XVII domingo ciclo a: Una razón de vivir – Iñaki Otano

Quizá una de las primeras cosas que llame negativamente la atención en este texto evangélico sea eso de que, tras la separación de buenos y malos, los malos serán echados al horno encendido. A algunos puede traer las imágenes desafortunadas que a veces se han empleado para infundir miedo al infierno. Parecen chirriar con el mensaje de Jesús, que anuncia la buena noticia de un Dios incondicionalmente bueno con todos, en especial con los pecadores y con los más despreciados humanamente, que hace salir el sol y envía la lluvia para buenos y malos.

            Lo que aquí es el horno encendido y en otros lugares bíblicos se llama la “Gehena”, caracterizada por el fuego que no se apaga, no tiene por qué identificarse con la tortura inextinguible del infierno. Gehena era un valle cercano a Jerusalén donde se instaló el vertedero o “quemadero” de basuras de la ciudad, que ardía permanentemente. Refiriéndose a esta imagen, se pregunta Enrique Martínez Lozano: “¿Se habla del infierno o se trata de una preciosa imagen que invita a no ‘quemar’ la vida como si de basura se tratase?”. 

            Efectivamente, la vida no es basura que haya que desechar, Sin embargo, en los últimos cincuenta años la porcentual de suicidios ha aumentado en un 60%. Cada cuarenta segundos se comete un suicidio en el mundo. No se ve la vida como un tesoro que hay que buscar y cuidar sino como algo de lo que desembarazarse.

            La clave parece estar en encontrar una razón de vivir. El atormentado filósofo Friedrich Nietzsche (1844-1900), hijo y nieto de pastores protestantes, pero implacable desmitificador de todo lo religioso, reconocía que “quien tiene una razón por la que vivir, no tardará en encontrar el modo de existir”.

            La razón por la que vivir, el tesoro, es lo que propone Jesús. Tratar de asumir sus actitudes y de llegar a ser evangelio, con todas las limitaciones personales reconocidas y aceptadas sin angustia, nos produce algo fundamental en toda existencia humana: la esperanza. Y  la esperanza “consiste en afirmar que en el centro del ser, más allá de todos los datos y fracasos, más allá de todos los cálculos y todos los inventarios, hay un principio misterioso que es la salida hacia el horizonte” (Tomás Muro).

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.

El Reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Entendéis bien todo esto?”.

 Ellos le contestaron: “Sí”. Él les dijo: “Ya veis, un letrado que entiende del Reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo”.  (Mt 13, 44-52)