Solo jugando crecemos. El poder del juego – Eduardo Granados

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«Jugar es lo mejor que podemos hacer, es el culmen de la humanidad. Los niños enseñan qué significa ser humano a través del juego. Ser humano significa vivir el disfrute del encuentro interpersonal y todo lo que no sirva a este propósito es la cosa más estúpida del mundo».

Estas provocadoras palabras de José Víctor Orón, fundador de UpToYou, en su libro Conoce lo que sientes, sirven de presentación al tema del que vamos a hablar: el juego como elemento vertebrador de la educación. Hablaremos del poder del juego humano para crecer en confianza, en una sana autoestima y para el encuentro interpersonal y la creación de relaciones de interdependencia.

Hoy en día se habla mucho, acertada o desacertadamente, del juego como estrategia educativa, para motivar e involucrar al alumno en el proceso de aprendizaje.

Pero para UpToYou el juego es mucho más que una técnica educativa o una cosa de niños. El juego verdaderamente humano es un estilo de vida para el encuentro. Y por tanto es un eje vertebrador del proceso educativo.

¿A qué viene esta forma de considerar el juego?

Los animales juegan y los humanos juegan, pero no juegan igual. ¿Por qué el juego es «culmen de la humanidad»? Y si es así de importante habría que reflexionar sobre cómo se juega humanamente en cada época de la vida.

Obviamente el juego, el juego humano, tiene su propia singularidad y conviene identificarla para poder responder a lo que nos hemos planteado. Las formas de jugar cambian con la edad, pero fijarnos en el juego del niño nos ayudará a identificar lo esencial del juego humano.

¿A qué juegan los niños pequeños? ¿Cuáles son los juegos propios e inventados por ellos? No me refiero a los juegos que hacen los niños copiando los juegos de los mayores, por ejemplo, el fútbol. ¿A qué juegan los niños? A pillar, al escondite, a hacer cabañas… No he visto a adultos jugando a tales juegos. ¿Qué tienen en común los juegos de los niños? Se podría decir que no sirven para nada más allá del mismo juego. Y justo por eso tienen tanto valor. ¿Qué queda después de jugar al escondite? Nada. Son juegos que no producen nada más allá del propio juego. Lo que vale del juego es jugar, estar juntos.

La característica más importante del juego humano es que su valor reside en el encuentro.

El juego humano solamente vale porque es estar juntos lo que vale, porque la vida de uno resulta significativa para el otro. ¿Podéis entender por qué es importante que un padre juegue con sus hijos? Si un padre juega con su hijo es solo por una razón: el hijo, en cuanto hijo, es lo que más vale. Al no haber producto, es el hijo en sí mismo, su persona, su presencia, lo que provoca la alegría y el disfrute del padre. Entonces el niño descubre que él/ella es significativo para el otro. Esta es la base de la buena autoestima. La autoestima no se da porque el otro me rodee de halagos (que según como se planteen pueden tener hasta el efecto contrario), sino cuando uno descubre que es significativo para el otro. Dicha autoestima nos da el suelo por el que andar.

Alguno podría decir: «de acuerdo, el juego es importante, pero es cosa de niños» Otro podría decir: «el juego es importante para el niño, pero también es importante que estudie». Con todos los respetos, tanto en un caso como en otro se desconoce la naturaleza humana, la clave fundamental de lo que significa ser humano. El juego es referencia fundamental tanto para el adulto como para el niño. Bien es cierto que no jugamos igual en todas las edades, sino que cada edad tiene una forma de jugar. Pero la esencia del juego es el disfrute del encuentro interpersonal. El ser humano es un ser relacional y el juego nos devuelve a nuestro ser.

En la vida adulta continúa el juego de niños, pero van emergiendo nuevas formas que derivan de las anteriores: los viajes, el trabajo. Si el trabajo es mera producción no es trabajo humano. El trabajo humano es jugar produciendo, es decir, que la producción en su proceso y en su final, sirve para el encuentro interpersonal dentro del equipo de trabajo y con los que se benefician de la producción del trabajo.

Lo importante es que los nuevos términos dependen de los anteriores. Es decir, o el juego perdura en el trabajo o el trabajo no es humano. ¿Qué quiere decir que el trabajo necesita ser juego para ser un trabajo humano? Pues que si trabajar no está al servicio del disfrute del encuentro interpersonal, entonces ese trabajo no es humano. ¿Para qué trabajar si no es para vivir mejor juntos?

Terminamos con una consecuencia de todo lo anterior. El juego humano siempre nos remite a la relación con los demás, nos enseña a necesitarnos unos a otros, a crear lazos nuevos de encuentro, en definitiva, nos va a devolver a la interdependencia mutua. Y justo en estos tiempos que corren de pandemia, donde por todos lados se nos insiste en el aislamiento, hay que hablar, y fuerte, del valor de la interdependencia.

Existe una profunda y enriquecedora dependencia. El filósofo de la educación Altarejos afirma que los hijos enseñan a los padres qué es la humanidad. Esta idea es maravillosa y enmarca una sana dependencia entre generaciones. ¿Qué enseña cada generación a las otras? Desde UpToYou, creemos que se podría contestar así: la infancia/niñez enseña la humanidad, la juventud enseña la búsqueda de la calidad, la adultez enseña a vivir en la complejidad y la ancianidad enseña lo esencial.

Como señalábamos al principio, los niños nos enseñan qué significa ser humano a través del juego. Ser humano significa vivir el disfrute del encuentro interpersonal en todo lo que hagamos. Y todo lo que no sirva a este propósito sencillamente no es humano. Por eso el juego es escuela de humanidad.

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