Joseph Perich
Un soldado, que pudo regresar a Estados Unidos después de haber participado en la guerra de Vietnam, llama por teléfono a sus padres desde la ciudad de San Francisco:
–Mamá, papá… voy de regreso a casa, pero les tengo que pedir un favor: Traigo a un amigo que me gustaría que se quedara con nosotros.
–Claro –le contestaron–. Nos encantará conocerlo.
–Pero hay algo que deben de saber: él fue herido en la guerra. Pisó una mina terrestre y perdió un brazo y una pierna. Él no tiene a donde ir y quiero que se venga a vivir con nosotros a casa…
-Sentimos mucho escuchar esto, hijo…, a lo mejor podemos encontrar un lugar en dónde él se pueda quedar…
–No, mamá y papá, yo quiero que él viva con nosotros…
-Hijo, tú no sabes lo que estás pidiendo. Alguien que esté tan limitado físicamente puede ser un gran peso para nosotros. Nosotros tenemos nuestras propias vidas que vivir, y no podemos dejar que algo como esto interfiera con nuestras vidas. Yo pienso que tú deberías de regresar a casa y olvidarte de esta persona. Ya encontrará una manera en la que pueda vivir él solo.
En ese momento el hijo cuelga el teléfono.
Unos cuantos días después, los padres reciben una llamada de la policía de San Francisco. Su hijo había muerto después de haberse caído por la ventana de un edificio. La policía creía que fue un suicidio. Los padres, destrozados por la noticia, vuelan a San Francisco para identificar a su hijo. Lo reconocen. Para su horror descubren algo que no sabían: su hijo tan solo tenía un brazo y una pierna.
REFLEXIÓN:
Es noticia en Blanes el estreno de la película “La Madre Teresa de Calcuta”. Sorprende ver como esta mujer deja su cómodo estatus social para abrazar y recoger a personas agonizantes de la calle. Para ella no son un problema sino fuente de vida. Líderes religiosos, autoridades eclesiásticas y civiles, compañeras de congregación,… al contemplar la acción de la Madre Teresa recapacitan su vocación y se vuelcan a favor de la causa de los más indefensos. A la vez que, rehaciendo sus vidas o muriendo sintiéndose amados, sus rostros desprendían destellos misioneros de esperanza y humanidad. Como no podía ser menos, el secreto a voces de la Madre Teresa era su vivencia de fe reflejada en el pobre. Al fallecer ella dejó escrito: “Jesús no predicó una religión nueva sino una vida nueva”.







