Te digo, levántate, Pastoral juvenil como Discipulado misionero al servicio de la vida – Fidel Oñoro

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Introducción

Una imagen para comenzar
El profeta Jeremías describió su vocación en estos términos:
“Había en mi corazón algo así como un fuego ardiente, prendido en mis huesos,
y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía” (Jr 20, 9).

Pues bien, ese fuego que arde en el corazón es la Palabra. La vocación es esencialmente una experiencia de la Palabra de Dios.

A propósito de la palabra como fuego, Jeremías nos regala una sugestiva comparación:
“¿No es así mi palabra, como el fuego,
y como un martillo golpea la peña?” (Jr 23, 29).

Un maestro de la escuela de Rabbí Ishmael que interpretaba así: “De la misma manera que ese martillo desprende muchas chispas, un solo pasaje de la Escritura da lugar a muchos significados”. ¡Ésta es la riqueza de la Palabra! Vamos a tratar de captar en estos días algunas de esas chispas de la Palabra que brotan de la gran palabra que es el martillazo de la vocación.

Lectio de Lucas 7, 11-17
Pongámonos en un primer lugar ante la persona de Jesús y la obra de su Evangelio. Es a él a quien seguimos, la misión de él la que realizamos; por tanto, de él proviene el contenido y el método de nuestra pastoral.

Como premisa, permítanme recalcar que la sencilla aproximación que haremos a esta página del Evangelio es ya, de por sí, un ejercicio de discipulado propiamente dicho, ya que los servidores del Señor aprendemos lo que tenemos que hacer contemplando y escuchando al Maestro. Con la lectura que vamos a realizar podremos comprender mejor lo que significa ser “Discípulos–Misioneros de Jesús al servicio de la vida” y revisar nuestros enfoques, actitudes y metodologías en la pastoral juvenil.

En la bellísima página de Lucas 7, 11-17, vamos a descubrir la ruta que seguirá en los siguientes nueve encuentros que tendremos con la Palabra. Al hacer la lectura orante del texto, les invito a que vayamos con decisión a la fuente vivificadora de la Palabra de Dios y dejemos que sea Jesús quien inspire al 100% nuestra misión con los jóvenes que pone nuestro camino. Observemos con cuidado: ¿En qué contexto Jesús lo encuentra?, ¿qué hace con él?, ¿cuáles son sus actitudes?, ¿qué se genera a partir del encuentro del joven con Jesús?

Comencemos, ahora sí, nuestra lectura de Lc 7, 11-17, el relato de la resurrección del Hijo de la viuda de Naím:

“11Y sucedió que a continuación se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. 12Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad.

13Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo:
«No llores».

14Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo:
«Joven, a ti te digo: Levántate».

15El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre.

16 El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo:
«Un gran profeta se ha levantado entre nosotros»,
y
«Dios ha visitado a su pueblo».
17Y lo que se decía de él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina”.

Observemos que el relato tiene tres partes:

(1) Lc 7, 11-12:
Lo que podemos llamar la circunstancia, es decir, los personajes, el lugar y un problema inicial que se plantea.

(2) Lc 7, 13-15:
Se centra en la acción de Jesús. Su intervención de cara al problema inicial provoca un cambio profundo, un giro de 180 grados. Las cosas no vuelven a quedar igual desde el momento en que Jesús realiza su obra en el joven.

(3) Lc 7, 16-17:
Se describen las consecuencias de la obra de Jesús. El texto podría haber terminado con la resurrección de joven; sin embargo, el evangelio quiere que entendamos que el estilo pastoral de Jesús no es el de realizar acciones puntuales sino el de generar procesos. En esta última parte el actor principal ya no es Jesús sino los discípulos, los cuales dan muestras de lo que es un auténtico discipulado que está en sintonía con la misión liberadora de Jesús.

Descubramos algunos matices del texto siguiéndolo parte por parte.

1. La circunstancia (vv. 11-12)
“11Y sucedió que a continuación se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. 12Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad”.

Para captar mejor la dinámica pastoral de Jesús con el joven hay que partir del contexto en el cual se sitúa. Comencemos la reconstrucción de la escena observando en estos versículos:
Los personajes
El escenario
La acción inicial

1.1. Los personajes
En el versículo 11 aparecen ordenadamente tres personajes: (1) Jesús, (2) discípulos, quienes “iban con él”, es decir están en el ejercicio del seguimiento del Maestro; y (3) la muchedumbre, con la cual se indica una nube de gente admiradora, que se ha sentido atraída por los milagros y algunas enseñanzas de Jesús (los “fans”, diríamos hoy) pero que no han dado el paso hacia el discipulado propiamente dicho.

En el versículo 12 aparecen otros tres personajes: (1) un joven difunto que llevan a enterrar; (2) la madre del joven; y (3) una gran muchedumbre de la ciudad, la cual acompaña solidariamente a la madre doliente.

Tenemos entonces 6 personajes, tres individuales (Jesús, Joven y Madre) y tres colectivos (discípulos, muchedumbre que acompaña a Jesús y muchedumbre que acompaña a la madre).

Notamos que los personajes están simétricamente ordenados: Jesús preside una especie de marcha e igualmente también el féretro del joven. Podríamos hablar de dos procesiones: una procesión de la muerte (el funeral) y una procesión de la vida presidida por Jesús. Jesús convertirá la marcha funeraria en una procesión que entra de nuevo a la ciudad trayendo vida y esperanza.

1.2. El lugar
Tenemos dos datos: “una ciudad llamada Naím” y la “puerta de la ciudad”. Naím está ubicada al norte de Palestina, en la región de Galilea, sobre la llanura de Esdrelón, al pie del monte Tabor. Los arqueólogos rescataron el lugar el siglo pasado y hoy pueden verse los fundamentos y trazos principales de esta pequeña ciudad, modelo de tantas otras visitadas por Jesús en esta región.

La indicación “puerta” nos deja entender que se trata de una ciudad amurallada. Como sabemos, las ciudades orientales antiguas no tenían el diseño de nuestras actuales ciudades, en las cuales hay generalmente espacios públicos, como las plazas, dentro de ellas. Las plazas fueron creación de los griegos (el “ágora”) y de los romanos (el “foro”). Si bien el mundo grecorromano ya estaba presente en Galilea, éste no era el caso de Naím. El espacio público en las ciudades como Naím era la “puerta”, es decir, la boca del cinto amurallado. Allí estaba el mercado, la administración de la ciudad, el juez, se daban citas los enamorados, etc.

El evento de la resurrección del joven tiene como trasfondo la ciudad y parece tenerse en vista la puerta de la misma. El escenario urbano no parece ser causal: aquí ocurrirá un acontecimiento del cual la ciudad entera, este complejo tejido urbano, será testigo. Y, anticipémoslo, también en beneficio de la ciudad, imagen de la sociedad, Jesús le dará vida al joven.

1.3. La acción inicial
En la entrada de la ciudad se encuentran, más aún, se chocan las dos procesiones. La procesión de la muerte sale de la ciudad y la procesión de la vida entra en ella. No es difícil imaginar la situación.

De la procesión de la muerte se conoce claramente el propósito: “sacaban a enterrar”. Una frase fuerte. Como era costumbre en el medio oriente antiguo (y lo mismo en otros lugares) los muertos no pueden permanecer ni en la casa ni dentro del conglomerado urbano; para el mundo judío es “contaminación” de la pureza ritual. Se saca de la ciudad lo que ya no cumple ninguna función en ella. Pues bien, con este joven ya no se puede contar, se ha convertido en motivo de desesperanza y de lágrimas para la familia y la ciudad. [Nota: cada vez que pensamos que no podemos contar con alguien, le estamos haciendo el funeral; cada vez que decimos “aquí no se puede hacer nada”, “de esta persona ya no puedo esperar más”, le estamos haciendo el funeral; pero, un discípulo de Jesús, ¿a qué procesión pertenece?].

En la escena todavía aparece un agravante más. Se trata del “hijo único” de una “viuda”. Conocemos algo de la situación de la mujer en la estructura patriarcal del mundo judío y de la cultura mediterránea del siglo I dC. Quedar viuda ponía a la mujer en una situación difícil desde el punto de vista económico, ya que su trabajo –que era el de ser madre– no era remunerado. Más grave todavía era cuando el marido dejaba deudas, lo cual era frecuente, dado el alto índice de pobreza de la mayoría de la población. Cuando esto sucedía, les correspondía a los hijos encargarse de su madre, como pide el cuarto mandamiento (que apunta básicamente a la obligación financiera y a la paciencia que hay que tener con los progenitores cuando son ancianos).
Pues bien, la situación de la madre de este joven difunto no podía ser peor: había perdido el único sostén que le quedaba. El hecho que la acompañe “una gran muchedumbre de la ciudad” muestra la solidaridad piadosa y efectiva (también pedida por la Ley) con la viuda que pasa por situación límite.

Así llegamos al núcleo del relato: al tiempo que la procesión sale de la ciudad, Jesús entra con sus seguidores en ella. ¿Qué hará Jesús?, ¿se unirá a la muchedumbre solidaria para mitigar con su compañía (y a lo mejor sus palabras) el dolor de la madre?, o ¿hará algo diferente, algo que más nadie sino el Mesías puede hacer?

En lo que Jesús hace vemos el propósito y alcance de su misión, y al mismo tiempo lo que están llamados a hacer todos los que se llaman “seguidores suyos”.

2. La acción de Jesús que le da un giro a la situación (vv. 13-15).

“13Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores». 14Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: «Joven, a ti te digo: Levántate». 15El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre”.

Hemos llegado al centro del relato. Jesús no se une a la procesión de la muerte de forma piadosa y solidaria; al contrario, hará que la procesión de la muerte se convierta en procesión de la vida y que todos sigan sus pasos.

El gran protagonista de estos versículos es Jesús. Él es el sujeto de siete acciones (notar los verbos), que se pueden clasificar así:
Con la madre (3)
Con el joven (3)
Con los dos (1)

2.1. Jesús y la madre (v. 13)

“Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores»”.

Con la madre Jesús realiza las siguientes acciones:

(1) “VER”
Para Jesús el funeral no pasa desapercibido, mucho menos la madre que va detrás del féretro llorando. En el evangelio, este verbo aparece con frecuencia como el paso de la misión de Jesús. Por algo es también el primer paso en nuestro método pastoral.
(2) “SENTIR COMPASION”
Es el verbo de la “misericordia” (en griego: splagnizomai), que describe la conmoción interior que provoca cruel situación que tiene ante sus ojos. Jesús entra en sintonía profunda con el dolor de la madre, siente como si fuera ella.

(3) “DECIR”
Del sentir se pasa a la acción concreta. Curiosamente Jesús habla con un imperativo que podía sonar extraño para el resto de los asistentes. ¿A quién se le ocurre pedirle a una madre que no llore en el funeral de su único hijo? Pero si leemos en retrospectiva el evangelio de Lucas (analizando el término “palabra”) veremos que se está haciendo una referencia al “poder generador de vida” que es propio de la Palabra de Dios. En la comunidad de Lucas probablemente se percibía una connotación que la relacionaba con el kerigma (cfr. Lc 24, 44-49; que no es del caso analizar aquí).

Curiosamente a quien primero Jesús se dirigió no fue al joven sino a la madre. Jesús comenzó por la parte sufriente, pero también aquélla que todavía estaba viva, de la cual pueden venir fuerzas para rescatar lo perdido.

2.2. Jesús y el joven (v. 14)
“Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: «Joven, a ti te digo: Levántate»”

Ahora Jesús se dirige al joven, también –como en el caso anterior– con tres acciones:

(1) “ACERCARSE”
Así como el “ver” genera contacto con la realidad, igualmente el “acercarse”. Para captar el alcance del gesto podemos ver otro relato. Jesús no observa la situación de lejos, como los sacerdotes y levitas del relato del buen samaritano, quienes “ven” y “dan un rodeo” (Lc 10, 31-32). Más bien, como el buen samaritano “llegó junto a él” (Lc 10, 33) y “se acercó” (Lc 10, 34).

(2) “TOCAR”
Se esperaría aquí el “tener compasión” (como con la madre o como en Lc 10, 33), pero el término se omite por razones obvias: la “compasión” entendida bíblicamente como “rahamim”, esto es, sintonía visceral, de corazón a corazón, no es posible con un cadáver. En cambio aparece otro término que es tremendo para el contexto: “tocar”. Sabemos que tocar a un muerto implica contaminarse y perder la pureza legal. Fue esto lo que evitaron el sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano (no tocar sangre de un herido, mucho menos de uno que quizás podría estar ya muerto). Jesús no teme tocar al joven difunto, él rompe los esquemas de la mentalidad cultural y religiosa para salvar al joven. Jesús, como lo presentan una y otra vez los evangelios, es el libre que da libertad.

(3) “DECIR”
El tercer paso es el “poder de la Palabra”, como lo señalamos en la tercera acción con la madre. Tenemos antecedes en el relato de Lucas: el pasaje del anuncio del programa misionero de Jesús en la sinagoga de Nazaret, donde Lucas registra como primerísima reacción de la gente: “todos estaban admirados de las palabras de gracia que salían de su boca” (Lc 4, 22). Enseguida, en la sinagoga de Cafarnaúm se deja escuchar el comentario de los asistentes sobre el efecto de su enseñanza: “¡Qué Palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen” (4, 36). En la primera escena vocacional, todo gira alrededor de este poder de la Palabra: “En tu Palabra echaré las redes” (5, 5); Pedro fue testigo de ese poder y cayó a los pies de Jesús pidiéndole que se alejara, pero Jesús hizo todo lo contrario: lo llamó para compartir su vida y su misión con poder (5, 8-10). En la escena anterior a la de la resurrección del joven, en el diálogo de Jesús con el centurión romano, imagen del poder terreno vigente, se le escucha decir a éste: “Mándalo de palabra y quede sano mi criado” (7, 7).

La palabra de Jesús se pronuncia en imperativo (ver el pasaje anterior), contiene el término “levantarse”, el cual forma parte de los términos técnicos que los textos del Nuevo Testamento usan para referirse a la resurrección de Jesús. No puede dejar de sentirse el matiz pascual (obviamente anticipado): aquí hay una obra de fondo, una obra del Dios de la vida, una obra pascual cuyo paradigma será el mismo Jesús en su muerte y resurrección. El discipulado y la misión será comprendidos finalmente en el Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles bajo este registro teológico y existencial.

2.3. Jesús, el joven y la madre (v. 15)
“El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre”.

Los verbos que describen las acciones de Jesús con la madre y el joven forman un esquema simétrico del cual podemos deducir (y aprender) el estilo pastoral de Jesús con el joven:
Ver ——— Acercarse
Sentir compasión ——— Tocar
Decir ——— Decir

La séptima acción es la corona de la obra de Jesús, en ella se juntan la madre y el hijo: “DAR”.

Algunas traducciones, como por ejemplo la Biblia Latinoamericana, colocan “devolver”, lo cual le quita fuerza al texto original, si bien permite captar el eco profético Eliánico de 1 Reyes 17, 23. Con el verbo “dar”, Lucas está enfatizando uno de los verbos más bellos del evangelio, casualmente el verbo que describe el distintivo de la persona que actúa según la novedad de Jesús (ver el sermón de la llanura: 6, 38 y contexto precedente).

El joven resucitado es un “don” de Jesús para su familia y para su ciudad. Éste reingresa a su ciudad “hablando”, es decir, como SUJETO que contribuye para la construcción de su familia, comunidad y sociedad. El joven deja se ser un objeto pasivo que recibe, que le cargan, sino como una persona con identidad capaz de aportar.

3. Las consecuencias (vv. 16-17):
“16El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». 17Y lo que se decía de él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina”.

Finalmente, y a punto de terminar esta primera intervención, detengámonos en la conclusión del relato. Como anotamos al principio, la historia no termina con la resurrección del joven, hay mucho más. El acontecimiento del joven, el joven resucitado, es el punto de partida de una nueva realidad en la que se da comienzo a tres procesos importantes.

Si observamos detenidamente los vv. 16-17 notaremos tres nuevos verbos. Pero éstos ya no tienen como sujeto a Jesús sino a un “Todos” que incluye a los que participaban en las procesiones de la muerte y de la vida. Puede verse cómo todo terminó en una única procesión de la vida que no sólo reingresa a la ciudad sino que se expande centrífugamente por todos los alrededores de Naím.

Los tres verbos son:

(1) “TEMER”
El verbo temer (en griego “fobos”) no siempre se refiere a “miedo”. En el lenguaje técnico de los evangelios también describe una actitud religiosa que consiste en la captación de la presencia de Dios. Se trata de la profunda conciencia de estar en la presencia de Dios, del Dios revelado que ha acontecido de forma concreta en la historia y aquí en la obra de Jesús.

(2) “GLORIFICAR”
Es uno de los verbos de la oración que tanto gustan al evangelista Lucas. “Todos” entran en actitud celebrativa de la obra de Dios. La obra vivificadora de Jesús con el joven es motivo de liturgia, de celebración. En la liturgia se confiesan los títulos de Dios, como efectivamente se afirma aquí de Jesús.

(3) “DIVULGAR”
El pasaje termina claramente con una “evangelización”: los títulos de Jesús, literalmente “lo que se decía de él”, son proclamados por todas partes por parte de los testigos del acontecimiento. El “divulgar por los alrededores” la obra de Jesús, muestra que la comunidad de fe que se ha constituido se convierte en comunidad misionera.

En fin…

El relato entonces termina con estas tres nuevas rutas que se abren hacia el futuro y que también son indicativas para el discipulado misionero hoy. Las podemos sintetizar como

Espiritualidad: Percepción personal de la presencia de Dios por medio del encuentro con Jesús.
Liturgia: Celebración en alabanza y confesión de fe del acontecer de Dios en nuestra historia.
Misión: El Evangelio nos desborda, nos hacemos testigos de un acontecimiento que no podemos callar, como se dirá más adelante en los Hechos de los Apóstoles: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20).

Todo el camino recorrido al interior de este relato del Joven resucitado por la acción misericordiosa de Jesús, sello claro de su victoria pascual en él, nos invita ahora a releer los procesos que realizamos.

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