UNA ESPERANZA QUE NUNCA DEFRAUDA Descarga aquí el artículo en PDF
Jorge A. Sierra (La Salle)
DOCUMENTO DE REFLEXIÓN DE LA ESCUELA DE PASTORAL CON JÓVENES 2025
Es muy probable que dentro de algunas décadas se escriba una tesis doctoral sobre las «palabras que se ponen de moda» en nuestra sociedad de las primeras décadas del siglo XXI. A veces son expresiones que triunfan en un tiempo o espacio limitados, pero en ocasiones triunfan tanto que llegan a ser «palabras del año» o incluso a entrar en el diccionario, si son de nuevo cuño.
El peligro de estas «palabras de moda» es que se conviertan en «palabras plastilina», como afirman algunos pensadores. Es decir, en palabras que todo el mundo toca, manipula, moldea a su gusto y… al final, no tienen una forma clara, son «lo que cada uno quiera que sea» y hay un gran riesgo de manipulación o —incluso peor— de despojar a la palabra de cualquier significado profundo. Cuando eso ocurre, ya no hay nada que hacer.
En nuestro tiempo, donde todo parece que se mueve tan rápido (otra cosa sería valorar en qué dirección, si hacia delante o «p’atrás»), entran y salen constantemente «palabras plastilina». Un ejemplo claro es lo que algunos llaman happycracia: libros, cuadernos, taza, ropa, con mensajes motivadores que en muchas ocasiones están completamente vacíos o son un mero negocio. De hecho, ese «buenismo» es hasta peligroso: por supuesto que estás llamado/a a ser feliz, pero eso es diferente a «merecerte ser feliz» (y, de paso «darte un capricho»… de mi marca), porque fácilmente podemos caer en el error de pensar que cuando no somos felices (sobre todo de felicidad «piruleta» de peli de tarde los fines de semana), es porque no nos lo hemos merecido lo suficiente, no nos hemos esforzado lo necesario para que «todo conspire a nuestro favor» y, por lo tanto, al final «es culpa mía”. Curiosa inversión del mensaje «plastilina»…
Nuestra Escuela de Pastoral con Jóvenes quiere poner este año el reto de la esperanza en el centro de nuestra reflexión y trabajo. No es por ser originales: nuestro mundo está sediento de esperanza, de horizonte, de futuro. Es fácil caer en el pesimismo o en la superficialidad (las redes sociales no nos han ayudado en esto y hay intereses por detrás, pero las causas son más profundas). A veces, interacciones «nuevas» como las que se producen por internet nos tientan a caer en la envidia (¡algo nada extraño, viendo las «vidas fantásticas» de algunos influencers!), el desánimo (el mundo se va a acabar, «el ser humano es un virus para la Madre Tierra, es mejor desaparecer cuanto antes») o el juicio rápido (todo el mundo es imbécil, «el meteorito para cuándo»). La necesidad de esperanza es evidente incluso para los más agudos analistas de nuestra sociedad: por ejemplo, el filósofo bestseller Byung-Chul Han, conocido crítico de la sociedad neoliberal, ha publicado recientemente «su obra más original y evocadora»: El espíritu de la esperanza.
Es más, el papa Francisco ha convocado el nuevo Jubileo (que «tocaba», por el cuarto de siglo), con el lema de Peregrinos de la esperanza. Es sorprendente que se quiera volver a poner la esperanza en el centro de la reflexión y celebración entre los cristianos: ¡se supone que tenía que venir de serie! El mensaje cristiano, la vida de Jesús de Nazaret y la propia existencia de la Iglesia solo tienen sentido desde la esperanza, desde el «hay horizonte, hay futuro, hay mucho más».
Un escritor espiritual francés lo ha reflejado también en una breve obra muy sugerente que, desde el título, nos recuerda la centralidad de la esperanza. Se titula Ya están encendidas las luces de la fiesta y reflexiona a partir del texto evangélico de Mateo 22,1-14. Lo que más me llamó la atención fue el «ya», porque apunta directamente a la fuente de la esperanza para los creyentes en el Dios de Jesús: la fiesta YA ha empezado, no hace falta esperar más, YA estamos todos invitados… No porque lo «merezcamos», sino porque el anfitrión es así de generoso y paciente: ¡venga, que ya está todo preparado! Nos toca vestirnos de largo para ir a la fiesta, YA, que se enfría la comida…
Y esa fiesta… ¿cómo es? Os ofrecemos tres caminos de aproximación para estar preparados y dispuestos.
Un exceso esperanzado
El primer texto que os ofrecemos para reflexionar juntos es una parábola —de las difíciles— de Jesús:
«Uno de los invitados, al oír a Jesús, dijo: —¡Dichoso el que coma en el reino de Dios! Jesús le contestó: —Un hombre daba un gran banquete, al que invitó a muchos. Hacia la hora del banquete envió a su criado a decir a los invitados: “Venid, que ya está preparado”. Pero todos, uno tras otro, se fueron disculpando. El primero dijo: “He comprado un terreno y tengo que ir a examinarlo; te ruego me disculpes”. El segundo dijo: “He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos; te ruego me disculpes”. El tercero dijo: “Me acabo de casar y no puedo ir”. El criado volvió a informar a su amo. El amo de casa, irritado, dijo al criado: “Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a pobres, mancos, ciegos y cojos”. Regresó el criado y le dijo: “Señor, se ha hecho lo que ordenabas y todavía sobra sitio”. El amo dijo al criado: “Sal a los caminos y veredas y hazlos entrar hasta que se llene la casa. Pues os digo que ninguno de aquellos invitados probará mi banquete”» (Lc 14,14-24).
Es un texto «escatológico», que habla de los tiempos finales y es posible que nos resulte «complicado». En parte es por lo que dice la biblista española Dolores Aleixandre: tenemos las imágenes de la «vida eterna» muy contaminadas de «platonismo», y por eso hablamos de «visión beatífica» y de que estaremos eterna e incansablemente mirando a Dios. Eso hace que no nos demos cuenta de que una llamada a una fiesta que por definición tiene que ser en grupo, se deforman para privilegiar el individualismo, mientras que, cuando la Biblia habla de la vida definitiva junto a Dios, utiliza preferentemente la imagen de un banquete. No hay mayor sinsentido en un banquete que estar solo: su éxito consiste en ser muchos —y apretados— y disfrutando juntos de la buena comida, del buen vino y de la jovialidad y la alegría que surgen cuando se está en buena compañía:
«La Biblia emplea un lenguaje de convivialidad, de circularidad, de armonía fraterna, de saciedad. Y, como su promesa toma la imagen de un banquete, la condición imprescindible es tener hambre, es decir, tener despierto e insatisfecho el deseo. Los invitados a las bodas de aquella parábola de Jesús pusieron pretextos para no asistir, precisamente porque estaban satisfechos y saciados con otras cosas, y por eso se quedaron fuera, y la sala se llenó con la gente hambrienta que andaba tirada por los caminos (Mt 22,1-14)».
Es interesante la imagen del banquete porque implica —por definición— exceso. Es imposible que no sobre comida (que se lo digan a nuestras abuelas), no tanto «para quedar bien», sino por generosidad, tanto de «inversión de medios» (espacios, comida, bebida…) como de «inversión de tiempo a fondo perdido». De ambas inversiones podemos hablar desde la experiencia de la pastoral con jóvenes: es imprescindible dedicar enormes recursos y todo el tiempo posible, gratuitamente, para poder armar un proyecto pastoral. Y, desde luego, no se puede medir su eficacia por los resultados, solo podemos evaluar nuestras ofertas: ¿son excesivas, están «llenas de esperanza», o son más bien «siempre se ha hecho así» o «es lo que toca»?
La misión de la Iglesia, nos enseña la Biblia, es conducir a toda la humanidad a una fiesta gozosa, sin principio ni fin. «¡La Iglesia es un aburrimiento!» —pensamos muchos— pero, sin embargo, Dios nos invita constantemente a alegrarnos. Quizás la clave más evidente de la parábola es la de la inclusión alegre. Es una constante en la vida de Jesús: cuando participaba en las comidas (y debía hacerlo con mucha frecuencia, ya que lo llamaban con los «títulos cristológicos» de «comilón y borracho» (Mt 11,19) y, sobre todo, cuando compartía con los que normalmente no estaban invitados a banquetes, aquella mesa compartida se convertía en el símbolo del Reino con el que él soñaba y en la anticipación de la gran fiesta en la que «todo llanto será enjugado y todo luto cambiado en danza» (Is 25,6-9). Y, finalmente, otro elemento de ese banquete peculiar al que estamos invitados —y que rompe con toda lógica— es que, según la parábola de Lucas, es el dueño de la casa quien se ciñe el delantal y se pone a servir a sus propios sirvientes (Lc 12,35-38). No solo es generoso en la invitación, lo es también en el trabajo. Solo así puede ser un buen anfitrión.
Más aún: una invitación de este calibre implica ilusión y entusiasmo, tan excesivo que solo puede compartirse con los demás, con todos (realmente todos, todos, todos) porque el sentido del estilo cristiano de vivir la dinámica del Reino es crear comunidad llamada a servir, sin la tentación de rechazar la invitación constante del Dios anfitrión por pereza, por comodidad o por querer huir de las complicaciones.
El trabajo con jóvenes solo puede ser esperanzado
Ya decíamos al principio que no es fácil encontrar fuentes de esperanza en nuestro tiempo. Pero, aunque en palabras del sociólogo polaco Z. Bauman nuestra «postmodernidad es la modernidad menos sus ilusiones» (no, no hay coches voladores todavía en el siglo XXI), no podemos dejar de subrayar el sinsentido de un joven sin esperanza y, peor aún, el absurdo de un acompañante de jóvenes sin esperanza.
Pero no nos engañemos: es fácil caer en el desánimo, que es otro sinónimo de la falta de esperanza. Si nos fijamos en los resultados y los reducimos a números, podemos desanimarnos rápidamente. Si buscamos la inmediatez en la pastoral, será inevitable desesperanzarnos. Si añoramos supuestos «tiempos mejores» de fecundidad y grandes conquistas, nos dejaremos engañar por espejismos de algo que realmente nunca existió. Nunca ha sido fácil anunciar el Reino de Dios. Los propios evangelios —mucho antes de la invención del espóiler— ya nos anuncian desde el comienzo de que este camino pasa por la cruz… pero al mismo tiempo no se queda ahí.
El papa Francisco, en la convocatoria al Jubileo 2025, asume esta realidad: la vida se compone de alegrías y tristezas, de pruebas y dificultades, y en ocasiones la esperanza parece derrumbarse ante el sufrimiento. Por ello, siguiendo la reflexión de Pablo en la carta a los Romanos, el papa nos invita a la «constancia» (hermana gemela de la «paciencia») que, combinada con la esperanza, consiste en mantenerse firme en las pruebas, no desanimarse, perseverar, no tener prisa en una época en la que estamos acostumbrados a quererlo todo e inmediatamente. De este entrelazamiento de «esperanza» y «paciencia» surge la vida cristiana como «un camino», del que la peregrinación es un signo, «típico de quienes buscan el sentido de la vida». Es un viaje que requiere tiempos fuertes para alimentarse y fortalecerse, a fin de vislumbrar la meta: «el encuentro con el Señor Jesús».
Francisco razona cómo «en la era del internet, donde el espacio y el tiempo son suplantados por el “aquí y ahora”, la paciencia resulta extraña». Pero «si fuésemos capaces de contemplar la creación con asombro, comprenderíamos cuán esencial es la paciencia». ¿Cuánta paciencia han invertido en nosotros nuestros acompañantes y animadores de pastoral? La pastoral con jóvenes es una inversión a fondo perdido, porque nadie te garantiza los resultados. Y tampoco depende del propio esfuerzo: «la paciencia, que también es fruto del Espíritu Santo, mantiene viva la esperanza y la consolida como virtud y estilo de vida. La paciencia, que es hija de la esperanza y al mismo tiempo la sostiene».
Si antes nos resultaba sugerente la imagen del banquete, ahora lo puede ser la de la peregrinación. Si has tenido la suerte de hacer el Camino de Santiago o alguna otra peregrinación lo sabes: es posible que llegues al límite, que descubras en ti dimensiones desconocidas (y quizás alguna de ellas no te guste), que te encuentres indefenso o que, justo cuando más necesitado estás, otra persona necesite tus manos, tu fuerza, tu paciencia. Y, por ello, la alegría en el Monte do Gozo no solo viene de ver cerca el final del camino, también deriva de la certeza de que… ¡has sido capaz! Y, entonces, los momentos de tentación de tirar la toalla se desvanecen y todo cobra sentido.
El papa nos recuerda: «no es casual que la peregrinación exprese un elemento fundamental de todo acontecimiento jubilar», ya que «ponerse en camino es un gesto típico de quienes buscan el sentido de la vida. La peregrinación a pie favorece mucho el redescubrimiento del valor del silencio, del esfuerzo, de lo esencial». Tal vez las muchas «disminuciones» en la Iglesia de nuestro tiempo sean el aliciente necesario para recuperar lo esencial, lo irrenunciable: nuestra vida tiene sentido, tiene horizonte, mucho más amplio que las «luces cortas» del mero sobrevivir. Nos decía Cristina Inogés hace pocos años en la EPcJ: «vosotros, jóvenes, no os dejéis llamar “el futuro de la Iglesia”. ¡Sois el presente!».
Y este presente no está perdido. El escritor J. R. R. Tolkien, de profunda fe, ponía en boca del sabio Gandalf estas palabras, respuesta al comprensible desánimo del que ya lleva tiempo cargando con un gran peso y desearía que las cosas fueran más fáciles: «No podemos elegir los tiempos en los que nos toca vivir. Lo único que podemos hacer es decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha dado». Estamos —en palabras del papa Francisco— «llamados a redescubrir la esperanza en los signos de los tiempos que el Señor nos ofrece», poniendo «atención a todo lo bueno que hay en el mundo para no caer en la tentación de considerarnos superados por el mal y la violencia». Y para ello el mundo y la Iglesia necesitan aire fresco, fuerza y determinación. Necesitan a los jóvenes, imperfectos pero sinceros, inconstantes pero entusiastas, que hacen que todo merezca la pena.
Una esperanza que nunca defrauda
Todos estamos necesitados de esperanza y todos estamos llamados a llevar esperanza a los demás. El texto bíblico del que bebe la convocatoria del Jubileo 2025 es de la Carta a los romanos, quizás el texto paulino más cuidado y elaborado por el apóstol, que sabe que la comunidad de Roma, en medio de la persecución, necesita un subidón de esperanza:
«Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!» (Rom 5,1-5.10).
Pablo razona al estilo de los judíos de su tiempo, usando incluso un argumento «cuánto más», que nos vuelve a recordar el exceso que viene de Dios. Desde esa esperanza, el papa nos recuerda que «estamos llamados a ser signos tangibles de esperanza para tantos hermanos y hermanas que viven en condiciones de penuria». Lejanos y cercanos, conocidos y desconocidos, enfermos, presos, ancianos, migrantes, pobres… No hay esperanza cristiana sin compromiso, porque el YA se tiene que hacer realidad sin remilgos, especialmente para los que sienten con más dolor el vacío, la guerra, la violencia. Quizás cada uno de nosotros solo pueda influir en un entorno muy pequeño, pero aun así podemos ser agentes de cambio desde la esperanza cristiana: cuidado, acogida, ternura, escucha, manos dispuestas y generosas… Ningún ser humano puede ser indiferente a las necesidades de nuestro mundo, menos aún los que decimos querer seguir a Jesús.
Sin buenismos, no dejemos que nuestros sueños se derrumben. Jóvenes y acompañantes de jóvenes no podemos decepcionarnos: «en su entusiasmo se fundamenta el porvenir», dice el papa. Una comunidad cristiana, aunque sea pequeña y apenas un germen, se distingue porque está siempre dispuesta a defender el derecho de los más débiles. Nuestra pastoral puede ser un camino para que nos ayudemos unos a otros a que generosamente abramos de par en par nuestras puertas, para que a nadie le falte nunca la esperanza de una vida mejor.
Próximos al Jubileo que ha convocado el papa, se nos invita a ser signos de esperanza… de aquella esperanza que, como nos recuerda Francisco, nunca defrauda:
- «Signos de esperanza que quieren compartir con los demás una vida llena de entusiasmo».
- «Signos de esperanza entre los pobres, los enfermos, los ancianos… comprometidos en nuestra vocación creyente con el cuidado fraterno con quien más nos necesita».
- «Signos de esperanza, especialmente entre los jóvenes: por eso nos pide el papa que el Jubileo sea en la Iglesia una ocasión para estimularlos, para estar especialmente cercanos a ellos, que son la alegría y la esperanza de la Iglesia y del mundo».
La invitación a ser peregrinos de la esperanza es una llamada a «educar y sostener la mirada», más allá de ver todo lo que sale mal. Recordemos que siempre hace más ruido el árbol que cae que el bosque que crece. A través de nuestras vidas, pequeñas y sencillas, el mundo puede ir volviéndose mejor y nuestra Iglesia puede ser lo que está llamada a ser desde el principio: un espacio de comunión… y esperanza.
Como María, que supo bien cómo dejarse encarnar con la esperanza, confiamos en el corazón generoso de los jóvenes, creyentes o no y en el Dios que no defrauda. Así nos anima a vivir la «oración del Jubileo» del papa Francisco:
Padre que estás en el cielo,
la fe que nos has donado en tu Hijo Jesucristo, nuestro hermano,
y la llama de caridad infundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo,
despierten en nosotros la bienaventurada esperanza en la venida de tu Reino.
Tu gracia nos transforme en dedicados cultivadores de las semillas del Evangelio
que fermenten la humanidad y el cosmos,
en espera confiada de los cielos nuevos y de la tierra nueva,
cuando vencidas las fuerzas del mal,
se manifestará para siempre tu gloria.
La gracia del Jubileo reavive en nosotros, Peregrinos de Esperanza,
el anhelo de los bienes celestiales y derrame en el mundo entero
la alegría y la paz de nuestro Redentor.
A ti, Dios bendito eternamente, sea la alabanza y la gloria por los siglos.
Amén.







