«YO QUIERO SER FELIZ» – José M.ª Martínez Manero

Etiquetas:

«YO QUIERO SER FELIZ» aquí el artículo en PDF

José M.ª Martínez Manero

mtzmanero@hotmail.com

Eso le dice el joven Francisco al obispo ante todo Asís: «Yo quiero ser feliz». Vivir la libertad de los pájaros del cielo. Lo demás no vale nada. «Creedme. Si el objeto de la vida consiste en este frío ajetreo con el que llenamos nuestros días, entonces no es para mí. Debe haber algo mejor. Tiene que haberlo. El hombre es espíritu. Tiene alma. Y eso es lo que yo quiero, recobrar mi alma… Quiero ser un mendigo. Cristo fue un mendigo. Y sus santos apóstoles también. Sí, quiero ser libre como ellos».

Esta secuencia de la poética película Hermano sol, hermana luna (1972) de Franco Zeffirelli, podría muy bien comportarse como eje de las dos grandes líneas que Christus vivit propone en la acción pastoral juvenil: buscar la experiencia del Señor y crecimiento hacia la maduración progresiva. Con un sabio aviso, no caer en la tentación de ahogar el kerigma con una formación, pretendidamente sólida, convertida en laberinto de ideas que seca la alegría del anuncio. El kerigma tampoco puede convertirse en pasajero efluvio sentimental, flor de un día. Exige fundamentos que alimenten el gozo de vivir también en las adversidades de la vida, la alegría perfecta. Para trenzar ambos hilos como vía de profundización personal en la experiencia de Dios en Cristo, resulta eficaz utilizar canciones, testimonios, lectura y reflexión de la Escritura, redes…

El arte es tributario del tiempo, pero algo parece inmune a él. La cinta de Zeffirelli respira música folk y aire hippy de los setenta del siglo pasado. Pero ayuda a dialogar con esa época y con el tiempo de la historia que narra. El paso del siglo XII al XIII ofrece grandes posibilidades de entender mejor los tiempos actuales. Abandonar zonas de confort enriquece la perspectiva. Fotografía, diseño de vestuario, bellos paisajes de la Umbría y la Toscana lo facilitan. La película cuenta, en clave poética amable, la transformación de Francisco y comienzos del franciscanismo. Estructura muy bien los puntos neurálgicos del proceso.

Francisco vuelve a su ciudad, derrotado de la guerra de Asís contra Perugia, con una crisis profunda. Su padre, mirando por su próspero negocio grita: «Ha vuelto de la guerra porque está enfermo, no es un cobarde». Casi recuperado, un pajarillo le guía hacia el tejado de la casa como para unirlo al vuelo. Desearía que esa paz del canto «bajito y dulce de los pájaros posados en las ramas» siempre fuera así. Laudato si´. El tesoro almacenado por su padre, gracias a la guerra, le deja frío. No así su descenso al «infierno» donde trabajan sus tintoreros. Temor ante la presencia del amo, llanto de niño, joven temerosa, enfermo en el suelo, la mirada del anciano en su caldera de tinte a temperatura insoportable. Las manos del anciano y el amo se buscan y entrelazan; la melodía del tema principal pasa del tono menor al tono mayor, algo ha sucedido. 

Su padre no puede entender que sacara a los obreros a tomar el sol y charlar. Solución: «A partir de mañana vendrás conmigo a misa, aunque tenga que arrastrarte como a un perro». Y lo cumple. En la misa de la mañana de Pascua acontece el milagro. Cuando la secuencia canta «scimus Christum surrexisse» (sabemos que Cristo resucitó), Francisco recibe la mirada personal del Cristo vivo. «Él vive y te quiere vivo!» (ChV 1). Le abre ojos a la gloria que le habita y resuena en la naturaleza. La secuencia termina en la ermita en ruinas, en diálogo de miradas que culmina, en primerísimo plano, con el rostro del Cristo de san Damián. 

Urgido por la exultante libertad que le invade, Francisco tira la casa por la ventana. Su padre le arrastra ante el obispo. Alterar el orden establecido supone una amenaza para la sociedad. «Un hombre como vos, o bien es un criminal, o…». «O alguien que busca la luz. Yo estaba en la oscuridad, pero el hermano sol iluminó mi alma, y ahora puedo ver con claridad… Quiero ser feliz». La Luz de Pascua es Verdad que libera a Francisco para la felicidad. «¡Oh luz gozosa de la santa gloria del Padre celeste inmortal! ¡Santo y feliz Jesucristo!», canta el Fôs hilarón, antiquísimo himno que acoge la liturgia bizantina armenia y etiópica. Francisco devuelve a su padre todo lo que le pertenece, incluido el nombre. «No hay más padres, no hay más hijos». Fratelli tutti. No es ilusión pasajera, lo mostrará nada más abandonar los muros protectores de la ciudad. 

Día a día, piedra a piedra, reconstruyendo san Damián, va trenzando búsqueda y crecimiento. Haz pocas cosas, pero hazlas bien, con calma; los comienzos son humildes, pero el grano de mostaza se convierte en árbol. La soledad que genera ser considerado leproso social es el clima que necesita el grano para convertirse en espiga. El Espíritu acostumbra a conducir al desierto para conformar a su pueblo, como hizo con Jesús. Es hora de un juicio de discernimiento. 

Algún crítico no entiende la magnífica secuencia final. ¿Toda la corte papal para recibir a un puñado de ermitaños harapientos? La poesía cinematográfica tiene estas cosas. La Iglesia universal vive permanentemente esta convocatoria. Ocho siglos largos dan fe de la nube de testigos que han encarnado el espíritu franciscano. He utilizado muchas veces esta secuencia para animar la búsqueda y el crecimiento en jóvenes y adultos, pero solo una joven alumna, Gabriela, descubrió al verdadero protagonista de la larga secuencia. De principio a fin, domina la escena un colosal y bello Pantocrátor, sereno trono de misericordia, que ayuda al papa a discernir quién encarna la verdad que nos hace libres.

Francisco, evangelio vivo, pobre, limpio de corazón, manso, misericordioso, perseguido por su hambre y sed de justicia, obrero de la paz y el bien, encarna la ley suprema de la felicidad que Jesús proclama, las bienaventuranzas. Cierra la película el «Gloria in excelsis» que entonaron los ángeles en el nacimiento de Jesús. «Yo he vuelto a nacer ahora» dice Francisco. Gloria significa algo de peso, algo bien establecido. La naturaleza «lleva noticia de su Autor». Cuando se establecieron sus fundamentos, Él estaba allí. La esperanza habita en lo profundo. Él es nuestra esperanza.