Tocar el regalo de Dios – María Arranz

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Suena complicado, difícil, casi hasta imposible… ¿se puede tocar a Jesús?

La palabra tocar tiene veintiocho acepciones distintas según el diccionario de la Real Academia Española, pero quizá el significado que engloba todos los demás es el que nos habla de «ejercitar el sentido del tacto», «sentido con el que se perciben sensaciones de contacto, presión y temperatura». Se pueden apreciar estas sensaciones a través de las manos, los pies, o cualquier parte de nuestro cuerpo y, a partir de ahí, se llega a los objetos, se hace sonar un instrumento o se oprime algo con mayor o menor intensidad. ¿Esto se puede hacer con relación a Jesús? ¿Cómo?

Yo diría que para «tocar a Jesús» antes uno se ha sentido tocado por Él, de cualquier forma, sea la que sea, incluso sin saberlo. Muchas veces no lo diferenciamos ni lo identificamos bien: nos cuesta pensar que «eso», ese remolino de sensaciones, esa alegría tan fuerte, ese chorro de energía tan inmensa, es Jesús tocándonos… Pero Jesús, no solo nos toca, también acerca su presencia a nuestro lado, nos da la mano, nos toma del brazo, camina con nosotros. Es bastante frecuente que realicemos estas acciones con las personas a las que más queremos, aquellos que nos resultan más cercanos, con los que tenemos más confianza. Jesús lo hace con nosotros, incluso físicamente, gracias a otras personas en las que actúa.

Aquí entra en juego el «encuentro con Jesús». ¿Qué es eso de encontrarse con Jesús? ¿Se puede ver a Jesús cara a cara? ¿Tiene forma humana? ¿Cómo se reconoce? Muchos nos hemos hecho estas preguntas alguna vez (los que no se las han hecho mil veces) y cada persona tiene una respuesta diferente; por tanto, solo intentaré aportar una más.

Cuando uno se encuentra con Jesús siente que en su corazón aparece de repente una explosión de sentimientos tan enorme que no se puede describir, inabarcable, tremenda, una llama que quema todo el cuerpo y muchas veces anula la mente. Un torbellino que deja de fondo PAZ con mayúsculas. Quizá empiece con un gran júbilo que más adelante se va transformando, tanto en positivo como en negativo, y termina creando un poso de seguridad que marca el resto de acciones en la vida. Es algo así como poner delante de un conductor perdido una flecha con luces fluorescentes marcando el camino correcto.

Tras dejar atrás el tiempo de Navidad, resulta más fácil pensar que Jesús tiene forma humana: Dios se hizo humano en Él. Se hizo humano gracias a una mujer, a una grandísima mujer que lo trajo al mundo como a uno más de nosotros (como nos han dado a luz nuestras madres). Jesús ponía de ejemplo a su madre porque Dios actuaba a través de ella, era un canal transparente de la acción del Padre; ella fue la primera en acariciar a Jesús. ¿Qué mejor ejemplo para tocar a Jesús que su madre? Y qué difícil es actuar como ella, con la confianza del «hágase en mí», con la seguridad de que todo irá bien, con serenidad, paciencia y fidelidad.

Es en la familia donde Jesús aprende a querer y a ser querido. Al igual que Jesús, somos humanos, y la familia el primer terreno en el que aprendemos a querer y a ser queridos, aceptados, reconocidos como personas. Por tanto, la aparición inicial de Jesús en nuestras vidas, la primera vez que puedo reconocerlo cara a cara: en mis padres, mis hermanos, mis abuelos, MI FAMILIA. Allí donde me quieren, aunque me equivoque, a pesar de las limitaciones, de los fallos, los errores… En la familia (generalmente) se aprende el amor sano y verdadero, amor de Dios en Jesús, del Padre en el Hijo.

Si veo y reconozco a Jesús en mi familia, puedo, de la misma manera, tocar a Jesús en mi familia, dejarle actuar a través de mi persona cuando estoy con mis padres, hermanos, tíos, abuelos… Me hago consciente de la necesidad de Jesús y lo transmito actuando como Él lo hizo con su familia, aunque es difícil dada nuestra condición humana y sabiendo que «donde hay confianza da asco», que al final con los más cercanos tendemos a relajar nuestro modo de actuar y descuidamos o tenemos menos en cuenta sus sentimientos en detrimento de los propios.

Pero, como todo ser humano, Jesús no solo se relacionó con su familia, sino también con sus amigos y enemigos. Cualquiera de nosotros tiene contacto con personas cercanas que no son miembros de su familia y uno de los lugares iniciales donde surgen las relaciones más profundas de amor y odio es el colegio. Durante muchos años la escuela se convierte en la segunda familia de las personas, en el que de nuevo se favorece el reconocimiento de Jesús en los compañeros, los amigos, los profesores e incluso en los enemigos (aunque esto último cuesta muchísimo más, no llega a aprenderse del todo, incluso siendo adulto y con una fe sólida y madura).

Es en esta época cuando llegan las experiencias fuertes que hacen posible el reconocimiento de Jesús en los demás. Por un lado, dentro de las cuatro paredes que componen los centros escolares y, además, a través de diversas actividades que despiertan la sensibilidad y favorecen el crecimiento en la fe. Las primeras propuestas llegan en forma de convivencias, generalmente con personas de otros centros, en las que se comparte la vida misma. Jesús empieza a tocar a través de las celebraciones y primeras oraciones con compañeros muy parecidos en gustos, aficiones; gente con la que se puede compartir sentimientos y con los que se crean lazos de amistad inquebrantable. Amistad en Jesús.

Estas convivencias se convierten en campos de trabajo de verano en los que no solo se pone en común la propia vida, sino que empieza a reconocerse la necesidad de los demás. Es una forma de aprender a ver a Jesús en las condiciones del otro, y es el mismo Jesús (aunque al principio no se reconoce) el que hace de enchufe y carga la batería para ayudar en todo lo posible. Es una iniciación al servicio en la que el individuo se da cuenta de todo lo recibido y lo regala agradecido para el bien de los demás. Empieza a comprenderse y a hacerse realidad la expresión ignaciana de «en todo amar y servir».

Pero esto no sería posible sin una guía para los pasos de toda persona inquieta y buscadora, algo así como una brújula que encamine la oración hacia una relación de confianza con Jesús. Donde se pueda uno relacionar con Él como quien se relaciona con un amigo o con un hermano, con plena confianza, con sinceridad, abriendo de par en par el corazón y, de nuevo, dejándose tocar. A medida que aumenta la experiencia en oración personal se incrementa la sensibilidad en el contacto con Jesús, sobre todo en ocasiones concretas como la curación del leproso («extendiendo Jesús la mano, lo tocó, diciendo: sé limpio», Mt 8), la recuperación de la vista del ciego, o el momento en que toma en sus brazos a los niños y los bendice.

No se necesitan muchas doctrinas ni teorías para reconocer a Jesús en el día a día sino despertar la sensibilidad al contacto con Él. Algunos lo hacen inconscientemente, otros tienen más dificultades; como para todo, se puede aprender y poco a poco la experiencia hace que se vaya perfeccionando «la técnica».

Dios ha puesto un regalo en nuestras manos: su hijo. ¿Tocamos el regalo de Dios?

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