Trabajar y estar con – Iñaki Otano

Iñaki Otano

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Pero el Señor le contestó: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: solo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán. (Lc 10,38-42)

            Los padres no tienen tiempo para “estar” con los hijos; el matrimonio no tiene tiempo para dialogar. Están muy ocupados y el resultado puede ser un enfriamiento de las relaciones hasta que unos se convierten en extraños para los otros. Se matan todas las ilusiones y la fiebre del hacer lo domina todo hasta apagar incluso los mejores sentimientos.

          Algo de eso nos puede estar diciendo Jesús en este evangelio. Dos hermanas lo hospedan en su casa y mientras una está tan enfrascada en los preparativos de la comida que parece que se ha olvidado de la persona de Jesús, la otra está con Él.

Marta pretende que María deje de estar con Jesús y le ayude a ella a prepararlo todo. Entonces se daría una paradoja: habían invitado a Jesús, y Marta quería dejarle solo, desatendido, para darle una excelente comida.

Jesús afirma que María ha escogido la parte mejor. Naturalmente no está diciendo que no haya que trabajar. Pero cuando trabajamos, cuando nos entregamos a la actividad, no debemos olvidar la importancia que tiene la relación humana, el saber disfrutar de los momentos de compañía.

Según Francesc Torralba, “la religión del consumo y del trabajo genera una inmensa frustración social. La obsesión por el trabajo produce hombres unidimensionales, estériles creativamente, desbordados espiritualmente, incapaces de abrirse a la lógica del don. La religión del consumo crea esclavos que viven para consumir. Necesitan poseer todo lo que ven y son incapaces de gozar con la contemplación, de dejar ser y dejar hacer a los demás”.

Las personas con las que nos relacionamos necesitan nuestra presencia, nuestro compartir el tiempo y la amistad. En nuestra relación con Dios, los creyentes podemos hacer de nuestra vida, de nuestros trabajos y esfuerzos, de nuestras preocupaciones, una ofrenda a Dios. Pero es necesario que dediquemos también un momento al Señor para que Él sea importante en nuestra vida. Tenemos que saber conjugar la acción y la oración: eso significará hospedar al Señor en nuestra casa y no olvidarnos de Él.

La hospitalidad es acoger al otro en casa, pero también escucharle y aceptarle. Cuando escuchamos a alguien, dialogando con él, cuando le recibimos en nuestra casa o en nuestro corazón, se hace fecunda nuestra vida. Cuando hablamos con el esposo o la esposa, con los hijos, con los amigos, con quien se acerca a nosotros o con aquel a quien nosotros nos acercamos, no estamos perdiendo el tiempo sino que estamos desarrollando un aspecto importante de la persona. Igualmente cuando oramos, cuando hablamos con Dios, no perdemos el tiempo sino que desarrollamos una dimensión que enriquece nuestra vida.