SUEÑO DEL TESORO (EL) – Joseph Perich

Joseph Perich

En un pueblecito perdido en las montañas vivía solo con sus ovejas  un joven pastor llamado Juan. Un día tuvo un sueño muy raro: estaba cavando un hoyo debajo de un puente, a la orilla del río y a los pies de un árbol donde solía  sentarse para vigilar el rebaño. En este hoyo encontraba un fabuloso tesoro.

No se quitaba de encima este sueño. Intentaba convencerse de que era tan solo un sueño y no un tesoro. Sin embargo sentía en su interior una voz que le decía: ¿Y si fuera  verdad? ¿Qué pierdes en comprobarlo?

Cuando oscureció, procurando que nadie le viera se dirigió hacia el puente. Pero ¡qué poca fortuna!…  Debajo del puente se encontraba sentado el vecino más chivato del pueblo. Espera unos minutos pero aquel inoportuno vecino no da muestras de irse. ¿Qué hubiéramos hecho nosotros?

Nuestro Juan pensó: “si tan solo ha sido un sueño… ¿por qué preocuparse? nada pierdo si lo comento con mi vecino”. Se le acercó, lo saludó y le contó lo que había soñado. Obtuvo esta respuesta: “Por más que te parezca brujería yo también he tenido un sueño y por esto me encuentro aquí. He soñado que había un chico tan ridículo como para ir a buscar un tesoro debajo este puente cuando precisamente el tesoro lo tenía en su casa, debajo la chimenea de su hogar”.

Fueron corriendo los dos a casa de Juan y cavaron un hoyo debajo de las cenizas de la chimenea. Efectivamente, ¡hallaron un tesoro tan grande que hubo para ellos dos y para toda la gente del pueblo!

REFLEXIÓN:

Hace pocos días que una niña de Blanes en vísperas de su Comunión recibe la noticia de que su padre, separado de la madre, no querrá acompañarla. Lágrimas de impotencia y de incomprensión en la madre y en la niña. Pocos días después el padre con motivo de celebrar su cumpleaños invita a la niña. Esta dice a su madre: «Mamá, papá no quiso venir a mi Primera Comunión, pero yo ahora pienso ir a su cumpleaños porque es mi padre».

El corazón me dice que en el fondo el «tesoro», el Dios de Jesús, que esta niña ha ido desenterrando a lo largo de los dos años de catequesis, de la mano de su madre y del grupo, es un Dios que nos ama no porque somos buenos o malos sino porque somos hijos suyos.

¡Cuántos niños y niñas estos días se han encontrado o se encuentran para soñar juntos con aquel tesoro que les pueda hacer felices! Celebrando su Comunión intuyen y creen, posiblemente más que los mayores, que Jesús puede ser el tesoro de su vida. Mientras muchos familiares e invitados se quedan en el envoltorio, muchos de estos niños excavan en su mundo interior hasta encontrar este «trozo de pan roto» capaz de saciar sus deseos más nobles y ser unos auténticos profetas del nuevo mundo propuesto por Jesús.

Que con motivo de la fiesta del Corpus, con unos ojos y un corazón de niño, saboreemos la presencia de Dios entre nosotros, a través de este pan eucarístico que se deja comer. Que también nosotros nos convirtamos en alimento, y si es necesario «mordido», para que otros tengan vida.

Joseph Perich

En un pueblecito perdido en las montañas vivía solo con sus ovejas  un joven pastor llamado Juan. Un día tuvo un sueño muy raro: estaba cavando un hoyo debajo de un puente, a la orilla del río y a los pies de un árbol donde solía  sentarse para vigilar el rebaño. En este hoyo encontraba un fabuloso tesoro.

No se quitaba de encima este sueño. Intentaba convencerse de que era tan solo un sueño y no un tesoro. Sin embargo sentía en su interior una voz que le decía: ¿Y si fuera  verdad? ¿Qué pierdes en comprobarlo?

Cuando oscureció, procurando que nadie le viera se dirigió hacia el puente. Pero ¡qué poca fortuna!…  Debajo del puente se encontraba sentado el vecino más chivato del pueblo. Espera unos minutos pero aquel inoportuno vecino no da muestras de irse. ¿Qué hubiéramos hecho nosotros?

Nuestro Juan pensó: “si tan solo ha sido un sueño… ¿por qué preocuparse? nada pierdo si lo comento con mi vecino”. Se le acercó, lo saludó y le contó lo que había soñado. Obtuvo esta respuesta: “Por más que te parezca brujería yo también he tenido un sueño y por esto me encuentro aquí. He soñado que había un chico tan ridículo como para ir a buscar un tesoro debajo este puente cuando precisamente el tesoro lo tenía en su casa, debajo la chimenea de su hogar”.

Fueron corriendo los dos a casa de Juan y cavaron un hoyo debajo de las cenizas de la chimenea. Efectivamente, ¡hallaron un tesoro tan grande que hubo para ellos dos y para toda la gente del pueblo!

REFLEXIÓN:

Hace pocos días que una niña de Blanes en vísperas de su Comunión recibe la noticia de que su padre, separado de la madre, no querrá acompañarla. Lágrimas de impotencia y de incomprensión en la madre y en la niña. Pocos días después el padre con motivo de celebrar su cumpleaños invita a la niña. Esta dice a su madre: «Mamá, papá no quiso venir a mi Primera Comunión, pero yo ahora pienso ir a su cumpleaños porque es mi padre».

El corazón me dice que en el fondo el «tesoro», el Dios de Jesús, que esta niña ha ido desenterrando a lo largo de los dos años de catequesis, de la mano de su madre y del grupo, es un Dios que nos ama no porque somos buenos o malos sino porque somos hijos suyos.

¡Cuántos niños y niñas estos días se han encontrado o se encuentran para soñar juntos con aquel tesoro que les pueda hacer felices! Celebrando su Comunión intuyen y creen, posiblemente más que los mayores, que Jesús puede ser el tesoro de su vida. Mientras muchos familiares e invitados se quedan en el envoltorio, muchos de estos niños excavan en su mundo interior hasta encontrar este «trozo de pan roto» capaz de saciar sus deseos más nobles y ser unos auténticos profetas del nuevo mundo propuesto por Jesús.

Que con motivo de la fiesta del Corpus, con unos ojos y un corazón de niño, saboreemos la presencia de Dios entre nosotros, a través de este pan eucarístico que se deja comer. Que también nosotros nos convirtamos en alimento, y si es necesario «mordido», para que otros tengan vida.