Joseph Perich
Un pajarito que no sabía volar cayó del nido al suelo. Indefenso tiritaba de frío.
Una vaca, al darse cuenta de que se acercaba un zorro, para protegerle de una muerte segura, defecó maternalmente encima del pajarillo para ocultarlo y para que no muriera de frio. Éste sintió de nuevo el calor, se rehízo y, sacando la cabeza hacia arriba, gritaba: pío, pío, pío…
La vaca se largó y se acercó el zorro interesándose cariñosamente por el indefenso pajarito.
-“Te veo tan sucio y maloliente que voy a ponerte guapo” –le dijo el astuto zorro.
Éste empezó a lamer una y otra vez al pajarillo hasta dejarlo limpio. Seguidamente se lo zampó en un ¡plis-plas!
Reflexión.
Ingresado en un centro terapéutico, Èrik, lleva un mes desintoxicándose. Hoy se ha escapado del centro y su responsable ha llamado a los padres pidiéndoles que si se presenta de noche o de día no le abran la puerta. Es necesario que se encuentre entre las cuerdas, al límite, para que piense en volver al centro. No me ha sido, y no es la primera vez, que no me resulta fácil apoyar a unos padres a ser valientes, a no dejar que se les rompa el corazón ante el chantaje de la persona más querida.
Ya desde la niñez, el niño debería aprender que hay unos límites, unas líneas rojas. Ahora pienso en una abuela que con motivo del cumpleaños de su nieto le prepara, toda ilusionada, un regalito. Pero se estropea este momento alegre cuando el niño le reclama dinero y no regalos. Si lo consentimos para evitar problemas estaremos fomentando la personalidad de niño mimado, sin límites y por ello candidato a no encajar las contrariedades o los golpes bajos de la vida. Si lo ponemos a raya con argumentos estaremos forjando en él una madurez humana capaz de intuir que las espinas le pueden ayudar a ver «la belleza de las rosas».
Entre los adultos, aún nos cuesta más decirnos lo que no hacemos bien (también lo que hacemos bien) y, si lo hacemos, suele ser con agresividad o de malas maneras. Yendo al extremo, no es lo mismo que el médico te diga: «Tienes un cáncer y tres meses de vida» o que se siente con empatía a tu lado y te haga una valoración de tu proceso en términos de calidad de vida y ayuda para salir adelante, a pesar de los riesgos evidentes. El receptor de la crítica nota enseguida si se hace desde el rencor o desde una amistad solidaria.
Si «la vaca» del cuento me sugería lo que acabamos de decir, «el zorro» me hace pensar en los «trepas», aquellos que van por la vida haciendo la «pelota», «lamiendo», a toda persona que puede ser útil. Frecuentemente te las encuentras en la cúpula de casi todas las instituciones por más «sagradas» que sean. El Papa Francisco esto lo ha denunciado abiertamente, del mismo estamento eclesiástico.
En la merienda-piscolabis que hubo después de mi ordenación sacerdotal, en la plaza de la iglesia, donde un grupo de jóvenes me levantaron, como si fuera un torero, paseándome ante la admiración de todos. Pueden imaginarse la gracia que me hizo sabiendo que aquellos jóvenes eran los que al rector y a mí nos tenían entre ojos, ya que, antes de llegar nosotros, se habían hecho dueños de los salones parroquiales y ahora los poníamos en su lugar. Fue una lección para la vida: mejor fiarte de los amigos o enemigos que te digan las cosas por su nombre que de aquellos que te alagan, te adulan o te «laman». Y siempre será mejor que te rechacen por ser sincero y no que te acepten por ser un hipócrita.
Si alguien recibe grandes elogios que se apresure a preparar su funeral. ¡Por este camino que no me busquen!
Tras repasar mucho a los hipócritas fariseos, auténticos «zorros», Jesús se dirige con ternura a sus discípulos en estos términos: «No os hagáis llamar rabí porque solo uno es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos… El más grande entre vosotros, que sea vuestro servidor. El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado » (Mt 23, 8-12).







