Voy camino de la luz – Fernando Negro

Fernando Negro

En la oscuridad del túnel de mi vida Grito a Ti, pues me han dicho

Que eres Luz sin ocaso. Grito intentando creer Que la luz del amor,

De la verdad y la unidad Me esperan en algún lugar,

Al otro lado de este corredor oscuro Que a veces parece eterno.

Ven , Señor Jesús, camina conmigo Como lámpara ardiendo dentro de mí.

Lo importante en la vida es buscar y encontrar la dirección hacia donde se dirigen nuestros pasos. El camino lo hacemos al andar, como dicen los versos de Antonio Machado. Un escritor moderno, Thomas Merton (1915-1968) escribió esta bella oración “sin protocolos”, que manifiesta la esencia de nuestra relación con Aquel que nos creó y nunca nos abandona, aunque nos veamos envueltos en las sombras de la noche:

“No sé hacia donde me dirijo. No veo el camino delante de mí.

No estoy seguro de dónde podrá terminar. Ni siquiera estoy seguro de quién soy;

Y el hecho de que yo crea que estoy siguiendo tu voluntad,

No significa que de hecho la esté cumpliendo. Pero creo que el deseo interior de agradarte, En verdad es algo que ya te agrada.

Confío en que este deseo está presente En todo lo que hago.

Espero no hacer nada contrario a este deseo. Y sé que si sigo este camino,

Tú siempre me guiarás por el camino verdadero, Aunque yo no me dé cuenta.

Por eso confiaré siempre en ti

Aunque me sienta perdido en las sombras de la muerte. No temeré, pues tú estás siempre conmigo,

Y sé que nunca permitirás

Que me enfrente solo a los peligros.”

Haber encontrado el sentido de la vida, es lo mismo que caminar hacia la luz. Buscamos la luz del conocimiento que nos lleve a la verdad, también buscamos la luz existencial que nos manifieste la identidad del ser real, buscamos la luz de los espacios y los tiempos, con sus diferentes accidentes a través de los sentidos, y así nuestra vida se convierte en una apasionante búsqueda.

No se trata de una búsqueda que nos des-centra, sino de aquella que nos “centra”, pues nos invita al viaje más largo, el viaje hacia adentro. Cuando era niño jugaba con mis amigos y amigas, especialmente en primavera, a un juego cargado de belleza y asombro. Consistía en cavar un agujero cóncavo con nuestras manitas y un palo. Limpiábamos los contornos y luego recogíamos flores de todos los colores y tamaños. Hecho esto, depositábamos los pétalos en el agujero al que llamábamos “tumba”. Luego cubríamos la boca de la tumba con un trozo de cristal limpio y transparente. Luego cubríamos el cristal con tierra. ¡Qué bonito cuando, poco a poco, íbamos quitando con nuestros dedos la tierra, e iba apareciendo en el fondo de nuestra tumba un bello panorama multicolor, sorprende e inédito! Nos sentíamos “creadores” ¡y lo éramos! Tanto me ha impactado este juego, que al recordarlo, me lleno del asombro de ese niño que todavía llevo dentro.

Esta hermosa imagen habla de la maravilla de la belleza y bondad que habita dentro de nosotros. Ambas realidades ya están ahí, esperando ser descubiertas en un proceso de desbroce de grandes o pequeñas escorias que nos impiden ver y contemplar. El día en que descubramos nuestra bondad y belleza, todo cambiará en nosotros y alrededor nuestro.

Tendríamos que acostumbrarnos a la interioridad como antídoto para recuperar la vida en plenitud. Que fuera como la experiencia del pez dentro del agua, que muere cuando sale de ella. Esa interioridad tendría que convertirse en el espejo donde queda reflejado el mundo exterior y todo lo que acontece en él.