TE HABLARÉ AL CORAZÓNDescarga aquí el artículo en PDF
Almudena Colorado
Tengo que reconocer que aprendí a orar muy tarde. Yo rezaba hablando sin parar. A veces enganchando un tema con otro, otras veces hablando en modo bucle. Y, si en algún momento se me iba el santo al cielo (nunca mejor dicho), trataba de volver retomando un monólogo que ya no sabía ni por dónde iba. Creía que solo hablando podía rezar de verdad.
Un buen día fui a un encuentro de formación en interioridad que cambió mi manera de rezar. Empecé a entender que orar no es tanto hacer un discurso continuo sino permanecer, ponerte en presencia de Dios, abrirte a su compañía. Vamos, que era una cuestión más de «estar con Dios». Pero es un «estar» lleno de palabras que no se pronuncian, lleno de una conversación tan profunda, tan real, tan… tan… ¿cómo lo diría? Es un silencio habitado, rebosante de una confianza absoluta al saberte en manos de Dios. Una vez, en una formación en acompañamiento, le dije a mi tutora que para mí rezar era como compartir un secreto entre dos personas, un secreto que solo ellas saben y que les une de una manera deliciosa.
Cuando en clase de Religión he hablado de la oración, noto que los chicos y chicas me miran con cara de extrañeza, como si les estuviera hablando una «flipada» que no se entera de nada. No se lo reprocho. Quizás ellos están en el momento en que yo rezaba parloteando sin parar, o dejaron de rezar hace tiempo, o nunca han rezado.
En nuestro ejercicio de la pastoral juvenil hemos intentado con ganas abrirles la puerta a la oración. No tengo ninguna duda al respecto. Pero, en mi humilde opinión, con el deseo de actualizar las maneras para hacerlas más acordes a este mundo tan ruidoso, hemos llenado ese momento de demasiadas canciones, vídeos, gestos, palabras… tratando de tapar un silencio oyente que, no es que les asuste (que probablemente sí), sino que más bien nos asusta a nosotros al pensar que, en vez de producir el llanto y la sensibilidad, hemos provocado la huida.
No seré yo la que diga que no se cante en una oración, ni se use la palabra (la sagrada y la humana), ni hagamos algún símbolo que describa lo que en ese momento queremos decir. Dios me libre. Lo que estoy queriendo decir es que todo esto, aunque está muy bien, si no lo usamos para conducirles poco a poco al silencio en el que vive Dios y a la escucha de qué me quiere decir esta letra o esta palabra, todo se nos queda incompleto. Nos pasa esto en nuestras pastorales juveniles: creemos que al joven solo se llega mediante el hacer, hacer, hacer y más hacer. Dejamos de lado el ejercicio del «silencio escuchador» y la práctica de la oración por un activismo pastoral muy lleno, muy variado, a veces poco abarcable y lejano de las posibilidades o recursos reales de los que disponemos en ese momento. Yo así lo veo en mis reuniones de pastoral juvenil, y eso me llena de interrogantes y de un poquillo de pena. A ver, que sí, que eso es importante; que los jóvenes pueden ser mejores que nosotros, los adultos, en esto de la generosidad y la pasión por la acción social… pero no olvidemos que no solo existe «la Marta», que también está «la María» que lo deja todo para sentarse a los pies de Jesús y escucharle.
Porque nos hemos dado cuenta de lo necesario que está siendo enseñarles a hacer silencio, hemos empezado a introducir en nuestros colegios y nuestros grupos de jóvenes la práctica de la interioridad como ejercicio para llegar a lo hondo de uno mismo. Pero si lo dejamos en la búsqueda de la serenidad interior para darnos cuenta de cómo estamos y poder expresarlo con palabras, corremos el riesgo de quedarnos en una especie de mindfulness que solo busca poder sentirnos bien con nosotros mismos. Y la oración no es cosa de uno, es cosa de dos. Y entre esos dos, no es el que reza el protagonista.
Rezar se ha convertido en el tesoro más grande que tengo. Y no lo digo por quedar bien ante los que estáis leyendo esto en este momento. Ese ratito es sagrado en mi vida. Pero nunca lo habría descubierto si no hubiera habido gente en mi vida que me llevara hasta ese tesoro. Bueno, y también si no hubiera estado el Espíritu «empujándome» una y otra vez hacia ese silencio habitado. Aunque, ahora que lo pienso, algo me he dejado «engatusar» yo, porque si no se abre el corazón, poco se puede hacer… Quizás es que la oración es un don, un regalo, no lo sé. A lo mejor entonces nuestro papel sea despertar en los jóvenes el deseo de llegar hasta él, de exponerse a esa Presencia regalada, de abrir el corazón. Porque el Espíritu no es escrupuloso, y está dispuesto, felizmente dispuesto, a posarse en cualquiera de nosotros.







