SUSTO O MUERTE – Mª Ángeles López Romero

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Un joven recién matriculado en una universidad católica se sorprendía al conocer que entre las asignaturas que deberá aprobar este curso se encuentra una denominada lacónicamente Doctrina. El término le retrotrajo inevitablemente a tiempos (¡y modos!) pasados. Pero una amiga matriculada en otra carrera, que ya había cursado idéntica materia el año anterior, tranquilizó al joven: «No te preocupes. Tú contesta siempre que Jesús te ama y estarás aprobado».

La anécdota, absolutamente cierta, da que pensar. Porque entre el marmóreo adoctrinamiento que sugiere un término (y que da susto) y la respuesta naif a que parece haber quedado reducido todo para hacerlo más digerible a los jóvenes de hoy, hay un sinfín de matices que convendría recorrer con algo de detenimiento (para evitar la muerte).

Desde luego que necesitamos renovar las palabras, imágenes y símbolos con los que contamos a Dios, adaptándolos a las necesidades, posibilidades y limitaciones de nuestros interlocutores, al estilo de lo que hicieron grandes comunicadores como san Pablo, que hablaba a cada comunidad teniendo en cuenta sus peculiaridades, problemas e inquietudes. Porque de lo contrario el maravilloso mensaje cristiano quedará encerrado en palabras obsoletas para las nuevas generaciones, con el riesgo cierto de matar tanto el mensaje como al mensajero. De volverlo insulso o incomprensible, y por tanto inútil y prescindible.

Pero cuidado con descafeinar tanto el mensaje que jibaricemos a Dios hasta dejarlo convertido en un llavero cool fácil de llevar en el bolsillo. El Dios de Jesús no puede quedar reducido a un simpático eslogan publicitario que suena bien y facilita el aprobado.

¡Claro que Jesús te ama! Y seguramente, si tuviéramos que reducir toda la teología a una palabra, Amor sería la más adecuada. Pero los catequistas que, abonados a los planteamientos renovadores del Concilio Vaticano II, me acompañaron en mi crecimiento en la fe cuando era joven me recordaron siempre que la definición de esa fe se reduce en realidad a dos palabras: Cristo vive. Y juntas implican reconocerlo en los otros, amarlos como Él nos ha amado y comprometernos por la justicia, la paz, la igualdad o la fraternidad que se derivan inevitablemente de ese amor si es verdadero.

Necesitamos nuevos lenguajes para transmitir la fe. Pero, por encima de todo, necesitamos auténtica fe para encontrar nuevos lenguajes. De lo contrario estaremos abocados al susto o la muerte.

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