SUPERVIVIENTES DE ESPERANZA – Óscar Alonso Peno

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Óscar Alonso Peno

oscar.alonso@colegiosfec.com

Hace unas semanas asistí a una de las reuniones informativas del Jubileo de los jóvenes que, Dios mediante, se celebrará en Roma entre finales del mes de julio y principios del mes de agosto. Toda la reunión transcurrió con un tono desenfadado, intentando poner humor a situaciones y horizontes que nos esperan y que, gracias a Dios, lograremos superar con su ayuda ¡Cuánto debemos a la Providencia! pensaba yo mientras iba encogiéndome en la silla al escuchar todo lo que falta por cerrar, por asegurar, por coordinar, por informar… sobre todo pensando en la responsabilidad que asumimos los que acompañamos a los jóvenes a este tipo de experiencias que, sin duda, marcan un antes y un después.

Fue entonces cuando se me ocurrió que las camisetas que llevaremos este verano podrían ir marcadas, en vez de con el lema jubilar de Peregrinos de la esperanza, con el lema Supervivientes de la esperanza, con su doble significado: a Roma iremos a sobrevivir y en la esperanza es posible ser supervivientes de casi cualquier cosa. Corren tiempos convulsos para los preparadores y coordinadores de estos macro eventos eclesiales que dependen de tantos jefes, de tantos dicasterios, de tantas fuerzas y cuerpos de seguridad, de tantas diócesis, de tantos intermediarios, de tantos grupos diferentes de trabajo, de tantas procedencias… ¡Iglesia en estado puro! Unidiversa por naturaleza.

Pero no me gustaría desviarme del centro, del fundamento, de la razón, de lo primero, de quién es y quién nos convoca a la esperanza: Jesús. Para los creyentes la esperanza tiene un nombre, una historia, un mensaje, unos modos concretos de proceder, con una mirada contemplativa de la realidad que la hace la propia casa, el lugar de misión por excelencia. Jesús, nuestra esperanza.

Nuestro mundo está saciado de esperas: esperamos más prosperidad, más bienestar, más avances tecnológicos, más años de vida, más calidad de vida, más días para estar de vacaciones, más derechos, más posesiones, más comodidades, más salud, más dinero, más lugares que visitar, más cosas por hacer… Saciados de esperas, apenas logramos saborear el momento. Incluso cuando estamos en el momento en el que hemos esperado estar, estamos más pendientes de grabarlo y fotografiarlo que de estar cara a cara con lo que acontece. Al final, lo que esperábamos lo vemos en diferido porque cuando ha sucedido estábamos preocupados en inmortalizarlo, sin casi darnos cuenta de que todo va tan deprisa que nunca más volveremos a revisar esos vídeos y esas fotografías. Esperas muchas de ellas estériles.

Nos pasamos la vida esperando a que pasen cosas: esperando a que llegue el fin de semana, esperando a que lleguen las vacaciones, esperando a que llegue el final de una etapa de estudios, esperando a que lleguen las Navidades, esperando a que lleguen las vacaciones de Semana Santa, esperando a que lleguen los días de puente, esperando a que lleguen las fiestas del pueblo, esperando a que llegue el amor de nuestra vida, esperando a que nos toque la lotería, esperando a ser reconocidos por algo, esperando a… Pero, claro, vivir así termina siendo una tortura. Es como si nunca estuviéramos en el lugar que nos corresponde, como si todo lo bueno estuviera en otro lugar y no en el que nos toca vivir en el presente que tenemos.

Recuerdo que en algún lugar leí que es bueno aprender a disfrutar de lo que hay, de lo que toca en cada momento, del regalo que la vida nos entrega en cada instante, en lugar de anhelar lo que podría ser, sin dejar de tener los deseos que hacen que nos superemos, pero sin vivir obsesionados por ellos, porque vivir en el futuro es vivir en una hipótesis y vivir en el pasado, por mucho que el recordar endulce la mente y el corazón, es vivir en la nostalgia.

Y para eso la esperanza en la que peregrinamos los cristianos es un antídoto magnífico. La esperanza que es Jesús nos mantiene firmes en el aquí y en el ahora, confiados en que somos ciudadanos de otro mundo en el que creemos y al que estamos llamados a anticipar desde este mismo momento.

Definir a los seres humanos en ese momento de la historia es algo más complejo que lo era hace algunos siglos y, desde luego, mucho más complejo que hace unas décadas. El ser humano ha recibido a lo largo de los tiempos diversas caracterizaciones en función de la evolución de sus peculiaridades antropológicas fundamentales: homo habilis, homo erectus, homo antecessor, homo sapiens, homo discens, homo faber, homo socialis, homo fabulans, homo publicus, homo economicus, homo ludens, homo digitalis, homo videns, homo negans, homo capax Dei y algunas otras.

Pero además de todas estas caracterizaciones, tal y como ya escribiera Erich Fromm en su obra La revolución de la esperanza, otra definición posible del ser humano sería la del homo sperans, el ser humano que espera (esperanzadamente). Y es que esperar es una condición esencial del ser humano. Fromm afirmaba que «cuando los seres humanos hemos renunciado a toda esperanza, atravesamos las puertas del infierno y dejamos atrás nuestra propia humanidad».

Y si nos damos una vuelta por nuestro increíble planeta Tierra, aunque la vuelta la demos sentados delante del ordenador conectados a internet sin movernos de casa, descubrimos que los seres humanos, además de todos los calificativos que nos definen como especie evolutiva y adaptativa, somos seres necesitados de razones para la esperanza, que somos seres que durante toda nuestra vida nos mantenemos activos y vivos gracias a que siempre estamos esperando (esperanzadamente) algo, a alguien, o a que ocurra alguna cosa. Verdaderamente de las tres caracterizaciones de lo específicamente humano (homo ludens, homo negans y homo sperans), la que mejor nos define es esta última: somos seres que esperan, somos seres que vivimos de esperanzas y en la esperanza peregrinamos, tal y como estamos celebrando en este año jubilar 2025.

En nuestras pastorales juveniles es importante que nos ocupemos de la fe y de la caridad. Pero es urgente y determinante que lo hagamos sin olvidar abordar el tema de la esperanza cristiana. Una esperanza preñada de posibilidades, de anhelos, de proyectos y de mucho compromiso personal y comunitario. Una esperanza que requiere trabajo, movimiento, soñar despiertos, imaginar futuros posibles y posibles futuros para nosotros y para la misión evangelizadora que tenemos entre manos. Una esperanza sostenible, fundamentada y activa: alrededor de ella es posible caminar con los jóvenes, colmar todos sus anhelos de ese Jesús, nuestra esperanza, Aquel en quien tenemos puestas todas nuestras esperas esperanzadas.

Todos los que la conformamos la pastoral juvenil de nuestros movimientos y comunidades, somos invitados, de manera especial este año jubilar, a esperanzarnos, a superar la desesperanza y a contagiar razones para esperar esperanzadamente. Como afirmó Paulo Freire en su libro Pedagogía de la esperanza «como programa, la desesperanza nos inmoviliza y nos hace sucumbir al fatalismo en que no es posible reunir las fuerzas indispensables para el embate recreador del mundo. No soy esperanzado por pura terquedad, sino por imperativo existencial e histórico. Esto no quiere decir, sin embargo, que porque soy esperanzado atribuya a mi esperanza el poder de transformar la realidad, y convencido de eso me lance al embate sin tomar en consideración los datos concretos, materiales, afirmando que con mi esperanza basta. Mi esperanza es necesaria pero no es suficiente. Ella sola no gana la lucha, pero sin ella la lucha flaquea y titubea. Necesitamos la esperanza crítica como el pez necesita el agua incontaminada».

En nuestro mundo, en el que se compran y venden esperanzas por doquier, los cristianos debemos fundamentar bien nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. La esperanza de manera determinante porque sin ella es posible que la fe se reduzca a un conjunto de verdades y la caridad a una especie de asistencialismo. La esperanza que nos sostiene fundamenta toda nuestra vida como discípulos del Maestro. Sin embargo, todas esas esperas y esperanzas enlatadas, sin recorrido, de puro consumo, a golpe de clic en el móvil o en una y mil aplicaciones, esas esperanzas desvanecen y defraudan, porque solo es posible vivir esperanzadamente cuando uno ha conocido a Jesús, el Señor de la esperanza.

Todas esas esperanzas publicitadas y youtubeadas no colman la sed de felicidad y de plenitud que el ser humano alberga en su interior. La esperanza a la que nos invita Jesús lo trastoca todo, lo cala todo, lo mueve todo. Esa esperanza fundamenta todo lo que somos, hacemos, soñamos y creamos. Creer sin esperanza es como quien intenta apagar un fuego sin agua. La esperanza nos hilvana por dentro, nos nutre y nos sostiene. Esa esperanza que, como bien dice Pablo, no defrauda (Romanos 5,5).

Como afirmaba el papa Benedicto XVI nosotros necesitamos tener esperanzas —más grandes o más pequeñas—, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza, que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar. De hecho, el ser agraciado por un don forma parte de la esperanza. Dios es el fundamento de la esperanza; pero no cualquier dios, sino el Dios que tiene un rostro humano y que nos ha amado hasta el extremo, a cada uno en particular y a la humanidad en su conjunto. Su reino no es un más allá imaginario, situado en un futuro que nunca llega; su reino está presente allí donde Él es amado y donde su amor nos alcanza. Solo su amor nos da la posibilidad de perseverar día a día con toda sobriedad, sin perder el impulso de la esperanza, en un mundo que por su naturaleza es imperfecto. Y, al mismo tiempo, su amor es para nosotros la garantía de que existe aquello que solo llegamos a intuir vagamente y que, sin embargo, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es «realmente» vida (Benedicto XVI, Spe Salvi 31).

«Y que, sin embargo, esperamos en lo más íntimo de nuestro ser». He ahí el secreto del anuncio al que estamos llamados aquellos que trabajamos con los jóvenes: dirigir todos nuestros esfuerzos para que los jóvenes aprendan a entrar dentro de sí mismos, aprendan a situarse cómodos dentro de sí mismos, y allí descubran que no están solos, que viven habitados y que en ese lugar íntimo el Señor se nos revela de modo extraordinariamente claro, porque ahí, en lo más profundo del corazón, el Señor se nos revela como la esperanza de nuestra vida.

Creo que es importante trabajar con los jóvenes los anhelos y los sueños que cada uno tiene. El sueño de Dios para cada uno de ellos ha de ser buscado, debemos acompañar sus búsquedas, y también debemos acompañarlos para que les encuentre despiertos, para que sepan advertir en cada momento qué es de Dios y qué no lo es, qué responde a su voluntad para con nosotros y qué no proviene de dicha voluntad.

Me gustaría citar aquí un pequeño cuento titulado La esperanza de un sueño. Dice así:

Una pequeña oruga caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se encontraba una tortuga.

  • ¿Hacia donde te diriges? —le preguntó.

Sin dejar de caminar, la oruga contestó:

— Tuve un sueño anoche; soñé que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi en mi sueño y he decidido realizarlo.

Sorprendida, la tortuga dijo mientras su amiga se alejaba:

— ¡Debes estar loca! ¿Cómo podrás llegar hasta aquel lugar? ¡Tú, una simple oruga! Una piedra será una montaña, un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable.

Pero la oruga ya estaba lejos y no lo escuchó. Sus diminutos pies no dejaron de moverse. De pronto se oyó la voz de un escarabajo:

— ¿Hacia dónde te diriges con tanto empeño?

Sudando, le dijo jadeante:

— Tuve un sueño y deseo realizarlo, subiré a esa montaña y desde ahí contemplaré todo nuestro mundo.

El escarabajo no pudo soportar la risa, soltó la carcajada y luego dijo:

— Ni yo, con patas tan grandes, intentaría una empresa tan ambiciosa.

Él se quedó en el suelo tumbado de la risa mientras la oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros. Del mismo modo, la araña, el topo, la rana y la flor aconsejaron desistir a nuestra amiga.

— ¡No lo lograrás jamás! —le dijeron—, pero en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir.

Ya agotada, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar.

—Estaré mejor — fue lo último que dijo. Y murió.

Todos los animales del valle por días fueron a mirar sus restos. Ahí estaba el animal más loco del pueblo. Había construido como su tumba un monumento a la insensatez. Ahí estaba un duro refugio, digno de uno que murió por querer realizar un sueño irrealizable.

Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos.

Aquella dureza comenzó a quebrarse y con asombro vieron unos ojos y una antena que no podía ser la de la oruga que creían muerta.

Poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron saliendo las hermosas alas arco iris de aquel impresionante ser que tenían frente a ellos: una mariposa.

No hubo nada que decir, todos sabían lo que haría: se iría volando hasta la gran montaña y realizaría un sueño; el sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto a vivir. Todos se habían equivocado.

Dios nos ha creado para realizar un sueño, vivamos por él, intentemos alcanzarlo, pongamos la vida en ello y si nos damos cuenta de que no podemos, quizá necesitemos hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical en nuestras vidas y entonces, con otro aspecto, con otras posibilidades y con la gracia de Dios, lo lograremos.

Nuestra pastoral juvenil, siempre planificada y llena de actividades y propuestas, debe dejar espacio para esos momentos de alto en el camino, de revisar con los jóvenes los deseos más profundos del corazón y dejar que ese Jesús, esperanza nuestra, los habite, los hable y se convierta, día a día, en su mejor amigo. Ojalá aprendamos todos a vivir de tal modo que, pese a lo que pase, seamos en toda ocasión supervivientes de la esperanza porque en ella somos, nos movemos y existimos. Así sea.