Tocar a Jesús en los pobres – Jon Calleja

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Hace años Jon Sobrino sacó un libro que se titulaba Fuera de los pobres no hay salvación. El título era un desafío y sigue siéndolo a nuestro modelo de sociedad y a nuestra forma de ser cristianos, recordándonos que si no tenemos una opción clara por los pobres no estaremos acercándonos a la esencia del mensaje y a la persona de Jesús.

Sabemos que el Reino que el Señor anuncia es, especialmente, para los que más sufren y para los más excluidos: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Noticia; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19), y ante la realidad actual de desigualdad que conocemos cada vez mejor y con más detalle a nivel local y a nivel global, esta misión nos invita a cada uno a comprometernos para encontrarnos con Él: «Os aseguro que lo que hayáis hecho a uno solo de estos pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

Por esta razón, el compromiso social y el encuentro con el pobre es una de las dimensiones fundamentales de la fe que nos vincula a Jesús, que nos hace compartir su estilo de vida, sus anhelos más profundos y también sus sufrimientos. Y ¿qué más nos puede unir a Jesús que sentir sus mismas esperanzas y preocupaciones?

Hoy tenemos muchas opciones para vivir la experiencia de comprometernos con los pobres y con posibilidad de vivirlas desde una dimensión pastoral y evangelizadora para que los niños, jóvenes y adultos vayan descubriendo algunos de los principales valores cristianos que van más allá de la acción: la comunicación de bienes, la gratuidad, el bien común, la encarnación, la caridad bien entendida, la misericordia… Sabemos que, desde la fe, en el encuentro con el pobre descubrimos muchos de los rasgos de Dios, no porque los pobres sean perfectos y buenos siempre sino porque nos hacen profundizar en nuestra humanidad más auténtica y nos recuerdan lo verdaderamente importante. Tocar la pobreza, su injusticia y su dolor, es tocar las llagas de Jesús y volver a experimentar y comprender su pasión, preparándonos para tener la experiencia de la resurrección.

Entre las diferentes posibilidades que nos ofrecen este tipo de procesos está el voluntariado en alguna de las muchas entidades sociales que trabajan a favor de un colectivo en situación de marginación o alguna de las plataformas de sensibilización por la transformación social. Existen experiencias más puntuales pero intensas en algunos proyectos en momentos concretos del año a las que solemos llamar «campos de trabajo» que nos hacen descubrir una realidad nueva para plantearnos la vida y reflexionar profundamente unos días. Se realizan muchas formaciones, charlas, seminarios que nos ayudan a hacer un análisis crítico de la realidad como nos pide el Evangelio. Y hay muchas propuestas de consumo, estilo de vida y participación política que están en sintonía con los valores cristianos y que cada uno tenemos que cuestionarnos cómo podemos incorporar a nuestra vida. Sea como sea, el objetivo de todas ellas es descubrir la felicidad profunda de las bienaventuranzas al descentrarnos de nuestros intereses personales y planes para ofrecer lo mejor de nosotros mismos desde la entrega a favor de los más olvidados.

Sabemos perfectamente del sufrimiento de millones de personas en el mundo, pero la pregunta es si tantas imágenes, noticias, campañas… hacen que el centro de nuestra vida se mueva del interior de nosotros mismos y si estamos dispuestos a ponerlo al servicio de aquellos como hizo Jesús, compadeciéndonos realmente.

Podríamos preguntarnos, por ejemplo: ¿en qué momentos se compadeció Jesús? Seguro que en muchos, pero, según la Palabra, Jesús lloró expresamente tres veces. La primera cuando su amigo Lázaro había muerto, por el amor que sentía por él y su familia (Juan 11,32-36). La segunda vez cuando vio los pecados de Jerusalén, es decir, de la humanidad en la que puso tanta esperanza (Lucas 19,41-42). Y la tercera vez cuando estaba en el huerto de los olivos ante la decisión de dejarse apresar y cumplir la voluntad de Dios pese al sufrimiento que le iba a provocar (Hebreos 5,7).

Son tres ejemplos en los que podemos ver que Jesús padece la maldad, la injusticia y el dolor y quiere luchar contra ellos porque sabe que no vienen de Dios. ¿Nosotros lloramos como Jesús? El papa Francisco nos dice en su última exhortación apostólica Christus Vivit dedicada a los jóvenes: «Ciertas realidades de la vida solamente se ven con los ojos limpios por las lágrimas. Los invito a que cada uno se pregunte: ¿Yo aprendí a llorar? ¿Yo aprendí a llorar cuando veo un niño con hambre, un niño drogado en la calle, un niño que no tiene casa, un niño abandonado, un niño abusado, un niño usado por una sociedad como esclavo? ¿O mi llanto es el llanto caprichoso de aquel que llora porque le gustaría tener algo más?» (n. 76).

Esta sensibilidad madura y sólida es la experiencia de muchos seguidores de Dios, desde los profetas de todo el AT que han sido perseguidos como Elías, Amós, Jeremías…, de grandes santos como san Francisco o de hombres y mujeres contemporáneos como Charles de Foucauld o Teresa de Calculta que han vivido en la historia de salvación del lado de los últimos. Ellos nos han recordado que servir a los pobres radicalmente es tocar a Jesús y sus testimonios de vida nos siguen invitando hoy a tomar este camino de comunión con el Señor.

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