Sueño una iglesia joven y para los jóvenes – Oscar Alonso

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Desde que el cardenal Jorge Bergoglio asomó aquella tarde en el balcón central de la fachada principal de la basílica de san Pedro, todo en la Iglesia se ha visto rejuvenecido, removido y refrescado. El ahora papa Francisco, desde sus primeras palabras, ya dejó entrever el nuevo espíritu con el que iba a llevar adelante la tarea de dirigir la Iglesia en estos inicios del siglo XXI.

Cuesta encontrar a personas que no sientan cierta simpatía por el papa Francisco. Sus formas, sus gestos, su modo directo, coloquial y cotidiano de hablar de todo han marcado un antes y un después. Él mismo dice ser «un poco inconsciente» desde la libertad de hijos para poder decir lo que su corazón le pide decir, también desde la enorme responsabilidad que sus gestos y palabras tienen por doquier. El hecho es que a nadie deja indiferente cada uno de sus mensajes, de sus decisiones y de sus gestos.

Hace no mucho leía en un artículo que «los jóvenes de hoy no creen si no ven». Y razón tiene, no solo para los jóvenes, sea dicho de paso. Y el papa Francisco es hombre de palabras y gestos, de catequesis y de posicionamientos, de anuncio y de denuncia, de oración y de celebración, de discernimiento y de decisiones, de opciones y acciones concretas.

Y hay algo que no podemos perder de vista: es un hombre de Evangelio. Es un discípulo enviado, un testigo consciente de sus imperfecciones y errores, un maestro tras las huellas del Maestro, un servidor que conoce bien la realidad, especialmente de los más vulnerables, se conmueve ante ella y llora cuando tanta vida rota y excluida le supera y no consigue entender cómo todo sigue igual después de tanto tiempo.

El papa Francisco sueña una Iglesia joven y para los jóvenes. Más allá de populismos y simpatías, tiene una propuesta de Iglesia y de evangelización que no excluye a nadie, que quiere ir a lo genuino de la fe cristiana, que se sabe indisolublemente unida a los más pobres de la tierra y al compromiso que por ellos ha de ser signo y seña de la vida de los que nos llamamos cristianos. Los jóvenes son para Francisco el rostro de una Iglesia que mira hacia adelante, que quiere ser Iglesia en salida, comprometida, alternativa a tanta imposición del sistema, provocadora, posibilitadora de experiencias fundantes, constructiva, activa en la política, centrada en su razón de ser, fresca en sus planteamientos, no excluyente, sin facturas pendientes, sin ataduras… arriesgada, porque como el mismo Francisco afirmaba en la apertura del presínodo de los jóvenes, «si no arriesgamos, envejece la Iglesia».

A los jóvenes el papa Francisco les dice: «Salid fuera, haced lío, el corazón de la Iglesia es joven porque el Evangelio lo regenera continuamente, sacadnos de la lógica del “siempre se ha hecho así”, arriesgaros, porque el amor sabe arriesgar, necesitamos de vosotros jóvenes, piedras vivas de una Iglesia con rostro joven, pero no maquillado: no rejuvenecido artificialmente, sino reavivado desde adentro, Dios quiere hablar a través vuestro, sed protagonistas de la vida pública, conectaros al Señor mediante la contraseña “qué haría Cristo en mi lugar”, sed verdaderos evangelizadores, haced posible en la Iglesia un dinamismo juvenil renovado, nuevos modos de presencia y cercanía, está en vosotros decidirse por el hosanna del domingo para no caer en el “crucifícalo” del viernes…, está en vosotros el no quedaros callados, la alegría que Jesús despierta en vosotros es motivo de enojo e irritación en manos de algunos, ya que un joven alegre es difícil de manipular, no adormezcáis la solidaridad, ni apaguéis los ideales, ni insensibilicéis la mirada, que Jesús siga siendo motivo de alegría y alabanza en vuestro corazón, sentid la necesidad de reclamar el entusiasmo de la fe y del gusto de la búsqueda, la necesidad de reencontrar en el Señor la fuerza de recuperarnos de los fracasos, de ir adelante, de reforzar la confianza en el futuro, hablad con valentía y escuchad con humildad, Dios os ama a cada uno y a cada uno le dirige personalmente una llamada, es un don que, cuando se descubre, llena de alegría, Dios confía en vosotros, os ama y os llama y de su parte no fallará, porque es fiel y cree realmente en vosotros, está en vosotros ser dóciles y cooperar para dar vida, seáis cristianos católicos o de otras religiones o no creyentes, no os asustéis, atreveos a nuevos caminos, incluso si ello comporta riesgos, necesitamos jóvenes profetas, pero estad atentos: nunca seréis profetas si no tomáis los sueños de los ancianos, escuchadles ¡Gracias por vuestra contribución!».

Se puede decir más alto, con letras más llamativas, con tipos de fuente más modernas, pero no más claro. Francisco sueña una Iglesia joven y para los jóvenes. Ojalá seamos capaces de abrir cauces y surcos para que entren, participen, construyan y crezcan en fidelidad al Evangelio de la alegría.

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