Ver o no ver, esta es la cuestión: Domingo 26 C – Juan Carlos de la Riva

No se portaba mal don Epulón. No cuenta Jesús que insultase a Lázaro, ni que lo despreciase. Ni siquiera que le tuviera miedo. Sólo parece extraña una cosa: que ni lo viera cuantas veces pasase por ahí. Y mira que es difícil no mirar a quien te mira.

Porque Lázaro sí miraba, claro que miraba. Hasta su perrito miraba. Y los dos, amo y perrito llevaban en su mirada la propuesta de relación, de encuentro, aunque fuera paternalista y desigual, aunque fuera breve y como para salir del paso. Su fidelidad al puesto de mendicidad, tantos años mantenida, podría al menos haberle ayudado a entrar en familiaridad con este prestigioso vecino.  Pero no. Epulón no lo veía.

No, no es que hacía como que no lo veía. Eso pasaría quizá los primeros días. Después, con el paso del tiempo, simplemente no lo veía. Se había acostumbrado a ese paisaje diario con su pobre y su perro, y nada había en él que lo consiguiera sacar de su zona de confort. Todo estaba en su sitio.

Sensibilidad. Así se llama esta capacidad de los humanos de educar nuestros sentidos y dejar que la realidad nos entre, a través de ellos, y nos afecte.

Dicen los psicólogos que la sensibilidad es una de las zonas más automáticas de nuestro sentir y de nuestro acceder a la realidad. Podemos incorporar automatismos en nosotros para captar si una habitación está bien decorada, o una melodía está bien trabada. Quien educó su sensibilidad para la decoración, o para la música, capta todos los detalles, cada cosa es significativa y se produce un cierto nerviosismo cuando las cosas no son como tienen que ser. Es algo que no pasa por la racionalidad. Es más directo e inmediato. Me afecta o no, según esté o no educado o acostumbrado a algo.

Epulón había automatizado su falta de visión, su consideración hacia ese otro ser humano que le pide una y otra vez, aunque sea una sonrisa. Para él, las cosas están bien como están.

Y parecía tan creyente el Epulón. A su modo, claro, porque ya en el cielo, vio cómo era la cosa, e incluso intercedió para que los suyos recibieran una advertencia que les evitase su desgracia. La fe que tenía no le servía. Aquél Lázaro era solo un pobre. No era Lázaro el lugar donde Dios le llamaba. No era el Cristo al que debía servir. ¡Ay si le hubieran explicado antes esta teología básica, tan pegada a los sentidos!

Jesús sabe bien que quien bloqueó su sensibilidad, ni aunque un muerto se le aparezca, le hará capaz de afectarse. Gran psicólogo este Jesús, que conoce bien las debilidades humanas.

La tarea es afectarse, reeducarse. Desaprender la guerra, cantaba Luis Guitarra en una canción, denunciando que demos por normal y nuestra sensibilidad se acostumbre a los misiles y los tanques. Desaprendamos muchas cosas a las que nos hemos acostumbrado, y no vemos extrañas sino normales:

  • que África no salga casi nunca en el telediario, pero el Barsa siempre,
  • que llamemos extranjeros a los que son simplemente niños y niñas, o ilegales a las personas que nunca cometieron más delito que el de bienaventurarse,
  • que el norte siempre esté arriba en los mapas, que además están pintados con colores diferentes, y rallas que las selvas y los desiertos nunca conocieron
  • que pensemos que con tener democracia nosotros, ya está bien, porque basta con escucharnos a nosotros mismos,
  • que consumamos en cantidades que pondrían en peligro al planeta si todos lo hicieran,
  • que exijamos a los alimentos toda la garantía de calidad sanitaria o de otros tipos, pero no pidamos el label de calidad ética de su proceso de dignificación laboral.
  • que veamos normal que los sindicatos ayuden a los que ya tienen trabajo, y nunca a los que no lo tienen
  • que las mujeres cobren menos, manden menos, y mueran más,
  • y un largo etcétera…

Acostumbrar la sensibilidad es muy peligroso. Ya lo dice Jesús. Cuando uno se acostumbró, ni aunque le venga un muerto a avisar.

 

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (16,19-31):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día.
Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
«Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
«Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».

Palabra del Señor