Taller bíblico en torno a la misericordia – Toño Velasco

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De dónde parte todo” es lo mismo que preguntarse “Quién es Dios”, cómo es Dios, con qué imagen funcionamos de Dios. Lo hemos visto a través de tres parábolas conocidas: La oveja y la dracma perdidas (parábola doble), el Padre bueno y los viñadores de la hora undécima.
“En qué se resume todo” es lo mismo que preguntarse “Qué es lo importante” y lo hemos trabajado a través de El buen samaritano y el juicio final.
Estamos en el corazón mismo de la revelación, el centro y esencia de lo que es la Buena Noticia, y ahí nos encontramos la misericordia. Que sobrepasa siempre lo que entendemos nosotros por justicia… En el estudio hemos intentado llegar a lo específico de Jesús, a lo que no podríamos saber si no hubiera compartido su historia entre nosotros, si no hubiéramos podido contemplar su persona: su mensaje y sus hechos…
La oveja y la dracma perdidas
La preferencia por “lo perdido”, antepuesto a “los seguros”. Ver valor en lo que a ojos de todos es insignificante. Destaca lo muchísimo que se apreciaba lo que se había perdido… ¿Concluiremos que Dios acoge al arrepentido? Pero esto ya lo sabíamos sin Jesús… ¡Es tan insuficiente sacar la moraleja de que Dios acoge con alegría al que se convierte! ¿Para esto vino Jesús? Todo esto ya lo decía Israel… No. Es importante caer en la cuenta de la “pasividad” de la oveja y de la dracma. Son buscadas sólo por el interés de sus dueños.
No es que Dios sea un juez misericordioso (blando) que acoge a los pecadores si se arrepienten, sino que es parcial a favor de los más desgraciados, los busca aunque se hayan perdido y estén lejos y está especialmente preocupado por los más débiles que son precisamente los pecadores. Hacia ellos se le va a Dios el corazón. Así actúa Jesús. Deja a los 99 justos y sabios por su preocupación por pecadores y publicanos. No es que los reciba si se convierten es que se dirige a ellos, los elige y los prefiere. Como a Leví y a Zaqueo: no los acoge porque se han convertido sino que se convierten porque Jesús les ha ido a buscar, ellos que se consideraban lejos e irrecuperables.
Pensamos que Jesús apela a lo más definitivo: Dios es así. Y por eso Jesús es capaz de decir: “he venido a buscar y salvar lo perdido”.
El padre bueno (el hijo pródigo)
Otra vez en que se va más allá de la seca justicia. Desde ese punto de vista, el hermano mayor tiene toda la razón. Y el único argumento que tiene el Padre es el afecto. Éste es el problema de los que se escandalizan: Jesús ve desde el corazón, los otros ven desde la Ley. Dios no es simplemente justo, porque Dios tiene corazón.
¿Dios responde con misericordia al arrepentimiento del pecador? Insuficiente. La Buena Noticia es que es el gozo y el amor del Padre el que le hace recuperar su ser de hijo (que volvía no como hijo sino como asalariado, como hambriento). Una vez más la oferta antes de la conversión.
El Padre no pronuncia una palabra de perdón, simplemente organiza un banquete. Es el banquete lo que provoca la conciencia de hijo.
Así eran las comidas de Jesús con los pecadores. Su cercanía y acogida eran tal que se sentían liberados de su estigma, podían recuperar su dignidad y hasta la relación misma con Dios, reservada hasta ese momento a los puros, respetables, sabios, los bendecidos por Dios… Jesús nunca dijo: “Yo te perdono” sino “tus pecados están perdonados”, es decir, aceptados de antemano por el amor del padre.
Para pensar: el sacramento de la reconciliación se parece más a un tribunal que a una fiesta (arrepentimiento como condición previa, pormenorización de las faltas, “yo te absuelvo”, penitencia proporcional a la gravedad). Por eso huimos de la confesión, porque los tribunales nos horrorizan.
Para pensar: la Eucaristía es nuestra Fiesta, entramos como comunidad de pecadores. Nuestro único derecho es que tenemos hambre y nuestra única razón para estar es porque tenemos un Padre. Una vez dentro, se trataría de disfrutar: de la Palabra, de cantar juntos, de comer el ternero cebado… Dios es para comer, para caminar, para cantar…
Los viñadores de la hora undécima
Aquí es más notorio aún lo injusto que es el amo. Justicia con los justos y misericordia con los pecadores y los justos no deben murmurar de ello. Eso es insuficiente. Eso no es el mensaje de Jesús. Es otra vez una parábola de cómo es el corazón del Padre. Y otra vez es el problema de la justicia.
Nuestras enseñanzas sobre Dios siempre han entendido que Dios es justo y misericordioso. Es decir, ante todo justo, pero con cierta tendencia a la benevolencia. Es todo lo que podemos imaginar de un juez bondadoso. Pero al aplicarlo a Dios, esto se queda corto. Dios es justo porque es misericordioso, Dios es misericordioso porque es justo. Lo más justo que hace Dios es perdonar, porque sabe de qué barro estamos hechos, porque sabe que no somos culpables sino víctimas del pecado. Dios no es verdugo de culpables, sino médico de enfermos.
El médico no castiga, se esfuerza por curar: ésa es la justicia de un buen médico, curar. Jesús no castiga a los endemoniados que gritan y muerden y rompen, los libera de sus demonios. Jesús no aplica a los leprosos la justa Ley que manda apartarse de ellos. Rompe la ley y se acerca y los toca, para curar. Sí, Jesús no es justo porque cumple la Ley, sino porque es compasivo.
Nadie puede vivir de la justicia, porque en la esencia del ser humano está amasado el pecado, el error. Y la justicia no cura, no cambia al ser humano por dentro. La verdadera justicia está en dar a cada uno lo que le corresponde. Y a los hijos les corresponde amor, y a los pecadores, comprensión y posibilidad de redención… Y esto es ya más, mucho más que justicia.
En todos estos temas, entenderemos mucho mejor el mensaje si nos situamos en un punto de vista correcto. Piense en lo de la adúltera, el buen ladrón, Pedro, esta misma parábola. En el caso de la adúltera, a los legistas sin duda les pareció mal: si usted fuera uno de ellos, le parecería mal. Pero si usted fuese la mujer, ¿cómo se sentiría? El caso del buen ladrón es escandaloso: un perdón gratuito, sin pagar nada por sus delitos… si usted fuese la madre del buen ladrón ¿qué le parecería?
Si usted fuese un viñador que ha sudado todo el día, a lo mejor se va a su casa lleno de rencor. Pero si usted fuese la mujer, o los hijos, de los de la hora undécima, que esperaban al caer el sol a ver si ese día podrían comer… ¿qué le parecería? Y es que Jesús está diciendo que Dios piensa y siente como la madre del condenado a muerte, como la mujer del viñador tardío… Jesús está hablando de cómo es el corazón de Dios.
Nos alegramos de saber cómo es Dios: Dios es mucho más que simplemente justo. Dios es como el padre del hijo pródigo, que no hizo justicia, no exigió restitución, no actuó sensatamente; se volvió loco de alegría porque había recuperado al hijo que ya daba por muerto.
Y si nosotros fieles cumplidores de la Ley, que nos esforzamos por seguir los mandamientos de la ley y los consejos de Jesús, nos sentimos escandalizados por la parábola, es porque no hemos descubierto el Tesoro. Pensamos aún en cumplimientos con esfuerzo, en renuncias impuestas, en obligaciones. No pensamos en liberación, en la dignidad de ser hijos, en que nos ha tocado la mejor parte, en el ciento por uno, en plenitud de vida. No pensamos en Buena Noticia sino en Nueva Ley, más pesada y exigente que la antigua. Seguimos pensando en que nos tienen que pagar por lo que servimos.
Pero el Reino es al revés: primero descubrir el Tesoro, que Dios me quiere, que soy hijo, que tengo porvenir, sentido, futuro, Padre. Y, en respuesta, vivir como hijo y para los hijos. El Reino es una cuestión de agradecimiento, no de nómina. El Reino es una cuestión de corazón. ¿Cuándo nos enteraremos que Dios es amor? Pero existe toda una tradición que sigue empeñada en reducir todo a un código de obligaciones: su fundamento el Amo/Juez y su motivación el premio/castigo.

El buen samaritano
Estamos pues ante la parábola más clara y definitiva de todas. Tan clara que no necesita explicación (ha superado la barrera del tiempo y cultura, sobran los exegetas, la entiende cualquiera). Tan definitiva que casi podríamos decir que sobran las demás. Cualquiera que por su corazón compasivo atiende a la necesidad de su prójimo está cumpliendo el corazón mismo de la ley y los profetas. Para Jesús esto es lo importante.
Nosotros solemos preguntar por nuestras obligaciones, qué debemos cumplir, cuándo hemos cumplido y nos podemos ir… La parábola sólo pregunta si nuestro corazón es compasivo, si al ver un hermano en la necesidad se nos revuelven las entrañas.
¿Cuáles son los motivos del samaritano? Bien sencillos: “se compadeció” que es algo más simple que el sentido del deber (Kant) o el cumplimiento de la ley.
El Evangelio no es una nueva ley, otros preceptos sólo que más refinados, otra exigencia más elevada. El Evangelio es Buena Noticia, invitación. El Evangelio se funda en el sentimiento: sentirse hijo, sentirse querido por el Padre, abrir el corazón a esa alegría, sentir la necesidad de tener un corazón semejante al Padre, semejante a Jesús, sentirse hermano, sentirse afectado por las alegrías y las desgracias de los hermanos… El Evangelio no es un cambio de preceptos, es un cambio de motivación; no es un cambio de ley, es un cambio de Dios.
El juicio final
En este texto la descripción del juicio atrae tanto que parece que fuera lo protagonista el mensaje cuando no es más que su ropaje literario. Jesús no cuenta cómo será el final sino cómo juzga, cómo valora Dios, qué es lo definitivamente importante para Dios. La esencia del relato está en dejar definitivamente claro “cómo juzga Jesús”, cómo piensa y cómo valora.
En todas las imágenes de Dios que el evangelio presenta descubrimos su carácter metafórico: el agua, el pan, el pastor, el médico, el padre. Pero al llegar al juez nos olvidamos de ese carácter y nos lo tomamos como anuncio profético: Dios reunirá a todos los seres humanos, nombrará juez a Jesús y éste dictará sentencia. Pero resulta que esto no es el anuncio de un suceso, sino la metáfora de una verdad que se expresa con imágenes. El mensaje es: sólo Dios tiene la última palabra, sólo Dios valora correctamente, Jesús es esa palabra, Jesús tiene los valores correctos. Jesús es la Palabra y los Valores de Dios, porque es el Hijo. Se trata de un final definitivo de la enseñanza de Jesús. Jesús es Palabra de Dios y respecto de Él se ha de juzgar la validez de todos los criterios y valores.
Hay un mensaje discriminante. Abba no es un tranquilizante que trivializa el pecado. El evangelista está proclamando que no todo es igual, que el ser humano está en riesgo, que puede echarse a perder, precisamente porque puede elegir.
El criterio definitivo es el servicio al prójimo. Toda la escenografía sinaítica, el trono, los ángeles, la humanidad entera… sirven de formidable altavoz para que todo el mundo se entere de que este es el criterio definitivo, el único que diferencia entre sí a los humanos. El mensaje se reitera con su contrario con el mismo significado: la única razón es la falta de servicio al prójimo.
“Estos irán al castigo eterno…”
Bien puede ser la conclusión moralizante añadida por el redactor que aplica la parábola original de Jesús a imágenes frecuentes en Israel.
¿A nosotros nos disuena?, ¿o quizá no? Los buenos junto a Dios, los malos eternamente rechazados porque sentimos en el fondo del alma la necesidad de que al final se haga justicia al oprimido y se dé su merecido al opresor, que todos los que lloran sean consolados y los que han hecho llorar que reciban su merecido. Es lo justo. Así pensaba Israel y así aparece varias veces en los Evangelios.
Sin embargo, esto es justicia, no Buena Noticia. La Buena Noticia no es que Dios es juez, sino que es mi madre. Es el momento de inventarnos otra parábola: la de una madre cualquiera que ama a sus hijos en el día del juicio entre las ovejas que asciende definitivamente a la presencia de Dios y que ve también a su hijo entre los cabritos apaleado y ensangrentado por los demonios que lo empujan para siempre a la caldera hirviente… ¿Podrá ser esa madre feliz?
¡Es magnífico! Se abrirán los pozos de eternos fuegos, se hundirán innumerables hermanos nuestros y nosotros los justos nos iremos a cantar alabanzas al Señor sin sentir la menos compasión, sin echar de menos a nadie. El Padre y el Hijo serán felices con nosotros sin que les preocupe para nada la suerte de todos los demás hijos. ¿No tenéis compasión?, ¿dónde ha quedado el corazón del Padre, la compasión de Jesús, el trabajo de salvar, la omnipotencia del Dios Amor?, ¿o es que ya no creemos que el Padre es Todopoderoso?
Qué tentación tan grande de reducir a Dios al terreno de la justicia y, como mucho, al de la justicia misericordiosa… Decimos de Dios que es justo, sabio, eternamente bueno, poderoso, pero al final fracasa la misericordia. Dios es simplemente justo y da a cada uno según sus obras. ¡Ése no es el Dios de Jesús!
La imagen de un juicio sirve muy bien para entender cómo son los criterios de Dios, los criterios de Jesús, cómo valoran Jesús y Dios las acciones humanas. Pero no es nada buena para imaginar el futuro. Para eso es mejor la parábola del banquete: llegamos a casa, después de mucho caminar, sucios y polvorientos, como el hijo que vuelve temeroso a la casa del padre que abandonó insensatamente. Y encontraremos al Padre con los brazos abiertos, con el banquete preparado. En torno a la mesa no falta nadie, no puede faltar nadie si es que nosotros y nuestro Padre hemos de ser felices.
Cómo se las arreglará el Padre para que la compasión no rompa la justicia; cómo serán reivindicadas todas las víctimas, cómo… No lo sabemos. Tampoco esto es fe. Es solamente esperanza, esperanza en que Dios, nuestro Abbá, es Amor Todopoderoso.

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