UNA ESPERANZA QUE SOSTIENE Y QUE MUEVE LOS CORAZONES aquí el artículo en PDF
Iñigo García
Comienzo estas líneas recordándonos que celebramos el Año del Jubileo 2025, proclamado por el papa Francisco, dedicado a la esperanza, con el lema Peregrinos de la esperanza. Este puede ser un tiempo de encuentro, reconciliación y esperanza. ¿De qué esperanza hablamos?
Una primera mirada a las acepciones de la esperanza nos revela que puede ser descrita como:
- Estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos.
- Valor medio de una variable aleatoria o de una distribución de probabilidad.
- En la doctrina cristiana, virtud teologal por la que se espera que Dios dé los bienes que ha prometido.
- Tiempo medio que le queda por vivir a un individuo de una población biológica determinada.
- Esperar que se conseguirá lo deseado o pretendido.
La esperanza, como punto de encuentro, es un anhelo que mueve y sostiene al ser humano. El verbo raíz hebreo qa·wáh, del que proceden varios términos que se traducen «esperanza», tiene el significado primordial de «esperar con anhelo». Mientras que el sentido del término griego el·pís (esperanza) se refiere a «expectativa de bien».
La esperanza está siempre presente en todas las culturas y en todas las épocas, y su significado se adhiere, moldeándose, al pensamiento y a la cultura de los diferentes pueblos, en el tiempo y en las latitudes.
Según el teólogo André Dumas, esperar significa, etimológica y vitalmente, «respirar». Pero es también la palabra más peligrosa, porque cesar de esperar es realmente «ahogarse». Nuestra esperanza, como cristianos, no fluye de la desesperanza; no es porque el presente está vacío que esperamos un nuevo futuro. Más bien, esperamos ese futuro por lo que Dios ya ha hecho y por lo que ha prometido que hará. Dar razón de la esperanza es una manera de vivir la vida cristiana. ¿Qué respiramos, qué nos sostiene, cuál es nuestra esperanza? ¿De qué manera somos portavoces de la esperanza (de la Buena Noticia)?
La relación entre creer y esperar es muy estrecha. No se trata de dos actitudes separadas, sino de una sola; se trata de una fe que espera y de una esperanza que cree. La fe se vive como esperanza, la esperanza es confianza ilimitada.
La esperanza cristiana no es espera pasiva del futuro, ni resignación conformista, ni tampoco se reduce a un ingenuo optimismo. Nuestra esperanza brota de la confianza que ponemos en Dios que nos ha amado en Cristo-Jesús, con la cual afrontamos la realidad serenamente, sin dejar que el peso de las dificultades nos aplaste e intentando cambiar lo que se puede cambiar.
Nuestra esperanza se sostiene con la certeza que «si Dios está por nosotros, ¿quién podrá estar contra nosotros?» (Romanos 8,31) y de que «ni lo presente, ni lo futuro… ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús» (Romanos 8,39). ¿Qué nos separará del amor de Dios, de nuestra esperanza en Él?
En el mito de Pandora, todos los infortunios salen de su caja abierta para golpear a la humanidad. En el fondo solo queda la esperanza, pero contiene algo oscuro. El significado de la palabra griega ἐλπίς (Elpis) es doble. Elpis es la expectativa del futuro y al mismo tiempo el miedo a que siempre sea incierto. Es una promesa que tal vez nunca se haga realidad. De hecho, uno no puede escapar de lo que Zeus quiere. «¿Qué es la esperanza?», se rumorea que se le preguntó a Aristóteles. «La esperanza es el sueño de una persona despierta», habría respondido.
Para el escritor y poeta francés Charles Peguy en su obra El pórtico del misterio de la segunda virtud (1911), un poema al que se refiere el oapa Francisco cuando habla del rasgo característico de la esperanza, señala que es una niña que mira al futuro, que sorprende a Dios mismo con su irreductibilidad y que habla en primera persona: «La fe que más amo, dice Dios, es la esperanza. Lo que me sorprende… es la esperanza. Y no sé cómo darme una razón para ello. Esta pequeña esperanza que parece una pequeña cosa de nada. Esta pequeña niña espera. La pequeña esperanza avanza entre las dos hermanas mayores (la fe y la caridad) y nadie la mira. La esperanza avanza entre las dos hermanas mayores cogidas de la mano, pero en realidad es ella quien las dirige»”.
Esperar es tener capacidad para ver, aun cuando nuestros ojos no vean. Es recuperar nuestra capacidad de soñar un mundo mejor para todos, es cuestionar las estructuras y las ideologías inhumanas que hacen infelices a las personas y colaborar activamente para que nazca un mundo nuevo y liberado. La esperanza comienza donde termina el optimismo. Una persona llega a ser adulto cuando ya no se hace ilusiones en la vida, pero mantiene con vitalidad la esperanza.
A la esperanza, a veces le gastamos una mala jugada. La proyectamos hacia el más allá: el cielo, la vida eterna. Ciertamente, participar de la «vida eterna» pertenece a la esperanza cristiana, es la meta final. hacia la que miramos. Pero la esperanza comienza a actuar «aquí», en la tierra, para que se vaya haciendo presente el sueño de Dios, el plan de Dios: que sus hijos e hijas vivamos como hijos y hermanos. La esperanza, afirma el papa Francisco, hace que uno entre en la oscuridad de un futuro incierto para caminar en la luz.
Hoy, más que nunca, se nos vuelve urgente poner la mirada en los signos que apuntan motivos para la esperanza, incombustible, eterna, definitiva. Porque, aunque no llenarán titulares, hay también motivos para la fe y la confianza en el ser humano, en Dios que alienta en nuestro interior, y en una historia que ojalá nos conduzca hacia cotas mucho mayores de humanidad y ternura aquí, y a la plenitud allá.
«A cada dosis de odio tenemos que responder con un corazón humano. A cada palabra hiriente, con una declaración de perdón. A cada golpe, con la negación a entrar en la espiral de la violencia. A cada salvajada, con un acto de fe en las personas. A cada frase de escepticismo ante el ser humano y Dios, con el riesgo de creer. Y al creer, quizás, veremos» (Rodríguez Olaizola, SJ).
Necesitamos recuperar la conciencia de la fraternidad y vivir este tiempo desde la corresponsabilidad, la aceptación de las diferencias, salir de las propias seguridades, cultivar la amabilidad. Podemos recuperar «la sabiduría en nuestra vida» a través de un ejercicio que pasa por «recuperar perspectivas de lo que es importante y accesorio en la vida». En esta línea, podemos aprender a conjugar la gratitud, aprender nuestros límites y reconocer nuestra propia fragilidad.
Los límites no son malos, sino que funcionan como coordenadas vitales para nosotros, frente a las campañas publicitarias que «venden» cómo todo se puede cumplir solo con desearlo. Hay que moverse de forma equilibrada entre la aceptación de esas limitaciones y el esfuerzo para ensancharlas. Imaginemos un futuro posible, no de ensoñación.
Hoy más que nunca, necesitamos recuperar la esperanza como un acto de rebeldía lúcida y de amor comprometido. Creer en la fraternidad no es una evasión ingenua, sino una elección consciente: elegir ver al otro como hermano y no como amenaza, elegir tender la mano en vez de levantar muros. La esperanza que brota del Evangelio se convierte en una cultura viva que se encarna en gestos concretos, en palabras que sanan, en comunidades que abrazan. Es la certeza de que, incluso en medio de las noches más oscuras, hay luces que no se apagan porque arden en lo profundo del alma humana y en el corazón de Dios.
Construir una cultura de fraternidad —como nos propone el papa Francisco en Fratelli Tutti— no es tarea de héroes solitarios, sino camino compartido. Significa atrevernos a vivir con los ojos bien abiertos, a no rendirnos al cinismo, a dejarnos afectar por el sufrimiento de los demás. Es aprender a mirar con ternura, actuar con justicia y creer con radical confianza que la humanidad está llamada a más. A más compasión. A más encuentro. A más dignidad. La esperanza, en este sentido, no es un refugio: es una fuerza que transforma.
Por eso, a ti que acompañas, que sueñas, que caminas con otros… no apagues esa pequeña llama que llevas dentro. Aviva la esperanza con tu alegría, con tu esfuerzo, con tus caídas y tus resurrecciones. Sé testigo de que otra forma de vivir es posible. Porque cuando creemos que somos hermanos y hermanas, cuando decidimos cuidar los unos de los otros, cuando nos atrevemos a amar sin fronteras… entonces, sí: el Reino de Dios, tiempo de fraternidad, ya está brotando entre nosotros. Y eso, esa certeza encarnada, lo cambia todo.







