Todos los santos: la aventura buena – Juan Carlos de la Riva

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,1-12):

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

El día de todos los santos es una invitación a ser santos.

El día de los difuntos, mañana, es también una invitación a recordar que tú también serás abandonarás esta vida, y que el balance de lo vivido debería ser positivo, merecedor de aplausos en el cielo.

Todos estamos llamados a la santidad, que no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en dejar que Dios obre en nuestras vidas con su Espíritu, en confiar en su acción que nos lleva a vivir en la caridad, a realizar todo con alegría y humildad, para mayor gloria de Dios y bien del prójimo”.

Ser santo. ¿Cómo suena?

Si te suena a antiguo o a lenguaje caduco, como de otros tiempos, el problema es sencillo, sólo tienes que traducir. Santo podría ser, en lenguaje joven del siglo XXI, equivalente a feliz que hace felices a los demás. Así quizá te suene mejor. Uso la palabra feliz que siempre me ha parecido muy tramposa, porque parece que el que tiene que ser feliz es uno mismo, y entonces la lía porque se sitúa uno en una visión muy narcisista de esa búsqueda de felicidad. Pero si le añado la felicidad de los demás, sin la cual la mía no sirve, entonces sí puede valer. Es la historia de la mariposa azul que oí en Venezuela: cuanto más la persigues para tomarle la foto, más se aleja, pero si dejas de perseguirla y te centras en otras cosas (en este caso personas) entonces viene a posarse suavemente en tu mano. 

Si te suena a aburrido, o incluso propio de tontos que se pasan de buenos, entonces tendrías que preguntarte si tu modo de vida está más cerca de la alegría que de la desgana, de la ayuda que del egoísmo. Porque, efectivamente, lo contrario de santo es pecador, y el pecado por un lado te deja vacío, y por otro hace daño a alguien, además de a ti mismo. Pero claro, si no hay pecado ni santidad como conceptos, tendrás que valerte de los sentimientos que los dos caminos te proporcionen a ti, y de los efectos que los dos caminos dejen en los demás. Y de ahí, tomar decisiones que incluso te lleven a formular conceptos en forma de valores intelectuales que habrá que querer y elegir.

Si te suena a difícil, entonces te propongo que apliques a esta gran tarea de ser una bellísima persona todo lo que la psicología motivacional nos va diciendo, no pocas veces aplicado a tonterías como ganar Operación Triunfo, o cosas así. Me refiero a lo de motivarte. Motivación viene de algo que me mueve a otra cosa, que me atrae de un modo emocional y no sólo intelectual. Se trata de estar apasionado por algo. Y entonces te diría que sí, que se puede estar apasionado de ser feliz haciendo felices a los demás. Sería algo así como visualizarse compartiendo, perdonando, dedicando tiempo a alguien, aconsejando, alegrando, acompañando… y sentir anticipadamente lo bien que te sentaría ese traje, que es el traje de Jesús. Cuando estés emocionado, es muy posible que te salga solo. Y si aún así te sigue pareciendo muy difícil, no caigas en la tentación de pensar que es para otros. “Cuando sientas la tentación de enredarte en tu debilidad, levanta los ojos al Crucificado y dile: «Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco mejor». (GE15)

Si te da miedo, porque la gente no lo va a entender, porque te van a poner zancadillas, porque no conviene destacar por arriba ni por abajo, porque hay pocos santos y santas, porque lo que se lleva es ser un poco narcisos y sentirse muy bien uno mismo y ya… entonces me gustaría que sintieras más otros miedos: el de dejarse llevar por la presión social, el de andar pendiente del aplauso ajeno con la consiguiente ansiedad para conseguirlo, el de ser una fotocopia en un mundo de gente que ha hecho dejación de responsabilidad de decidir la propia vida, en favor de lo que hace todo el mundo. Cuando te aterre algo de todo esto, el miedo a ser original en tu belleza moral parecerá mucho más pequeño y te podrás reír de quienes pongan peros a la fuerza de tu sí. “Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada”, dice Francisco en su Gaudete et Exultate. (GE1) Eso sí que nos debería dar más miedo. Ser un zombie viviente.

Os recomiendo la lectura de Gaudete et Exultate, de Francisco.

Jesús explicó con toda sencillez qué es ser santos, y lo hizo cuando nos dejó las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23). Son como el carnet de identidad del cristiano. Así, si alguno de nosotros se plantea la pregunta: «¿Cómo se hace para llegar a ser un buen cristiano?», la respuesta es sencilla: es necesario hacer, cada uno a su modo, lo que dice Jesús en el sermón de las bienaventuranzas[66]. En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas.

  1. La palabra «feliz» o «bienaventurado», pasa a ser sinónimo de «santo», porque expresa que la persona que es fiel a Dios y vive su Palabra alcanza, en la entrega de sí, la verdadera dicha.

A veces traducimos por Dichosos o felices. No está mal, pero volvemos a lo de la felicidad de antes, la dicha. Sobre todo desde que la Coca Cola acaparó la atención como el refresco que te hace feliz…

Me gusta Bienaventuranza. Es una palabra poco usada. La guardamos, como una mariposa azul, especial y rara, para usarla en este evangelio. Bien aventurarse. Aventurarse bien.

La vida como aventura. Esto motiva, desde luego. Amar es una aventura. Ser pobre y compartir con los pobres es una aventura. Decir la verdad con el corazón limpio, es una aventura. Lo contrario es ser mundano, hacer lo que hace todo el mundo, meterse en la rutina y en el rol. Qué tiene eso de aventura. La vida es una novela de aventuras, hay que narrarse en ella, pasar peripecias, sortear obstáculos, recibir la iniciación y entrar en ese mundo en el que hay que entablar la lucha contra el mal, que al mismo tiempo es el viaje iniciático que me transforma. Eso habla Jesús cuando invita a generar perdón, paz, justicia y alegría, en cada bienaventuranza. Hay muchos malos en nuestro mundo, y necesitamos a ese héroe o heroína…

Pero claro, aventurarse bien. Ser pobre es aventurarse a compartir, a no acumular, a saber pedir, a saber confiar en la providencia. Ser consuelo del otro es aventurarse en sus dramas y vivirlos en la propia carne, es sufrir con el que sufre… Ser pacifista es no devolver mal por mal. Prometerse hacer siempre lo que Dios manda, que es amor, es también una pasada. Tener compasión y ser principio de misericordia, en un mundo de descartados por el sistema, es detener muchos crímenes y acelerar muchos procesos de justicia y dignificación. Y todo esto, con un riesgo bastante grande. Dichoso si te persiguen por causa de todo esto. Toda una aventura.

Corre por internet un poema bonito sobre esto, que se ha atribuido a Teresa de Calcuta, a Juan Pablo II y al papa Francisco, y que no es de ninguno de los tres.

«Necesitamos santos sin velo, sin sotana. Necesitamos santos de jeans y zapatillas.

Necesitamos santos que vayan al cine, escuchen música y paseen con sus amigos.

Necesitamos santos que coloquen a Dios en primer lugar.

Necesitamos santos que busquen tiempo cada día para rezar.

Necesitamos santos modernos, santos del siglo XXI con una espiritualidad insertada en nuestro tiempo.

Necesitamos santos comprometidos con los pobres y los necesarios cambios sociales.

Necesitamos santos que vivan en el mundo, se santifiquen en el mundo y que no tengan miedo de vivir en el mundo.

Necesitamos santos que amen la Eucaristía. Necesitamos santos a los que les guste el cine, el teatro, la música, la danza, el deporte. Necesitamos santos sociables, abiertos, normales, amigos, alegres, compañeros.

 

 

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