TODO LO QUE NO ENTIENDO Descarga aquí el artículo en PDF
TODO LO QUE NO ENTIENDO
http://Fernando Donaire Martín
«Un no sé qué que queda balbuciendo…» (San Juan de la Cruz)
«No entiendo por qué la gente se asusta de las nuevas ideas. A mí me asustan las viejas» (John Cage)
«Vamos a no llegar, pero vamos a ir» (El público, Federico García Lorca)
Como cuenta Miguel Rojo en este artículo del blog digital Cuadernos Hispanoamericanos (julio 2025), estamos inmersos en «el fracaso de querer nombrarlo todo, conocerlo todo, atraparlo todo. El fracaso de vivir en un universo del que no conocemos ni la más ínfima parte. El fracaso de saber que hay preguntas que no tienen respuesta. Y, sin embargo, qué conmovedora insistencia, pregunta tras pregunta, respuesta tras respuesta. Solo para saber lo pequeños y hermosos que somos al mismo tiempo, lo irrelevantes y magníficamente singulares. Todo esto contado a través de una insistencia. Una repetición. Como el cantero que golpea la roca una y otra vez en el mismo sitio hasta que consigue abrir una grieta».
En el mismo tono se expresa Clarice Lispector en su obra Descubrimientos: No entiendo. «Esto es tan vasto que supera cualquier entender. Entender es siempre limitado. Pero no entender puede no tener fronteras. Siento que soy mucho más completa cuando no entiendo. No entender, del modo en que lo digo, es un don. No entender, pero no como un simple de espíritu. Lo bueno es ser inteligente y no entender. Es una bendición extraña, como tener locura sin ser demente. Es un manso desinterés, es una dulzura de estupidez. Solo que de vez en cuando viene la inquietud: quiero entender un poco. No demasiado: pero por lo menos entender que no entiendo».
La idea de repetición, la necesidad de no tener que saberlo todo me persigue desde hace tiempo como un mantra en la mitad de tanto barullo, en medio de la exagerada cháchara de nuestro mundo. Tengo que escribir sobre la belleza como camino de encuentro con Dios y parece que el ruido ensordece la sensibilidad interior imposibilitándome reconocer los destellos de esta en los pequeños rincones de mi vida cotidiana. Ahí, en esa leve brisa en este verano sofocante, en la mitad del verano, en los últimos estertores de esta ola de calor que no acaba intento encontrar el hálito de luz en medio de las tareas, la llamada de aquellos que nos quieren, la dedicación constante a aquello que da sentido a nuestra vida, la visita de un amigo, los planes juntos, el viaje improvisado, las historias de los que aún siguen en la ciudad con la misma soledad, con la misma pena. En medio de todo el ruido, cuando abro la parroquia cada tarde, me siento en la iglesia solitaria y espero junto a Él a los fieles que surcan el calor para orar un rato, quizás para confesarse, quizás para pedir perdón. Y ahí, en esa sencillez, en esa menesterosidad, encuentro la perla, descubro el tesoro, atisbo el secreto. Y seguro que todos, si acabamos cultivando nuestra mirada, descubriremos también esa belleza que se pasea a cada momento por nuestros alrededores. Quizás por el camino del no saber o por la senda del no querer controlar todo.
La conferencia de Messiez y la poesía de Juan de la Cruz
El pasado mes de junio pasado tuve la suerte de poder asistir a la conferencia escénica programada por Matadero 10 y dictada por el dramaturgo argentino Pablo Messiez llamada «Todo lo que no entiendo». A Pablo ya lo conocía de seguirlo por las redes, como suelo hacer con todo aquel que me gusta su trabajo y en esas, hace unos veranos, en los estertores de la pandemia, me encontré un pequeño anuncio de un taller de teatro que tituló «Un no sé qué que queda balbuciendo». El anuncio era muy sencillo, a bolígrafo, en un post o una historia, y casi pasaba desapercibido. Aquel anuncio lo entendí como una señal y una oportunidad para irme a Madrid unos días en agosto y hacer algo distinto de la mano de los versos de Juan de la Cruz. Me doy cuenta ahora que también descubrí esa epifanía en medio de un verano, en el Ferragosto.
Cuando descubrí el curso, ni corto ni perezoso le escribí un mail en el que le mostraba mi interés previniéndole que no era actor, pero sí lector y seguidor de Juan de la Cruz y que me gustaría asistir al curso. El mail se envió y se quedó en el olvido hasta que en unos días respondió a mis ruegos invitándome al taller como oyente. Fue una experiencia preciosa y profunda, una grieta también para el futuro de mi vida, que se abría ahí, en ese momento especial, sin saberlo, y que me ayudaría a vivir y enfrentar la vida desde otra perspectiva. El curso abrió un espacio distinto, profundo y a la vez perdurable que me acompaña, en mi manera de entender la vida, desde entonces.
La primera obra de Pablo Messiez que vi en el teatro fue una adaptación de Bodas de sangre de García Lorca en el CDN en la que, al principio de la función, caía un tronco desde lo alto y se mascaba el silencio del drama que vendría a continuación. Después vinieron Las canciones en el añorado Kamikaze, una obra sobre la música, el silencio y la vida. Después La voluntad de creer, un acercamiento a la fe y a Carl Theodor Dreyer en Matadero que fue todo un éxito de público y crítica que encadenó con una obra pequeña en Teatros del Canal llamada Cuerpo de baile, una joya de movimiento, expresión y presencia que pasó desapercibida para la crítica. Por último, un paseo por Italia que recoge su estancia en la Academia española en Roma a través de su propuesta Los gestos, de nuevo en el CDN. Su teatro es especial, a veces más claro, a veces más críptico, pero siempre sumido en el misterio y la transcendencia que alimenta el buen teatro.
Volviendo a la conferencia escénica quiero apuntar algunas de las intuiciones que me abrieron la puerta a la trascendencia y a ese camino de la belleza que intento, torpemente, describir en estas líneas. Para ello me serviré del parafraseo de algunas de las ideas que Pablo va desgranando a lo largo de su performance teatral.
«Lo que entiendo me detiene, lo que no entiendo no hace más que moverme». A veces pensamos que aquello que tenemos bajo control es lo que más nos aporta y desechamos las experiencias que se nos regalan de improviso. Estas, nos descolocan, nos distraen, nos ayudan a entrar en otros lugares. Quizás debiéramos entrar en los lugares «a ver qué pasa», para dejarnos sorprender por lo que la vida, la propuesta en sí, o el espíritu que revolotea alrededor puede regalarnos. Porque «lo importante es que tenga sentido estar ahí», que no sea en vano, que no salgamos igual que entramos. Que la experiencia nos aúpe a otros lugares.
En un momento de la conferencia Messiez utiliza el poema de san Juan de la Cruz Entréme donde no supe…:
Entréme donde no supe:
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
La invitación que hace san Juan de la Cruz en este poema a entrar en la vida espiritual dejándose llevar por la entrega a Dios sin racionalizar, sin argumentar, sin empujar la experiencia, la utilizó el dramaturgo argentino para hacer una invitación a mirar el teatro desde esa perspectiva. Intentar que la maravilla nazca a partir de la acción, de la propuesta, no ir con la propuesta aprendida y con los pasos sabidos. En el teatro como en la vida no sabemos cuáles son el rumbo de los pasos. A veces, cuando intentamos explicarlo todo, se desvanece el milagro de la claridad que es manifestación y epifanía. El mismo santo carmelita huía de sus propios comentarios a los poemas que encorsetaban la fuerza de sus composiciones. En ellos, el lenguaje teológico quedaba corto frente a la fuerza de la poesía. Acercar nuestros caminos a Dios supone transitar por los caminos de la belleza para encontrar la manifestación de la Suma Belleza.
Lo que no entendemos
Como apunta el buen amigo Eusebio Calonge, el teatro es verbo, es acción, es movimiento. La palabra necesita de ese impulso para tomar cuerpo, para hacerse carne. La belleza se sube a los lomos de la acción en las tablas de cualquier teatro y el espacio se convierte en salvación y epifanía. Porque lo que ocurre en escena es único, y en esa unicidad, se cuenta y nos cuenta a nosotros mismos. Ver una puesta en escena es asistir a una representación, a una liturgia de movimiento.
Cuando asistimos al teatro las epifanías son múltiples, en el sentido de las que podemos tener de forma individual como espectadores, como las que podemos experimentar en comunidad, en ese mismo instante, cuando coincidimos en espacio y tiempo en el mismo lugar, en la misma función. De alguna manera, la liturgia religiosa bebe de las mismas fuentes, en su expresión y manifestación, que las que se expresan en el teatro.
A veces voy al teatro y entiendo demasiado. Entro y salgo con la misma energía. Otras, salgo perturbado aún sin entender lo que he visto. Esto me pasa, desgraciadamente, pocas veces y, sin embargo, deseo profundamente que ocurra cada vez. Porque sentir esa sensación, acariciar ese secreto, es lo que me lleva a tocar el Misterio, a rozar levemente la Belleza.
El camino de la belleza a veces es sinuoso, nada explícito, escondido en lo más hondo de los secretos. En medio de nuestra «sociedad transparente» donde todos los velos parecen olvidados, recorrer el camino de «lo no evidente», de «lo no dicho», de «lo que no sabemos», puede ser nuestra mejor brújula. Frente a todos los caminos abiertos, frente a las múltiples señales, saber decirnos la propia verdad que nace del no saber, de ser conscientes que no lo entendemos todo. Pero, a pesar de ello, tener la certeza de que un hilo de sentido y de belleza recorre toda la tierra, que un camino subterráneo sigue su curso aunque no lo veamos, aunque no sepamos su origen.







