Un catalejo de papel – Fernando Donaire

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UN CATALEJO DE PAPEL

Fernando Donaire, OCD

@fdonaire72

Me ha hecho pensar mucho la última película de Fernando Trueba, tanto que me gustaría volver a encontrarme con él como hace unos años en Úbeda cuando vino con Resines a presentar La reina de España. Entonces pude disfrutar de su palabra y su sabiduría y del vuelco de la conversación cuando descubrió que era cura. Resines, que creo que es uno de los actores españoles que más ha hecho de cura en sus películas, soltó como si recuperara el rol de Los Serrano: «¡No me jodas!».

En fin, me divierto, como diría santa Teresa cuando se desviaba del asunto. Y volviendo a retomar El olvido que seremos descubrí que la mirada es tan importante para la vida que no podemos pasarnos todo el tiempo evitando tener una perspectiva propia de las cosas. Mirar significa prestar atención, enfocar, atender, fijar. Y si la mirada se une al recuerdo nos damos cuenta de que la vida se resume en el lento y acompasado tiempo de mirar y recordar lo mirado. Por eso es tan importante elegir lo que se mira y no pervertir nuestros ojos con la violencia constante y la multiplicidad de estímulos que nos ofrece la sociedad de hoy.

La película que traigo a colación como excusa para esta nueva invitación a descalzarse se sustenta sobre la mirada de un niño que admira a su padre. Y esa admiración le lleva a mirar el mundo desde una perspectiva única donde va aprendiendo de su sabiduría y su bondad y a la vez tiene que luchar con el precio del crecimiento que siempre se mide con las pérdidas y los desengaños. Sin embargo, el gesto que le hace el padre al hijo en el acto de homenaje con el que comienza a activarse el recuerdo, nos hace caer en la cuenta a nosotros de lo importante que es la complicidad en una relación, de cómo las miradas se vuelven a unir a pesar de la distancia y los años. Porque la admiración no ha decaído, porque el amor, a pesar de todos los trámites, sigue siendo la argamasa de la relación.

A veces solo nos falta ese gesto cómplice para que comience la fiesta, para que el milagro vuelva a suceder. Y en el camino de la interioridad hay que jugar con esa mirada, ponerla en marcha, acostumbrarla a la presencia de un Dios que sale al encuentro. No podemos quedarnos como los discípulos, mirando al cielo, cuando Jesús volvía a la derecha del Padre. Menos mal que alguien cayó en la cuenta de que esa mirada había que redirigirla, orientarla a una nueva situación. Como decía san Juan de la Cruz, «el mirar de Dios es amar». Pues ahí nos vemos ajustando nuestra mirada al amor, mirándole a Él, aunque solo sea por el orificio de un catalejo de papel construido con una vieja revista enrollada.

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