TRADICIONES BÍBLICAS SOBRE LA CREACIÓN – Alberto Prieto

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En una cena-coloquio celebrada en Bilbao hace unos meses con Imanol Zubero, nos hablaba del trabajo de dos intelectuales ingleses, Robert y Edward Skidelsky, padre economista e hijo filósofo, que planteaban como una cuestión clave para nuestro futuro social que reconociéramos (al menos en las sociedades del Primer Mundo) «que ya tenemos suficiente». Para hacer posible este reconocimiento, y vivir desde él, apuntaban a la importancia de la motivación que aportan las tradiciones religiosas.

En la misma línea, señala Francisco en la encíclica Laudato si (LS): «Las convicciones de la fe ofrecen a los cristianos, y en parte también a otros creyentes, grandes motivaciones para el cuidado de la naturaleza y de los hermanos y hermanas más frágiles» (LS 64).

Parece claro que para hacer posible el cambio (la conversión ecológica) tenemos que unificar corazón, cabeza y manos. En esa unión, en esa religación, la experiencia de Dios manifestada en nuestras narraciones sobre la creación, correctamente interpretadas, nos encaminan en la buena dirección.

En este artículo nos acercamos (de forma bastante limitada) a las tradiciones bíblicas sobre la creación y subrayamos algunas de las ideas base que se deducen de ellas.

Algunos hitos del Antiguo Testamento en relación a la creación

La tradición cristiana se inserta en la tradición del pueblo de Israel reflejada en la Biblia. El cristianismo es heredero de la visión lineal de la historia que es característica del pueblo judío. Este, desde la experiencia de un Dios que se hace presente en su historia, rompe con la visión más tradicional y «natural» de una historia cíclica. A diferencia de otras religiones, Israel no descubre primeramente a Dios en la naturaleza, sino en la historia. Según los exegetas, uno de los credos más antiguos de Israel sería Dt 26,5-9. A través de los acontecimientos que en él se describen, Israel capta la presencia de un Dios que cuida de él y lo guía.

La creencia de Dios como creador se va asentando progresivamente en Israel

Es destacable que ese primer credo no hace referencia a Dios como creador del Universo. Esta creencia se va asentando progresivamente en Israel como consecuencia de las intervenciones de Dios en su historia. Se da el salto de una fe en el Dios de un pequeño clan a la confesión de Yahvé como creador del mundo. En este proceso podemos identificar algunos hitos:

  • Dios domina los fenómenos de la naturaleza (Jos 10,5-13; Jue 4-5; Éx 15,1-8).
  • El carácter celeste de Yahvé le confiere una potestad incondicionada y universal, no se limita a un territorio localizado ni a una exhibición particular. De aquí surge la pregunta: si Yahvé reina sobre todo, ¿no será porque lo ha hecho todo?
  • Con los profetas (Jeremías el primero) ya tenemos testimonios explícitos de Yahvé como creador. La fe en la creación se desarrolla en momentos de dificultad para Israel. Yahvé volverá a salvar al pueblo, lo recreará, porque es el creador del cielo y de la tierra. Igualmente, siglos después, y ante la persecución, en el libro de los Macabeos se presenta la creación como motivo de esperanza y como argumento a favor de la fidelidad de Dios a su alianza.
  • Muchos exegetas consideran que Génesis 1-11 (escrito tardíamente) sirve de prólogo a la historia de Abraham, primer personaje propiamente histórico de la Biblia. De esta manera se inserta la historia de Israel en la historia de todo lo que existe, y se expresa la fe en Dios Señor de todo el Universo. En resumen, de la experiencia del Dios de la Alianza se derivaría la de Dios Creador. Este descubrimiento favorecerá el desarrollo de la visión universalista en Israel.
  • La estrecha unión entre la revelación de la creación y la revelación de la alianza se aprecia en el relato yahvista de la formación del ser humano y del paraíso (Gén 2,4b-25). La creación manifiesta la alianza de Dios con la humanidad. La creación responde al designio de Dios y está orientada hacia la alianza. Las personas estamos habitadas por su mismo espíritu. El fin de la creación es que las personas seamos felices junto a Dios.
  • Los Salmos son la parte de la Biblia donde más se habla de Dios como creador. En muchos de ellos se expresan sentimientos de alabanza, de confianza, de gratitud, sorpresa y admiración por la creación. En ellos también se relaciona la actividad de Dios en la creación con su actividad en la historia de la salvación. Se afirma la trascendencia y la preexistencia del Creador (Sal 90,2). El dominio de Dios abarca todo lo que existe (Sal 148). El Creador ha asignado una posición especial a la persona en la creación (Sal 8).
  • Con la literatura sapiencial, se analiza la creación por sí misma, separada del contexto de la alianza. Desde esta perspectiva, el mundo nos conduce al conocimiento del creador, de Dios. Se profundiza en la reflexión sobre el problema del mal.

¿Qué nos enseñan estos relatos sobre la Creación?

En el centro de la respuesta judeocristiana está el hecho de que Dios es el creador del cielo y de la tierra. Esto tiene una consecuencia de gran calado, que se desvive por el mundo, lo cual marca una diferencia respecto a la mayoría de religiones y culturas antiguas. En el relato del Génesis 1 el autor presenta como obra de Dios numerosos elementos mundanos que en muchas culturas eran realidades divinizadas (la tierra, los cuerpos celestes, los monstruos marinos…). Frente a otras cosmovisiones, el cosmos no tiene elementos con carácter divino o demoníaco. El ser humano queda liberado así del influjo de un mundo «demonizado».

 

Todo lo que existe procede Dios. Contra el dualismo, el cristianismo defiende que todo procede de un único y mismo principio, el Dios infinitamente bueno de la revelación. Con su llamada al ser, Dios crea de la nada. Esto supone la negación de la idea de la divinidad de la materia o de su preexistencia. La creación en el tiempo pone fin a la concepción cíclica del tiempo.

Pero, aunque las realidades creadas no son Dios (contra el panteísmo) tampoco Dios permanece ajenas a ellas (contra el deísmo). La creación del mundo no se produce por emanación ni a través de una lucha con elementos primordiales (contra el gnosticismo) sino por la sola palabra y en virtud del designio libre de Dios de comunicarse. La idea bíblica de creación nos presenta a un Dios personal, que toma libremente la decisión de crear, sin que nada le obligue a ello.

Dios crea por la palabra. Él llama a las cosas al ser y las sostiene en el ser. Para este Dios bíblico, crear no es solo dar el «golpecito» inicial de la existencia del mundo. Es una acción constante. Si su «brazo» dejara de sostener el mundo, este se convertiría de nuevo en polvo, en nada (Salmo 104). La creación se entiende como el inicio del diálogo histórico-salvífico. El mundo no es una secuencia anónima de causas y efectos, ni un desarrollo arbitrario (contra el materialismo), sino el designio que nace de la libertad de un ser personal, dialogal, que piensa, quiere y llama a las criaturas. Es decir, la realidad procede de una voluntad de donación gratuita, no de una voluntad de posesión o dominación. De aquí se derivan algunas consecuencias.

La creación responde a un plan que Dios quiere compartir libremente con los hombres y con las mujeres. Estos, imagen y semejanza de Dios, ocupan un lugar único y están llamados a establecer una relación de comunión con Dios y a perfeccionar el universo creado. Para las personas la creación es don (regalo) y tarea (responsabilidad).

Así pues, la creación es un acto libre y amoroso de Dios que tiene por objeto dar vida a una persona que a su vez sea libre. Este es el corazón del porqué de la creación. Sin embargo, una libertad creada es una paradoja, porque supone al mismo tiempo un origen no libre y una vocación a hacerse libre. Esto se hará a través de la serie de innumerables elecciones que constituyen la trama de nuestra existencia. Nuestra libertad no es total, en la medida que es dada, recibida y está por construir. De alguna manera, nos vemos «obligados» a hacernos libres según el proyecto de Otro. De ahí surge nuestra tentación más profunda: rechazar nuestra condición de criatura. La cuestión de fondo que plantea este tema es nuestra imagen de Dios. Miramos al árbol del bien y del mal y vemos a Dios como un rival, y nos olvidamos de que en medio del jardín está el árbol de la vida al que tenemos libre acceso.

Al hombre, varón y mujer, lo hace imagen de sí. Es decir, le transmite atributos divinos como la inteligencia, la libertad o la capacidad de amar. Estos son dones que apuntan al don definitivo al que estamos llamados por vocación: participar de la vida de Dios y, por tanto, hacerse como dioses (Jesús nos revelará plenamente qué significa ser imagen de Dios).

La creación es un «cosmos», un mundo armónicamente organizado hecho para el ser humano. Es invitado a ejercer su dominio sobre la creación, a continuarla, a completarla. Sin embargo, el hombre no es dueño absoluto de la creación. Tiene derecho a usarla, pero no a abusar de ella. Debe dar cuenta de ella. Es su administrador responsable. El ser humano es colocado en un jardín del que será poseedor. Podrá comer frutos de todos los árboles a excepción del árbol del conocimiento del bien y del mal.

Insistimos: el ser humano es intendente, administrador, no señor absoluto. Del mandato de dominar la tierra (Gén 1,26) no se deduce un dominio absoluto sobre las demás criaturas. Cada comunidad puede tomar de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras. Porque, en definitiva, la tierra es del Señor (Sal 24,1), a Él pertenece la tierra y cuanto hay en ella (Dt 10,14). Por eso la tierra no puede venderse a perpetuidad (Lev 25, 23) (LS 67) y sus frutos deben beneficiar a todos (destino común de los bienes) (LS 93).

La creación tiene un desarrollo histórico (frente al mito del eterno retorno). Es un proceso con comienzo, crecimiento y fin. Está orientada hacia su consumación. La perfección no se localiza en el inicio del proceso sino en su final. El paraíso es una anticipación del futuro. En forma de parábola se describe el proyecto de Dios para el ser humano; una vida plenamente feliz en comunión de presencia y de amor con Él.

El carácter libre y amoroso de la iniciativa creadora, a la vez que subraya la absoluta trascendencia de Dios, conlleva un radical optimismo cosmológico. Contra el gnosticismo y el maniqueísmo, se afirma que porque todo tiene su origen en Dios es bueno. Se rechaza así una visión negativa de la realidad. El mal y el dolor presentes en el mundo no proceden de un dios malvado, sino del hecho de que, por una parte la creación está aún inacabada y, por otra, el ser humano introduce en ella la semilla del mal al no admitir su condición de criatura. Con todo, el proceso histórico nos conduce a la reconciliación de todo en Cristo.

El Nuevo Testamento y la Creación

El Nuevo Testamento asume plenamente la teología de la creación del Antiguo Testamento y le da una dimensión cristológica determinante. Así lo expresa el prólogo del evangelio de Juan: «En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir» (Jn 1,1-3).

También lo expresa Pablo en la primera carta a los corintios: «Para nosotros no hay más que un Dios, el Padre del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y nosotros por Él» (1 Cor 8,6).

De la certeza del Señorío de Jesús que nace con su resurrección, surge la afirmación de que por medio de él todo fue hecho, es decir, surge la idea de la mediación de Cristo en la creación y de su preexistencia.

Si toda la creación es revelación y donación de Dios, con Jesucristo aquella llega a su máximo. Él es la palabra definitiva que consuma la creación. En él encontramos las respuestas a las preguntas por el sentido y el destino de la creación y de la persona. Jesucristo nos revela lo que estamos llamados ser, el fin para el que hemos sido creados. Dios ha creado a las personas y estas son llamadas a entrar en comunión entre sí y con todo lo creado: ¡Que todos seamos uno! (Jn 17, 21).

 

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