Un columpio en el desierto – MªAngeles López

El voluntariado en países del sur es sin duda una de las experiencias más transformadoras y generadoras de procesos interiores en los jóvenes adultos que tienen la oportunidad de hacerlo. Nuestras diócesis y congregaciones están ofreciendo a muchos jóvenes esta oportunidad de confrontar su vida con los más desfavorecidos por el sistema, ese capitalismo asesino del que varias veces nos ha advertido contundentemente nuestro papa Francisco.
Maria Ángeles ha viajado mucho por esos mundos de necesidades y esperanzas: su trabajo de periodista le ha hecho vivir y beber de muchas experiencias, y esa sabiduría es la que nos quiere contagiar con esta especia de balance personal de lo vivido.
La idea le surgió por su labor como jurado de los premios que todos los años entrega Manos Unidas, gracias al cual ha leído muchas redacciones de niños y jóvenes de Primaria y Secundaria de toda España, textos que destilan una gran sensibilidad hacia el dolor ajeno, pero que, erróneamente, identifican la ayuda la cooperación o el voluntariado con algún tipo de aventura, o que caen el maniqueísmo pobre-rico, feliz-infeliz, asociado a conceptos de Primer y Tercer Mundo. En definitiva, el libro trata de aclarar una serie de estereotipos, paradojas y contradicciones, y apuesta por la utopía: “Soñar es a veces la única solución realista. (…). Como afirma Galeano, para eso sirve la utopía: para caminar. Y de eso va este libro”.
Mª Ángeles López Romero (Sevilla, 1970) es licenciada en Ciencias de la Información, por la Universidad Complutense de Madrid. Desde 1996 es redactora jefe de la revista 21, la cual ha sido galardonada en 2004 y 2009 con sendos Premios de Prensa Manos Unidas por reportajes sobre sus viajes a Brasil y la India. Como escritora ha publicado los libros Papás blandiblup. Retrato de las dudas y debilidades de los padres de hoy (2009), Morir nos sienta fatal. Diálogos a vida y muerte (2011y Mamá, ¿Dios es verde? Cómo responder a los niños con palabras de hoy” (2013). En PPC ha publicado Adiós al “Jesusitodemivida”. A vueltas con la transmisión de la fe (2014).
En el desierto de Judea, junto a la carretera que va de Jerusalén a Jericó, viven los beduinos, un pueblo refugiado, vulnerable y humillado donde no se pueden construir escuelas ni clínicas, ni llevar luz ni agua. En medio de un abanico infinito de carencias y atropellos, una comunidad discutía un día con la misionera Alicia Vacas, reclamando columpios para que jugaran los niños. “¿Con qué cara -cuestionaba ella- les decimos nosotros a nuestros bienhechores que nos vamos a gastar el dinero en unos columpios que no sabemos si van a estar aquí el mes que viene?”. El jefe de la comunidad respondió con una frase del profeta Mahoma: “Si llega el día del juicio y te pilla con una simiente en la mano, plántala”.
La anécdota la cuenta Mª Ángeles López Romero en su nuevo libro en PPC, ‘Un columpio en el desierto’, y además de dar título a la obra, “ejemplifica como pocas la importancia, ¡la necesidad! -asegura ella-, de seguir aspirando a lo mejor. De seguir soñando con un mañana donde exista el juego y suenen las risas de los niños, aunque se pase hambre y falten médicos”.
Recoges en este libro experiencias de toda una vida ¿Qué hay en la base de querer contar todo esto? ¿por qué ahora?
Efectivamente, “Un columpio en el desierto” recoge experiencias, testimonios y vivencias recopilados a lo largo de más de veinte años de ejercicio de la profesión periodística en torno a los países en vías de desarrollo, la cooperación internacional y la ayuda al desarrollo. La mayor parte de esas historias las he ido contando por medio de reportajes y entrevistas en la revista 21 u otros medios de comunicación con los que he podido colaborar en este tiempo. Pero en ellos, por exigencias del periodismo, quedaban a un lado mis percepciones y sentimientos personales, el poso que cada una de esas historias había ido dejando en mi vida. El formato libro me ha permitido recuperar muchos detalles no contados hasta ahora y, sobre todo, muchas emociones, lecciones aprendidas (a veces tremendamente paradójicas), preguntas sin respuesta y agradecimientos por dar. Porque al recuperar las notas que tomé en su día sobre los paisajes humanos y las vidas con las que me he cruzado en lugares tan alejados como Kenia, India, Marruecos o Brasil he comprendido que cada uno de ellos me transformó de algún modo, condicionó mi manera de ejercer el periodismo, el lugar desde el que observar la realidad, alzar la voz o dar voz a los sin voz; el modo mismo de conducirme en la vida como ciudadana, como mujer, como madre, como creyente… Mirar a los ojos a quienes son protagonistas reales de cada una de las historias de pobreza, indignación, superación o solidaridad que he tenido el privilegio de contar te marca para siempre. Tras veinte años al frente de la redacción de la revista 21 era hora de compartirlo sin cortapisas de espacio ni ataduras estilísticas.
Hablas de un optimismo razonable, y de enseñar a soñar… A menudo pienso que la crisis no está en los jóvenes sino en algunos animadores que dejan de serlo cuando pierden ese optimismo y esa capacidad de hacer soñar. Desde la perspectiva que te da Revista21: ¿está nuestra iglesia española haciendo bien esa tarea de provocar sueños de cambio?
Claro que hay personas y colectivos dentro de la Iglesia que están provocando sueños de cambio, pero es cierto que, a nivel institucional, durante demasiado tiempo la Iglesia en general y la española muy en particular se ha comportado como profeta de calamidades, en lugar de ser portadora de esperanza y alegría, señas de identidad imprescindibles del ser cristiano. Se ha preocupado mucho más por conservar y proteger la institución de los supuestos ataques de la sociedad laica que por testimoniar y transparentar al Dios del Amor con la audacia y la libertad que nos muestra Jesús en su evangelio. Y ha acallado a las voces proféticas por miedo a la heterodoxia. El dogma, la doctrina, la norma se han impuesto a la vida, la misericordia, la compasión. Pero yo prefiero quedarme con quienes, siguiendo la estela del papa Francisco, dejan de lado los discursos y catecismos, para lanzarse al mundo dispuestos a abrazar a quien lo necesite, a contagiar la alegría del evangelio, trabajar por la justicia y dar esperanza a los que la han perdido. Tenemos que enseñar a nuestros jóvenes a soñar en otro mundo posible, construido a la medida de Dios, conforme a los “planos” y las pistas que nos ha dejado Jesús. Tenemos que animarles a creer que el sueño del reinado de Dios en la tierra es realizable; y a que se comprometan a ponerlo en pie aquí y ahora. Y tenemos que enseñarles con nuestro propio ejemplo. Muchos, creyentes y no creyentes, ya están poniendo su granito de arena en ese proceso de cambio guiado por la justicia. Y esas aportaciones, de las que yo recojo unos cuantos casos en el libro, deben volvernos optimistas frente al futuro. La humanidad progresa, aunque a veces no lo parezca. Impliquémonos como creyentes en ese cambio necesario que haga de este planeta un hogar cálido y propicio para que fructifiquen en él la justicia, la paz, la libertad, la fraternidad.
¿Cuál de los muchos nombres de estos encuentros que has vivido destacarías especialmente, queriendo ser su altavoz para los evangelizadores españoles entre los jóvenes? ¿qué mensaje nos trae a los jóvenes?
Cuesta elegir uno porque son muchas las personas que viven el evangelio de la manera más valiente, encarnada y entregada posible. Misioneros y misioneras, religiosos y laicos, que se entregan de una manera natural, sin pretender ser héroes, pero ejerciendo de profetas que ponen su vida al servicio de los que más lo necesitan, sean mujeres maltratadas, niños explotados, pueblos oprimidos. Me vienen a la mente nombres como los de Victoria Braquehais, Alicia Vacas, Pedro Opeka, Primitiva Vela, Rosalvino Morán, Carlos Arriola o Nieves Crespo. Pero si tengo que quedarme con uno quizás elija a Luzia da Luz, una mujer embarazada, madre de cinco hijos, que vivía en una chabola a las afueras de Río de Janeiro. Cuando la visité en su infravivienda una tromba de agua había arrasado casi todo a su paso, dejando en pie a duras penas los cuatro tablones que les servían de hogar, como una isla en medio del fango. Pero ella era en realidad la isla. Una isla de luz, de hospitalidad, de esperanza, porque Luzia, tras enseñarme con orgullo los sencillos cuadernos en los que estaba aprendiendo a leer y a escribir, me pidió disculpas por no poder ofrecerme ni siquiera un vaso de agua. Y con una sonrisa franca y cargada de belleza me dio las gracias por acudir a visitarla en su casa. Aquella mujer me pareció la viva encarnación de la esperanza. Por eso, cuando nos fundimos en un abrazo empapado en lágrimas, sentí que era a Dios mismo a quien abrazaba. Sentí que Dios me estaba abrazando a mí en Luzia. Y que el mundo podía salvarse gracias a gente como ella. Jóvenes y no tan jóvenes necesitamos mirar a los ojos a personas como Luzia, compartir sus lágrimas y su sonrisa, comprender dónde reside verdaderamente la esperanza y el poder incalculable del amor. Ellos son evangelio hecho carne, que convierte, que humaniza el corazón.

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