“Tierra que mana leche y miel” – Javier Alonso

“Tierra que mana leche y miel” (Ex 3,8)

Javier Alonso. Schp. P

 

https://www.religionyescuela.com/actualidad/tierra-que-mana-leche-y-miel-ex-38/

A Abrahán se le abre un horizonte nuevo cuando Dios le promete una descendencia numerosa y una tierra en propiedad. En la Antigüedad, la herencia y la propiedad eran las mayores bendiciones que se podían tener.

 

No obstante, los descendientes de Abrahán olvidan la promesa de poseer una tierra propia hasta que Moisés, animado por el mismo Dios, los despierta de su letargo invitándolos a ponerse en camino hacia la tierra prometida, una tierra fértil, un país de torrentes, de manantiales y de aguas profundas que brotan del valle y de la montaña; una tierra de trigo y cebada, de viñedos, de higueras y granados, de olivares, de aceite y miel (Dt 8,7-8).

En esta descripción idílica de la tierra prometida, se encuentra todo lo que un pueblo puede soñar y anhelar como felicidad: un campo fértil que da buenos y abundantes frutos, donde hay agua abundante y la naturaleza es amable. Con esta motivación, el pueblo de Israel acepta salir de la esclavitud de Egipto en busca de una nueva vida. La promesa divina de tener una tierra propia justificará tantos años de camino por el desierto en condiciones muy difíciles. Pero resulta que esa tierra prometida estaba habitada por los pueblos cananeos.

Hay que conquistarla pueblo a pueblo, pero el pueblo de Israel ha cambiado. Ahora, está más unido y organizado; y, sobre todo, tiene la fuerza de Dios. Dios no hubiera podido educar a su pueblo ni este hubiera resistido en el desierto sin el recuerdo constante de la promesa. Hay una razón última por la que el pueblo sufre, camina y se forma. El camino tiene un final: la tierra prometida. Así como el horizonte final marca el tiempo y sentido del camino, la claridad en los fines orienta un proceso educativo. En cualquier proyecto educativo, hay mucha preocupación por los métodos.

En general, se ha mejorado la organización escolar, se aplican buenas metodologías y se conocen muy bien los procesos de aprendizaje; sin embargo, hay un gran olvido sobre las finalidades de la educación; es decir, la razón por la que se educa.

Finalidad del proceso educativo

En un interesante artículo sobre las finalidades de la educación, Jacques Maritain reprocha a la educación actual el olvido de los fines de la educación: “No es que los medios sean malos. Por el contrario, en general, son mejores que los de la pedagogía antigua. Son tan buenos que perdemos de vista el fin. De ahí la debilidad sorprendente  de la educación actual. Debilidad causada, por una parte, por el apego a la perfección misma de los métodos y, por otra parte, por la incapacidad de acomodarlos a su fin”.

Plantear el fin de la educación es reflexionar sobre la naturaleza humana y su plena realización; es pensar qué tipo de sociedad es la mejor. Es responder a las preguntas: ¿a qué está llamado el hombre? ¿Cómo puede vivir una vida plena? ¿En qué consiste la plenitud humana? ¿Cómo podemos tener una sociedad más justa? Maritain asevera que estas preguntas solo pueden responderse desde una concepción filosófica y religiosa de la naturaleza humana.

El libro del Génesis recuerda que la persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios; por tanto, su vocación consiste en la relación con Dios, que es la suprema verdad, bondad y belleza. Únicamente obedeciendo los mandatos divinos es como puede llegar a la plenitud; es decir, a la tierra prometida: “Observa los preceptos y los mandamientos que hoy te prescribo. Así serás feliz tú, y tus hijos después de ti, y vivirás mucho tiempo en la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre” (Dt 4,20).

Si queremos recuperar la fuerza transformadora de la educación, hemos de levantar la vista y buscar un horizonte más trascendente. Debemos inspirar a las nuevas generaciones para que sean felices y prósperas en una nueva tierra en la que haya cabida para todos y donde se respete la naturaleza. Debemos formar a personas llenas de humanidad, capaces de vivir en común. La dureza del camino solo tendrá sentido con la confianza de que hay un final feliz para la humanidad. No podemos olvidar que Dios acompaña y educa a su pueblo. Sin trascendencia, no hay educación verdadera.

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