UNA HISTORIA DE AMOR Y FE – Zoraida Sánchez

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Un joven «alejado», que ha preferido permanecer anónimo, nos explica su experiencia a partir de lo vivido en las cenas Alpha organizadas en Barcelona por la comunidad Adsis. Por su sinceridad y profundidad, nos parece un buen comienzo para este número de RPJ dedicado a los nuevos modos de acercar el Evangelio a los jóvenes, en este caso subrayándose el testimonio comunitario.

El hecho de ponerme a escribir ha sido una metáfora de lo que me ha ocurrido en el último año. Me he puesto delante del ordenador y al abrir el Word había una página en blanco y un espacio infinito para escribir. Sí, porque tened claro que lo que os voy a explicar hoy es solo la narración de un comienzo… Es cierto, no partíamos de cero. Hace años que hay más de treinta velas en mi pastel de cumpleaños y nunca antes había tenido la tentación de creer en nada y no porque en mi entorno no lo hubieran intentado. Hace ya tres años que un gran amigo me invitó a las cenas Alpha. Este tipo de cenas tienen un claro objetivo evangelizador… Pero no, en ellas no aprendí qué es lo que significa la resurrección de Jesús ni sentí nunca al Espíritu Santo… Lo siento, pero es la pura verdad. Pero lo que sí es cierto que podemos decir es que, en esas cenas, de alguna manera, empezó todo…

Allí tuve la suerte de conocer a una serie de personas que fueron fundamentales para que hoy esté aquí explicándoos esta historia. En fin, para los que no lo sepan, cuando acaban las cenas Alpha, como continuación, se creó un grupo en el que se trataban temas de interés por parte de un ponente y luego se debatía sobre la ponencia en grupo. Estos grupos, llamados Beta, tienen el mismo objetivo que las cenas Alpha, y tienen una dinámica mucho más relajada e invitan más a la profundización de las relaciones personales. Pero de nuevo he de deciros que no… que este grupo tampoco cumplió su cometido evangelizador conmigo. Más bien al contrario, porque a menudo en los debates encontraba opiniones de gente de Iglesia que hacían que, en lugar de acercarme más, me alejase, no solo de la Iglesia como institución, sino del camino de Jesús. Entonces… ¿Cómo he llegado a tener fe? Muy sencillo. A través del ejemplo vital de varios de los amigos que he ido haciendo en mi paso por Alpha y Beta. El verlos vivir su fe de una manera coherente me ha hecho entender lo que significaban las palabras Jesús y Dios. Recuerdo con especial cariño cuando le pregunté a un amigo que qué era para él Dios. Él me respondió que indudablemente Dios era amor. Amor puro. El amor más grande que existe. ¿Cómo no iba a seducirme ese mensaje? A partir de ese preciso instante empecé a experimentar, poco a poco, una serie de revelaciones que pusieron de manifiesto que, sin darme cuenta, ya creía en Dios, pero no me había dado ni cuenta.

Un día, por ejemplo, pensé que yo quería colaborar en las cenas Alpha, y sin ser creyente me planté en un curso de formación Alpha. Yo iba bastante a mi rollo, pero llegó un momento en el que hicimos un ejercicio de oración en grupo. Me tocó con dos amigas, y yo, que no tenía ni idea de qué significaba aquello de la oración me encontré inmerso en una experiencia que resultó ser emocionante y reveladora. Aquel día me di cuenta de la belleza y del poder de la oración, así que ni corto ni perezoso, decidí incluir la oración en mi vida personal. Cada día, al acostarme, dedicaba los últimos minutos del día para pedir por amigos y por personas que estaban pasando un mal trago. Fue muy curioso, pero estas personas comenzaron a mejorar y pensé: «Vaya, esto funciona…». Así que seguí orando… Y no dejaba de ser algo extraño, porque yo seguía considerándome a mí mismo agnóstico.

Un día le expliqué a una amiga creyente lo que hacía y esta me dijo que estaba bien lo que hacía y que, de buen seguro, Él me escuchaba y mis peticiones no quedaban en saco roto si las hacía de corazón y me invitó que profundizara en mis diálogos con el Jefe. Y así fue como empecé a mantener una relación con Jesús sin darme cuenta. Hablaba y le pedía, ya estuviera conduciendo, en el trabajo, antes de alguna cita importante… Hasta que sucedió… Un buen día, dejé de pedirle cosas concretas y comencé a darle las gracias por todo lo bueno que me sucedía. También comencé a pedirle perdón por las constantes cagadas que iba cometiendo por el camino, y lo más importante, cuando me sentí perdido, me puse en sus manos y le pedí que me guiara, que confiaba plenamente en Él y que cerraba los ojos para caminar por el camino que Él me marcara. Sí. Tenía Fe.

A lo mejor habrá alguien que se haya emocionado al leer este relato de conversión, pero lo que vino no fue precisamente agradable. Tenía un miedo enorme. Todos los esquemas mentales que tuve en mi vida se habían derrumbado solitos en cuestión de meses. Necesitaba hablar con alguien y contárselo y conté con la ayuda de un sacerdote amigo mío. Él me tranquilizó y me dijo que no me preocupara, que todo sucedería e iría avanzando en mi fe con naturalidad… Y aquí estoy, dándole gracias a Dios por poder estar hoy escribiendo delante de un ordenador la historia de este nuevo comienzo. ¡Gracias por leer!

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