¡Una sonrisa me salvó la vida! – Josep Perich

El piloto de la Segunda Guerra Mundial Antoine de Saint-Exupéry fue capturado y arrojado a una celda. Cuenta que, por las miradas despectivas y el trato duro que recibía de sus carceleros…estaba seguro de que me matarían. Me puse terriblemente nervioso. Revolví mis bolsillos para ver si algún cigarrillo había escapado al registro. Encontré uno. Pero no tenía fósforos, se los habían quedado. Le grité al carcelero: ¿Tiene fuego, por favor? Me miró, se encogió de hombros y se acercó para encenderme el cigarrillo. Sus ojos accidentalmente se cruzaron con los míos. En ese momento, sonreí. No sé por qué lo hice. Fue como si una chispa hubiera saltado la brecha entre nuestros dos corazones, nuestras dos almas humanas. Sé que él no quería, pero mi sonrisa atravesó los barrotes y generó otra sonrisa en sus labios. Me encendió el cigarrillo pero se quedó cerca, mirándome directamente a los ojos y sin dejar de sonreír. Seguí sonriéndole, consciente de él ahora como persona y no ya sólo como carcelero.

    -¿Tienes hijos?– preguntó.

    -Sí. (saqué mi billetera y busqué tembloroso las fotos de mi familia).

Él también sacó las fotos de sus hijos. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Dije que temía no volver a ver a mi familia. A él también se le llenaron los ojos de lágrimas. De pronto, sin decir una palabra, abrió la celda y en silencio salimos de la cárcel y, despacio y por calles laterales, salimos de la ciudad. Allí me liberó. Y sin decir una palabra, regresó a la ciudad.

  ¡Una sonrisa me salvó la vida!

 Hace un buen número de años que tuve la oportunidad de visitar por primera vez el centro psicopedagógico que las Hermanas Hospitalarias tienen en Caldes de Malavella (Girona). Sabía que me encontraría con personas muy discapacitadas intelectualmente y físicamente. Iba prevenido pero la realidad superó mis expectativas. A la salida me encontré al sacerdote Pedro que tenía por costumbre ir los viernes a pasar allí el día. Sin pensarlo me acerqué y le pregunté:

  • Pedro, yo no sabría como relacionarme con estas personas. Tú que llevas tantos años viniendo, cuéntame cómo lo haces.

Me esperaba una respuesta larga, propia de un experto. Pues no. Me responde, lisa y llanamente:

  • Sonrío y me sonríen. Me sonríen y sonrío.

No me atreví a hacerle más preguntas.

Cuando miramos un niño de meses se nos ilumina la cara con una sonrisa hermosa. ¿Por qué? Quizás vemos alguien sin las capas de maquillaje protector con las que nos revestimos al irnos haciendo mayores. La sonrisa de un niño nos resulta auténtica, sin engaño. Los adultos nos revestimos de una envoltura protectora: que nos vean de determinada manera, estatus social, currículum… Estas capas superficiales nos distancian y hacen difícil el poder entrar en contacto directo con los demás. Pero sólo en el fondo de todos está el yo original y auténtico. Estoy convencido, por experiencia propia, que, entre dos personas, cuando este fondo es reconocido, ya no se puede ser enemigo. Podremos pensar diferente, pero habrá un hilo de oro o una sintonía afectiva generadora de fraternidad. La envidia, el miedo o el odio quedan excluidos. Y el alma de niño que todos llevamos dentro sonríe con el anhelo de ser reconocida.

La sonrisa es la llave que abre la puerta del corazón de los demás, es el camino más corto entre dos personas. La sonrisa es el auténtico lenguaje entendido por todos, es contagiosa y genera sentimientos positivos en torno suyo.

«Lo que deseas conseguir, más fácilmente lo obtendrás con una sonrisa que con la punta de una espada» (William Shakespeare).

Después de la muerte de Jesús, aquel puñado de hombres y mujeres discípulos suyos se reencontraban clandestinamente una y otra vez para compartir los recuerdos de su maestro, la fracción del pan, orar y poner en común los bienes que tenían. Estoy convencido de que, a pesar del luto, la sonrisa que deberían reflejar sus rostros motivaba que la gente dijera: «Es que el vino se les habrá subido a la cabeza» (Hch 2,13).

La fuerza expansiva de aquellas vidas ha llegado hasta nosotros, y no por las «risas», pero sí por su «sonrisa», salida de un corazón luminoso.