SOPA DE PIEDRA (LA) – Joseph Perich

Joseph Perich

En un pequeño pueblo, una mujer se llevó una gran sorpresa al ver que había llamado a su puerta un extraño que le pedía algo de comer.

Lo siento dijo ella no tengo nada en la casa.

No se preocupe. dijo amablemente el extranjero Tengo una piedra para hacer sopa en mi mochila; si usted permitiera que yo echara la piedra en una olla de agua bien hirviente, yo haría la más exquisita sopa del mundo. Deme usted una olla muy grande, por favor.

 A la mujer le picó la curiosidad, pusieron la olla con el agua en el fuego y  se fue a contar el secreto de la sopa de piedra a sus vecinas.

Cuando el agua comenzó a hervir, todo el vecindario se había reunido allí para ver a aquel forastero y su prodigiosa piedra. Con gestos muy estudiados el señor dejó caer la piedra en el agua, luego probó con una cuchara el caldo y exclamó:

¡Deliciosa! Lo único que necesita son unas cuantas patatas.

Yo tengo patatas en mi casa. gritó una señora. 

Y en pocos minutos estaba de regreso con una bandeja llena de patatas que todas las señoras se pusieron a pelar y echaron a la olla. El forastero volvió a probar la sopa:

¡Excelente! dijo; y añadió pensativo: Si tuviéramos un poco de carne, haríamos un cocido de lo más apetitoso.

Otra señora se fue corriendo y regresó con un buen cuarto de carne que el señor aceptó y echó a la olla después de haberla picado. Cuando volvió a probar la sopa, puso los ojos en blanco y dijo:

 –¡Ah, qué sabroso!  Si tuviéramos unas cuantas verduras, sería perfecto, absolutamente perfecto.

Una de las vecinas entusiasmada fue corriendo hasta su casa y volvió con una cesta llena de cebollas y zanahorias.

Después de echar la verdura a la olla, el señor probó nuevamente la sopa y con tono autoritario dijo:    

La sal.

Aquí tiene le dijo la dueña de casa.       

Otra gritó:                                                                                              

¿Y por qué no echarle también algo de arroz? yo lo voy a traer.

Al final, cuando todo estuvo listo dio una orden:         

-Platos para todo el mundo.

La gente se apresuró a ir a su casa en busca de platos. Algunos regresaron trayendo incluso pan y frutas. Luego se sentaron todos a disfrutar de la extraordinaria sopa de piedra, mientras el extranjero repartía abundantes raciones de esa especialidad.

Todos se sentían extrañamente felices, mientras reían, charlaban y compartían, por primera vez una comida.

En medio del alboroto general y la alegría, el extranjero se fue, silenciosamente, dejando encima de la mesa la milagrosa piedra, que ellos habrían podido usar siempre que hubieran querido hacer la más deliciosa sopa del mundo.

REFLEXIÓN:

Las ventas de sistemas de alarma anti-robo, de cerraduras sofisticadas, de cajas fuertes, de rejas… van en aumento. ¿Se confirmaría que los otros son un peligro si no se demuestra lo contrario?

Un dicho popular gitano lo desmiente: «nuestro único enemigo es la frontera, que divide la extensión de la tierra ¡La frontera es para los lobos, los perros, las ovejas, pero no para nosotros!». Ninguna persona puede considerarse una isla completa en sí misma. Toda persona es el fragmento de un continente.

Cuando los discípulos pretenden convencer a Jesús de que envíe a la multitud a sus casas por falta de alimentos, obtienen por respuesta lo contrario: que pongan en común lo que tienen escondido en el zurrón. Se produce el milagro: Jesús da gracias y luego en pequeños grupos, sentados en el césped, los enseña la riqueza del repartir y del compartir. «Gratis lo recibisteis, dadlo también gratuitamente», les dirá más tarde (Mt. 10, 8).

Ante las interesadas y agresivas ofertas de felicidad con que se nos bombardea insistentemente, vale la pena redescubrir y liberar hacia los demás la riqueza que brota constantemente de nuestro pozo interior: «los frutos del Espíritu son: amor, paz, paciencia, generosidad, bondad, fidelidad, dulzura, dominio de sí …» (Gàl 5, 22).

Aquel cocinero de la «sopa de piedra», estos días de primavera, llama a la puerta de nuestras familias y comunidades cristianas. ¿Le permitiremos que ponga su «piedra» dentro nuestra «olla» parroquial o familiar? Esta «piedra», ahora sí, convertida en «pan partido y compartido» de Primeras Comuniones, en «agua bautismal», en «anillo de bodas»… es la que puede y debería romper los protocolos estériles, los gastos inútiles y las ficciones religiosas.

Seguro que, como en el cuento, tenemos posibilidades, gracias a esta «piedra milagrosa», de hacer la «sopa» (la «cena») más deliciosa del mundo y saborear una desconocida felicidad. ¡Así sea!