran los mismos de siempre, y con ellos mi ilusión y mi esperanza.

Todo lo que hiciera por mitigar el dolor era como tomar un paracetamol como anestesia ante una cirugía mayor. Han sido muchos los muertos por bombas y armas químicas durante la ocupación y durante los años de agonía en lo más feroz del desierto del Sáhara, muchos torturados (ahora mismo) en las cárceles clandestinas de los territorios ocupados, un infinito expolio ilegal de sus recursos naturales (pesca, fosfato, petróleo, arena, turismo) como para diluirlos con una canción relajante, un paseo, o incluso un abrazo cómplice. 

Algunas de las imágenes que me venían a la cabeza y me rompían el corazón:

  • La ocupación teóricamente civil de 1975 contrasta con las fotos de los refugiados que huyeron al desierto.
  • Del mismo modo que la Dajla actual (una de las ciudades ilegalmente expoliadas ahora, a modo del resort que Donald Trump ha diseñado para Gaza), contrasta con los campamentos de refugiados que mantienen los nombres de las ciudades que dejaron en la costa que habitaban.

 

Más vacío, más rabia… Hasta que puse el foco en lo único importante, en los protagonistas, en quienes, por enésima vez, sufrían el zarpazo de la injusticia no ante un compromiso solidario, sino en sus propias vidas, en su identidad e historia individual y colectiva. Ellos y ellas, tantos pueblos y personas perdedores de este cruel y mortal Monopoly. Tantas personas que no han tenido ni opción de tirar la toalla, que han tenido que seguir luchando y perdiendo en estas distopías tan poco poéticas de la historia. Han seguido en pie por su familia, por seguir vivos. Han aprendido a transformar sus derrotas en resistencia. Ellos y ellas no eran derrotados. Lo era la justicia, lo es la verdad. La propia Humanidad ha quedado herida con tanta injusticia fratricida. El dolor quedaba casi siempre del mismo lado, pero la dignidad, la complicidad, los tejidos de resistencia colectiva, han conseguido que la historia no se dibuje en blanco y negro.

Me tropecé con la foto de George Gillette, un líder de varios pueblos indígenas del río Misuri que en 1948 se vio obligado a ceder las tierras ancestrales de su pueblo al gobierno de Estados Unidos. Más de 600 kilómetros cuadrados de hogares, escuelas, iglesias y campos fértiles quedarían sumergidos bajo las aguas por la construcción de la presa de Garrison. Con su traje occidental llora ante la indiferencia de quienes probablemente tenían intereses políticos y económicos en esa «cesión». Una mezquindad histórica que nadie podrá justificar. Gillette y su pueblo serán recordados y honrados. Ellos, sencillamente despreciados. Tampoco esta historia ha escrito su última página.

Y me acerqué a testimonios de hermanos y hermanas desde sus experiencias de fracaso y vacío.

Las expectativas mesiánicas de Jesús y sus primeros discípulos y discípulas, sus éxitos y sus derrotas /cruces entretejieron el Evangelio, como entretejen nuestras vidas. De hecho, la Resurrección es vivida como una auténtica victoria política por la primera Iglesia. Dios se pone del lado del condenado por los poderosos judíos y romanos.

Y el Amor es, sin duda, el gran patrimonio (complejo en ocasiones) en la llamada a ser felices haciendo felices a los demás. Eso está lleno de sentido e incluso de fundamento científico. Muchos estudios neurológicos fundamentan ese camino: Sabemos que la bondad mejora la salud, «servir al otro es literalmente sanador» y « a felicidad llega con la coherencia interior». Y eso evangélicamente nos lleva al lado de las derrotas históricas, en el que encontramos miseria humana de la mano de la miseria social, pero también una dignidad sin límites.

Es nuestro lugar natural (Lucas 6,20-26: bienaventuranzas) aunque en muchas ocasiones no sea cómodo. 

Cualquier rincón puede acabar siendo un nuevo resort de Trump. Y cualquier persona puede vivir el fracaso. Las derrotas históricas no son siempre patrimonio de los mismos. Tampoco lo son las derrotas vitales. Todos y todas somos vulnerables. Y eso facilita nuestra empatía. Pero todos y todas también estamos llamados a resistir, a luchar, a tejer redes de apoyo, a disfrutar, a vivir en plenitud, a ser felices. Cualquier apuesta vital, cualquier compromiso altruista o personal conlleva esperanza en el resultado, confianza, sentido. Por ello ante los momentos duros toca redefinir las derrotas individuales y colectivas, aprender de los fracasos y hacernos fuertes ante los obstáculos. Elegir entra la indefensión aprendida, o aprender a vivir con esperanza, alegría y en plenitud.

Aprender a transformar el desierto de mi soledad en libertad, los problemas en aprendizaje, las dificultades en resiliencia. La sana/santa rabia nos ayuda con frecuencia a ser más fuertes y más valientes, a resistir, a reorientar el sentido. Necesito esperanza para perseverar en ese camino, pero el propio camino fundamenta y valida mi esperanza.

La perspectiva histórica está de nuestro lado, aunque sea desde lo numérico. La Iglesia fue ferozmente perseguida por diversos emperadores romanos. El Imperio romano son ahora piedras (bellísimas, pero restos del pasado), pero la Iglesia es la institución con mayor cantidad de miembros en el mundo. 

Nuestra autobiografía es una historia de amor. Un Amor sin límites que nos acompaña desde principio a fin. Desde nuestra raíz (en Cristo, y como dignos hijos e hijas de Dios) a los frutos que no verán nuestros ojos de las semillas fecundas que a veces nacen de un dolor que no sabemos entender ni explicarnos.

Rebelarnos ante lo injusto, pero también aceptar aquello que no puede cambiarse. Aceptación y autoaceptación. No soy yo quien tiene la última palabra de mi historia (vital y escatológicamente). Estoy en manos de Quien me ama. Con mayúscula y sin límites. Sin requisitos. Mi vida tiene sentido. La fe, la esperanza y el amor son la urdimbre de mi/nuestra historia. Y mi/nuestra historia se transforma también en urdimbre de otras.