VARIACIONES SOBRE LA MUERTE – Fernando Donaire Martín, OCD

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Fernando Donaire Martín, OCD

fernandonaire@gmail.com

La muerte ha ocupado, de una manera u otra, un lugar prominente en la historia del cine. Desde la presencia en el drama, en la comedia familiar o en la comedia negra, la muerte siempre ha sido una sombra que aparecía en los guiones y en las historias del celuloide. Como en todos los grandes temas, las perspectivas son muy distintas según la mirada de los creadores. El pasado otoño coincidieron en las salas tres películas españolas que tenían como eje principal la muerte, aunque contada desde diferente lugar. Me refiero a La habitación de al lado de Pedro Almodóvar, Los destellos de Pilar Palomero y Polvo serán de Carlos Marqués-Marcet.

Líneas paralelas y puntos de fuga

Las tres películas tienen como centro la muerte, pero mirada desde diferentes perspectivas. Almodóvar y Marcet se centran en la eutanasia como eje fundamental y motor de sus respectivas películas. Introducen ambas, por tanto, el debate acerca de la interrupción voluntaria de la vida como opción ante una enfermedad que devasta a la persona. Mientras que la de Pedro Almodóvar toma esa decisión como punto de partida, la cinta desarrolla después el lazo que une a sus dos protagonistas en el cuidado y acompañamiento de estos últimos días. La propuesta de Carlos Marqués-Marcet se introduce en unos derroteros más relacionados con la decisión del matrimonio protagonista y la comunicación con la familia. Y es la que se enfrenta cara a cara a ese momento final sin utilizar ningún tipo de elipsis. Mientras, en la película de Pilar Palomero, se nos cuenta el final de una enfermedad y los cuidados paliativos. Palomero hace hincapié en el cuidado de la familia en esos últimos momentos tal como lo hace Almodóvar con las dos protagonistas de su película. Estas dos cintas comparten igualmente que son adaptaciones de novelas o relatos literarios. En el caso de Pedro Almodóvar, de la novela de Sigrid Nunez, Cuál es tu tormento (Anagrama, 2021) y en el de Pilar Palomero en el relato de Eider Rodríguez, Un corazón demasiado grande (Radom House, 2019).

La muerte se envuelve en las tres películas de decisiones vitales, de desafíos éticos, de la presencia de la familia, del cuidado, de la lucidez y la locura ante la presencia de la muerte. La muerte corre paralelamente en las tres y pone punto final a cada una de las historias. Pero la sensación que deja en el espectador es muy distinta, o, por lo menos, es lo que sucedió en mi caso.

La habitación de al lado

El título de la película resume a la perfección la metáfora que sustenta la película. La puerta de esa habitación está abierta o cerrada dependiendo si hay vida o no dentro de ella, y, además, sugiere el sentido del cuidado y la cercanía de quien comparte lugar, espacio, seguridad. Sentirse arropado y cuidado, seguro y acompañado, porque hay alguien al lado que está pendiente. Y aunque no sentimos la presencia física, sentimos la presencia emocional de quien comparte la vida. Ingrid y Martha, interpretadas por Tilda Swinton y Julianne Moore, comparten aficiones, estilo de vida, visión del mundo, clase social, profesión liberal. Quizás ese mundo demasiado intelectual y de élite es lo que las une y a la vez lo que se tambalea cuando una de ellas le pide el favor a la otra. La decisión ética por tanto se desplaza al otro, a un lugar diferente. No es solo que elijamos una manera de morir, que en la cinta y en la mente de su creador se da por supuesta, sino que cargamos sobre el otro el peso de la decisión, y a partir de ahí entendemos la generosidad y el heroísmo. Habla Almodóvar de la «generosidad de los extraños», de la importancia de las personas que tenemos a nuestro lado. Y en ese sentido encontramos una historia de amistad bellísima, pero no dejamos de preguntarnos si el sacrifico que le pide Martha a Ingrid es justo ¿Hasta dónde tiene que llegar la amistad?

La cinta de Almodóvar, como casi todo su cine, desprende una belleza en la fotografía, la música, la planificación, la solvencia actoral del reparto que arropa esta historia que se enfrenta a la muerte y que escoge como leitmotiv una escena de la película póstuma de John Houston, Dublineses (Los muertos).

Polvo serán

¿Qué haríamos por alguien que amamos? Es la pregunta que plantea de fondo esta propuesta, la del sacrificio por amor es la que se hace la pareja protagonista, Flavio y Claudia, interpretados magistralmente por Alfredo Castro y Ángela Molina. Por otro lado, Polvo serán quizás sea la película más simbólica y diferente de las tres. Tuve la ocasión de verla en la presentación de la Seminci, en su sección oficial, y en aquel momento me causó una fuerte impresión, esa mezcla entre lo onírico, lo simbólico y lo más humano. Me acuerdo fundamentalmente de su parte final.

En la cinta, Claudia tiene un diagnóstico fatal que la vuelve loca. No quiere enfrentarse a esa situación. Huye del dolor y de la muerte como niño pequeño ante un contratiempo. La escena inicial del filme, que me parece todo un prodigio de planificación y desarrollo, nos plantea de golpe ese dilema. El que sufre, el que no quiere que sufra la persona amada, el que quiere terminar pronto el sufrimiento…

Las cosas están claras. Ella decide, él decide igualmente acompañar en el viaje. Pero aparecen los hijos de ambos ¿tienen algo qué decir?, ¿pueden opinar?, ¿cómo deben actuar? Y aunque se exponen los sentimientos, se manifiestan las diferencias, la suerte está echada desde el principio. La decisión está tomada. Serán polvo. Alea jacta est.

Los destellos

Pilar Palomero es una directora virtuosa, con tres películas redondas a sus espaldas. Esta es la tercera y la más cercana en su sencillez. Porque los destellos, esos rayos de luz que aparecen entre las sombras de vez en cuando, cuando la sombra y el sol se ponen de acuerdo. La historia de los destellos es una historia sencilla, cercana, de lo que normalmente ocurre cuando acompañamos la despedida o el final de alguien cercano. Cuida Palomero los mimbres de esos momentos sin aspavientos, con el tiempo necesario para captar lo más sutil. Porque si tuviera que definir el cine de Pilar Palomero sería la sutileza con la que retrata a los personajes y las situaciones en su cine. Es marca de la casa.

Aquí, todo el reparto brilla, y lo que me pregunto después de verla es por qué no recibieron más premios. Patricia López Arnaiz construye a una madre y pareja esquiva, inserta en un mundo que conocemos más si leemos el relato, y que en la película apenas está descrito con algunas pinceladas, que la mantienen en el misterio. La hija es el motor de la cinta, la que está pendiente en todo momento de la situación. Ella es el faro, y María Guerola lo hace con la sencillez de la joven que estamos viendo, que bien pudiera ser alguien de nuestra familia. Y después está el descomunal Antonio de la Torre que se hubiera merecido todos los premios este año en este papel secundario que apenas en cinco escenas ilumina toda la cinta.

Tengo que confesar que de todas las películas candidatas a los Goya, esta es la que más me gusta. Pero a veces la suerte de las películas es esquiva, como la vida, y en San Sebastián le pasó por delante la de Albert Serra, y en los Goya las propuestas más comerciales. Sin embargo, creo que, con el tiempo, será la que perdure en el imaginario del cinéfilo por su hondura y su sencillez. Puro cine, pura poesía.