Venga a nosotros tu reino – Iñaki Otano

Iñaki Otano

En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido”. Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: “Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS.

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le increpaba: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha faltado en nada”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Jesús le respondió: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”. (Luc 23, 35-43)

          Entre muecas, burlas e insultos, hay sobre todo en el ambiente un desafío permanente: si eres el rey de los judíos, si eres el Mesías, sálvate a ti mismo. En un tiempo en que el rey poseía un poder absoluto, este desafío ponía en ridículo la realeza de Jesús y su predicación sobre el reino de Dios.

          Por eso, en este clima de fracaso, destaca la reacción de uno de los malhechores, el que ha pasado a la historia como “el buen ladrón”. El otro lo insultaba porque quería usar a Jesús en beneficio propio: pedía un milagro a su favor y, al no obtenerlo, se unía al coro de los que le insultaban. En cambio, el buen ladrón en la cruz ha comprendido que el reino de Dios es otra cosa y ha pedido a Jesús participar de su reino.

          Jesús es rey porque salva: Hoy estarás conmigo en el paraíso. El reino de Jesús es muy diferente de un reino que signifique fuerza, riqueza y ostentación. Exigir que Dios venga con gestos extraordinarios de poder es ponerse en el lugar de los que se negaban a creer si no bajaba de la cruz para ser aplaudido triunfalmente.

La salvación que ofrece Jesús la experimentan aquellos que sienten necesidad de Él, pero desilusiona a los que pretenden que justifique las propias ambiciones y los propios egoísmos. Para comprender qué significa el reino de Dios y  que “Cristo es rey” hay que ponerse en la órbita del amor.

Alguien ha dicho que amar a una persona es decirle: “Tú no morirás”. O sea, pervivirás en mí, en mi memoria, en mi sentimiento. Eso es lo que dice Jesús al condenado a muerte: que el amor es más fuerte que la muerte, y que el reino de Dios, reino de amor, es más fuerte que el basado en la fuerza, la riqueza o el afán de poder. Saberse amado es más importante para el equilibrio y la felicidad humana que sentirse rico y poderoso.

Jesús nos ha enseñado a pedir a Dios en el Padre nuestro: Venga a nosotros tu reino. La llegada del reino debe mostrar que algo ha cambiado en esa línea del amor. Luis González-Carvajal comenta que “el estilo de una comunidad cristiana debe mostrar a los demás que ‘algo’ ha cambiado; que se ha inaugurado la praxis del Reino: fraternidad, espíritu de servicio, intimidad con Dios, etc. También debe mostrarlo lo que hacemos. Jesús explicó que el Reino comienza allí donde los enfermos son curados, los pecadores son perdonados y los pobres descubren su dignidad (Mt 11,5; 10,8). ¿Resulta fácil a nuestros contemporáneos experimentar que el Reino está entre nosotros?”.