TAMBIÉN HABLAMOS DEL MAL, PERO… ¿CÓMO? – Ángel Fernández Lázaro

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El mal, la gran pregunta del ser humano

La enfermedad, el dolor, el sufrimiento y la muerte son realidades presentes en la vida de todo ser humano, lugares comunes que afectan a toda persona en algún momento de su existencia y la sitúan frente a las grandes preguntas de sentido. Estas cuestiones, a menudo incómodas, abordan aspectos de nuestra existencia y de nuestra fe que no siempre queremos mirar. Ante ellas, las respuestas escasean y no suelen ser satisfactorias.

El problema del mal es tan antiguo como el mundo. Se ha formulado en muchas ocasiones desde diferentes perspectivas y se han ofrecido muy variadas respuestas. Lo único invariable es la persistencia del problema. No solo la evidencia de su existencia, sino también lo oscuro de su naturaleza. El mal es la gran pregunta del ser humano y, por tanto, también del cristiano: ¿por qué Dios, que nos crea por amor, permite que suframos?

Sería pretencioso querer solucionar en pocas líneas un problema así. Pero es verdad que es un tema que surge en nuestros grupos, sobre todo de jóvenes, y que, por tanto, debemos afrontar. Desde luego, la respuesta desde la razón, por lógica que pueda ser, no resuelve el problema existencial: el mal duele, exaspera, agota, lleva al límite, aniquila. Y sin embargo no podemos evitar razonar sobre ello y descubrir que la praxis cristiana ayuda a combatir el mal. Van aquí algunos argumentos que pueden ayudar a la reflexión.

La evidencia del mal: mal físico y mal moral

En esta cuestión los cristianos partimos de dos premisas. La primera es que creemos en Dios, al que confesamos todopoderoso, que nos ama incondicionalmente, hasta el punto de crearnos por amor, llamados a disfrutar de su propia vida, «imágenes de Dios». La segunda es la evidencia del mal en el mundo: existe dolor, sufrimiento, violencia, injusticia. Hay desastres naturales, hambrunas, guerras y enfermedades. En último término, todos morimos.

Para empezar, distinguiremos dos especies de mal: por un lado, el daño que el ser humano genera al hacer uso de su libertad, esto es, el mal moral. Por otro, el dolor que deriva del hecho de que somos creados finitos y limitados, en una realidad que también lo es, esto es, el mal físico.

El mal moral puede parecer más fácil de explicar. Dios, que nos crea por amor, nos hace libres y responsables del uso de nuestra libertad. El ser humano es capaz de hacerse cargo de la realidad, de tomar conciencia de ella y de su propia existencia y por lo tanto de dirigir su vida, tomarla en sus manos y decidir qué hacer con ella. En todo ello, Dios no se impone. Si la condición de libertad es real, es el ser humano quien decide vivir con Dios o sin él, sabiéndose amado por Él o como si no existiera. No se puede obligar a nadie a querer a otro… el amor implica necesariamente gratuidad y por tanto libertad. Si Dios establece una relación de amor con nosotros, cabe la posibilidad de que aceptemos ese amor, pero también de que decidamos negarlo.

Aceptar el plan de Dios supone aceptarlo como padre, y a los demás seres humanos como hermanos. El signo visible del Reino de Dios es la fraternidad universal. Cuando yo, haciendo uso de mi libertad, causo daño a mi hermano y le hago mal, rompo esa fraternidad y doy la espalda al plan de Dios.

No obstante, ante el escándalo del mal, cabe la duda de si la libertad del ser humano merece tan alto precio. A la vista de los océanos de mal que el mundo ha conocido, del sufrimiento de las incontables víctimas de la historia… ¿no debería Dios saltarse esto de la libertad e intervenir para evitar tanto dolor? Y cabe también la pregunta contraria: ¿qué credibilidad tendría una creación por amor en la que Dios, al intervenir, negase la condición de posibilidad de ese amor, es decir, la libertad?

El mal físico puede suponer un desafío mayor, pues nos obliga a asumir que somos seres limitados. La finitud y la imperfección son las marcas propias de la creación, más aún de una creación que esté en constante evolución. La evidencia científica sitúa la evolución de las especies como el motor oculto de la creación, que ha posibilitado y posibilita el despliegue del universo y de la vida como la conocemos. Es preciso reconocer que la marca característica de la evolución es la muerte, la supervivencia, la prevalencia de unas especies sobre otras. Desde esta perspectiva, el sufrimiento es un principio transformador, pues si Dios crea continuamente, es necesario que nuevas realidades desbanquen a realidades anteriores, y esto no es posible sin la muerte biológica. Por eso el ser humano, creado en una realidad evolutiva, es necesariamente finito, imperfecto y limitado, expuesto al sufrimiento, al dolor y a la muerte.

Y sin embargo otra vez, ante lo abrumador del dolor y la muerte, podríamos plantearnos si merece la pena. ¿Realmente el avance de la vida, su perfeccionamiento, justifica tanto sufrimiento? Y si no podía ser de otro modo, ¿no habría sido mejor no crear nada, en lugar de esta creación en la que el dolor es necesario e inevitable? Ante estos argumentos, la imagen de Dios amor puede quedar seriamente en entredicho, porque ¿qué Dios caprichoso e insensible condenaría a sufrir a sus criaturas para mantener en marcha su invento?

En efecto, en estas condiciones la imagen de Dios que crea por amor solo puede sostenerse si aceptamos que Dios mismo se introduce en la creación, hace suyo el dolor y lo sufre con nosotros. Suficiente o no, esta es la respuesta cristiana ante el problema del mal: Dios no lo crea ni lo dispensa, ni lo quiere para nosotros, sino que más bien lo sufre y lo combate.

La cruz de Jesús muestra a Dios sufriendo con el ser humano

De una lectura honesta de los evangelios se debe admitir la vida de Jesús como una constante lucha contra el mal, que le afecta en todas sus formas. Jesús sufre con el dolor de los enfermos, endemoniados, prostitutas o marginados que se encuentra. Sufre las consecuencias del odio que alberga el corazón humano y el dolor de la pérdida de seres queridos. Es perseguido y calumniado y conoce la soledad, el abandono y el miedo. Sufre el mal físico, el dolor extremo, la humillación, la marginación absoluta, la experiencia del final y de la nada.

Pero Jesús no solo sufre el mal, sino que lo combate y logra darle sentido. Su propuesta del Reino de Dios es precisamente el «anti-mal»: cuando Jesús cura, perdona, comparte la mesa, enseña… hace presente y real la fraternidad de los hijos de Dios. Cuando permanece fiel a su proyecto, pese a la amenaza de muerte, hace visible el amor de Dios por los más desfavorecidos, fiel hasta las últimas consecuencias. Con su vida, sus palabras y sus actos, Jesús se enfrenta al mal, le resta poder, vacía el mundo de él, consuela y ayuda a superar el dolor. Mirando a Jesús en la cruz recuperamos la perspectiva de la praxis: ante la evidencia del mal, la solución no pasa tanto por saber ¿por qué el mal? como por actuar: ¿cómo, contra el mal? La respuesta es evidente: como Jesús de Nazaret.

Por eso los cristianos ante el mal miramos a Jesús, y sobre todo a Jesús en la cruz, ya que es el ejemplo de cómo enfrentar el mal desde una vida comprometida, que hunde sus raíces en el amor incondicional de Dios que todo lo transforma. Ante la cruz de Jesús, Dios deja de ser agente activo o cómplice silencioso del mal, para pasar a ser a un tiempo combatiente y víctima. Los cristianos confesamos a un Dios que es, como escribía Pablo a los corintios, «escándalo para los judíos y necedad para los gentiles». El Dios de Jesús, más que ser todopoderoso, todo lo puede desde el amor; se abaja, comparte nuestra limitación y sufre con nosotros incluso ante el vacío de la muerte… pero lo supera desde y a través de su amor.

Cuando en esta Semana Santa celebremos la Resurrección de Cristo, tengamos presente que esto es lo que celebramos. Creemos que el amor es más fuerte que la muerte y que el compromiso personal, la transformación de la realidad y la compasión pueden dar sentido al dolor y superarlo. Y vivimos con la esperanza de que de la cruz no nace la muerte, sino que brota la vida.

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