Tapetes de ganchillo – Elena Pérez Hoyos

Tienen tapetes de ganchillo sobre la mesa, fotos en la estantería. Libros o revistas. Una televisión, casi siempre. El sofá encajado en una sala mínima y cortinas onduladas hasta el suelo.

Tienen olor a íntimo y amado. A cotidiano y conocido. A seguridad, la seguridad del espacio que se recorre a oscuras y descalzo sin tropezar con ningún mueble.

Tienen juguetes por el suelo. Alfombras de diseño abigarrado. Lámparas de luz mortecina. Molduras en el techo. Tienen la huella de quien la hizo propia, y todos los sueños, tragedias y emociones de un proyecto de vida.

Y así quedan un día: vacías, huecas, inútiles. Cruelmente reducidas a una cifra. Como si valieran más que la historia que acogieron.