Una experiencia de misión en Oaxaca, México – Mónica Jasive González Carballido

Mi nombre es Mónica Jasive González Carballido, tengo 16 años de edad, vivo en la ciudad de Oaxaca, México. Actualmente soy estudiante del Instituto Carlos Gracida, soy integrante del grupo juvenil LUX DEI del Movimiento Calasanz y también formo parte del grupo de misioneros de la parroquia de Nuestra Señora de Consolación y les hablaré un poco de mi experiencia en mi primera misión. Fue la primera de muchas en que he participado.

La misión que hacemos consisite en  ir a compartir la fe con quienes más necesitan, en zonas rurales muy pobres que abundan en nuestro país. Es un acercamiento al amor de Dios, y compartimos desde nuestro propio testimonio cómo cada uno de nosotros ha vivido el amor de Dios.

Vamos a comunidades lejanas en las cuales muchas veces es difícil que cuenten con sacerdotes o ministros para las celebraciones de la Semana Santa.

Esto de ir a misiones no era algo que me convenciera al 100%. A mí siempre me ha gustado ayudar a las demás personas, pero creía que sería lo mismo ayudar aquí que ayudar allá. Pero, como siempre, mis papás me impulsaron a vivir esa nueva experiencia.

Comencé a participar en las reuniones del grupo. Al principio no me sentía parte de él, ya que yo era mucho más pequeña que los demás, pero poco a poco me fui integrando y gustándome.

Iba contenta a todas las reuniones, pero todavía “no me caía el veinte” (en México significa “no me daba cuenta”) de que la Semana Santa ya se acercaba más. Algunas veces estuve a punto de hacer planes para las vacaciones, pero luego recordaba que ya tenía un compromiso.

El primer día de visiteo, cuando los misioneros vamos a todas las casas de la comunidad para hablar un poco de la Palabra de Dios, fue el que más me gustó. Al principio estaba muy nerviosa ya que era mi primer misión y no sabía bien que haría cuando llegara a la primera casa. Mientras íbamos en camino le pedí a Dios que pusiera las palabras en mi boca para que pudiera hablar con las familias que visitaríamos. Cuando llegamos a la primera casa, empecé a hablar y hablar, las palabras fluían como si llevara días practicándolo. Sabía que era Dios quien les estaba hablando por medio de mí.

En las tardes me tocaba participar en actividades con jóvenes. Al principio fue difícil porque las chicas eran muy tímidas. Traté de entenderlas y recuerdo que les dije que no tenía por qué sentirse así y que quería que ellas abrieran su corazón a Dios y pudieran sentirse tan vivas como yo me sentía.

Cuando ya estaba terminando la semana, se acercaron a nosotros muchos niños, quienes nos abrazaban, nos agradecían por haber estado en esa semana con ellos. Decían que irían a visitarnos a Oaxaca. Fue algo que me hizo sentir muy feliz.

Ir a misiones fue totalmente lo contrario a la perspectiva que tenía antes. Fue mucho mejor de lo que esperaba y entendí que Dios quería que yo estuviera ahí.

En esa Semana Santa aprendí a no depender de un aparato electrónico para divertirme. Aprendí a ser más feliz con lo que tengo porque así son los niños de esas comunidades: son felices teniendo aunque sea una botella, árboles y tierra para jugar.

Si dejáramos de materializarnos un poco, podríamos reflejar una mínima parte de la felicidad que reflejaba cada uno de esos niños porque así es Dios: se refleja en los más humildes.

Sin duda fue una semana de mucho cansancio, pero sobre todo de alegría y paz.

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