Joseph Perich
Llovía a cántaros y era de noche. Eduardo redujo la velocidad de su coche. Se dio cuenta de que al borde de la carretera una señora mayor estaba junto a su vehículo posiblemente averiado. Paró y percibió que ella tenía mucho miedo. Le dijo:
-“Estoy aquí para ayudarla, no se preocupe”.
Tenía una rueda pinchada .Eduardo se agachó, colocó el gato mecánico…Con los zapatos llenos de barro y chorreando consiguió cambiar la rueda. La mujer no sabía cómo agradecérselo. Le preguntó cuánto le debía. Respondió:-“Si quiere pagarme, cuando encuentre a alguien que precise de ayuda, dele a esa persona la ayuda y acuérdese de mi”…
Algunos kilómetros después la señora se detuvo en un pequeño restaurante. Se acercó la camarera y le trajo una toalla limpia para que secase su mojado cabello. Le dirigió una dulce sonrisa. Se preguntaba curiosa cómo alguien podía tratar tan bien a un extraño. Entonces se acordó de Eduardo. Terminada la cena pidió la cuenta y mientras la camarera fue para el cambio, la señora se fue discretamente. Al volver, la camarera vio algo escrito en la servilleta sobre la que la señora había depositado 100 euros. Se acercó y con lágrimas en los ojos leyó:
-Tú no me debes nada. Alguien me ayudó hoy y de la misma forma te estoy ayudando. Si tú realmente quieres devolverme el dinero, no dejes que este círculo de amor termine contigo, ayuda a alguien…
Bien entrada la noche, cuando fue a casa, su marido ya estaba durmiendo y ella quedó pensando en lo que la señora dejó escrito. Observó que los zapatos de su marido estaban llenos de barro y los pantalones empapados de agua con manchas de grasa. Se volvió hacia su preocupado marido que dormía a su lado, le dio un beso suave y susurró:
– ¡Te amo… Eduardo!
Adrián, niño de siete años, me hace entrega de un puñado de monedas pequeñas en una bolsa de plástico. Ha roto su hucha, sin saberlo los padres, para que los niños de una escuela de la India puedan ir a clase. Se trata de un proyecto de Manos Unidas.
El señor Guillermo, de 84 años, los martes y jueves dedica gratuitamente unas horas de su tiempo, dando clase de castellano a un joven nigeriano.
María del Mar acaba de pasar dos semanas en el hospital Trueta de Girona velando noche y día a su hijo discapacitado, sin perder la sonrisa…
Podríamos alargar indefinidamente el listado de personas anónimas, de «Eduardos» que son como una transfusión de sangre para tantos «anémicos» socialmente y humanamente hablando de nuestro entorno. ¿Podemos decir que estos hechos de misericordia, qué pasan desapercibidos, son irrelevantes, anecdóticos y sin trascendencia?
Dios se ha hecho «carne humana», se ha encarnado para que no lo buscáramos más el cielo sino en el crucificado, en el «diferente», en el que no tiene donde reclinar la cabeza.
Para poder encauzar en la buena dirección a nuestro mundo, es cada vez más necesario centrarnos en los excluidos de la sociedad. Ellos son una provocación, un grito rebelde,… que rompe nuestra insensibilidad, nuestro corazón de piedra, hasta asimilar que «el que no vive para servir no sirve para vivir».San Agustín dejó escrito: «Imagínate que Dios quiere llenarte de miel (símbolo de la ternura y de la bondad); si te encuentra lleno de vinagre, ¿dónde pondrá la miel?»¿No podría ser el camino cuaresmal el adecuado para vaciar el «vinagre» o la acritud que llevamos en el corazón?
Entonces podríamos llenarlo con las chafadas o pisadas florecillas primaverales que la naturaleza nos pone al paso de nuestro camino: enfermos, ancianos, niños carentes de afecto, familias en paro con o sin papeles, personas maltratadas en el trabajo o en casa, personas sin techo o refugiadas… Abrimos los ojos: la primavera ha florecido. Acabado el camino de la Cuaresma, la Pascua Florida y Granada, nos devolverá el color de la cara. Nos esperan Eduardo, Guillermo, María del Mar…







